miércoles, 28 de enero de 2009

El abrigo. Mi abrigo

Mientras iba leyendo, me he fijado en la manga de mi abrigo. Eso no significa que no estuviese atento a la lectura. Cuando uno va en transporte público es bueno atender a la visiçon periférica. Así es más complicado que se le pase a uno su parada, que le asalte algún raterillo o que deje de pie a la pobre abuelilla por no fijarse en lo que toca. Iba, pues, saltando del libro al entorno, como la vida misma, de lo atento a lo circunstancial, ahora sube el que se parece a Ramón Pi, por qué no se callará esa señora tan gritona, aún queda gente que no conoce el secreto misterioso de la ducha, lo de todos los días.
Lo de la manga.


Uno se pone brigo y se siente mejor, ver quién me dice que no.

Esta noche han vuelto los vientos ligeramente huracanados. Ayer, refrescaba más de nuevo. Bueno, lo normal, un día lo uno, otro día lo otro, o sea lo de siempre, la alegría de la diversión. Total que decido ponerme el abrigo. Me gentró por los ojos y por el bolsillo. Un corte clásico, más que antiguo, con un toque demasiado moderno en el cuello que contrasta y a la vez, le da ese toque añejo. La tela, una especie de jaspeado casi espiga cincuentón, lo que me gusta. Y estaba muy bien de precio, que la crisis hace tiempo que nos está congelando aunque a algunos les venga de nuevas. Hormiguitas y cigarras. Me rcordaba a mi primer abrigo, pero le traicionaba su insultante actualidad. Diría juventud, pero no sería la cosa, no se si me explico. Es igual.
Era un abrigo que había sido de mi padre. Un día lo encontré en un armario de la casa donde veraneabamos. Y, zas, de inmediato lo saqué de su funda y me lo probé. Me iba que ni pintado. Tendría, no se, dieciséis años o por ahí y aquel abrigo me encantó. Era de marrones jaspeados, solapa y tres botones, amplio, como para llevar traje debajo, largo, hermoso, antiguo. Y me hice fiel del abrigo durante un par de inviernos, lo menos. Luego no se qué pasó con él, no me acuerdo. Hubo otros, claro, pero aquel era el que me gustaba. Y lo compré.
Lueho han venido días fríos y días templados, así que me lo he puesto y no me lo he puesto. Y si, muy bonito, pero siempre le veía algo, algo que no terminaba de ser, que no le hacía lo que debería ser. Pero vale.
Y llegamos a ayer. Y a la noche pasada, digamos. Ventolera, fresquito, mejor abrigo otra vez. Y me lo he puesto. Y venga,a empezar otra vez. A veces me acuerdo de auqello del espejo de All that jazz, pero sin pastillas. Al ataque, digo.
Y llegamos a hoy, a lo del libro.
Estoy leyendo, apoyado en la pared del vagón y me veo, de reojo la manga. La manga del abrigo. Veo que en la manga del abrigo empiezan a salir pelotillas. Vaya por Dios. Bueno, no estamos hablando de lana de Cachemira,a ver si nos entendemos, pero claro, en medio invierno que ya le salgan pelotillas igual es demasiado. Luego está eso de pasarle una maquinilla de afeitar, pero para mi que no va. Pero no es esa la cosa, que también. Que ya nada es como era, vale. Es que al verle las bolitas, lo he visto distinto. Claro, distinto está, eso es evidente. Me refiero a que ya ha adquirido la patina del tiempo, por así decirlo, que ya es cosa mía y no fruto de un perchero de tienda, que su vejez, un tanto prematura, la verdad, lo hace mucho más mío, más abrigo del tiempo, más mismidad, más recuerdo, añoranza y deseo de ese abrigo que es todos los abrigos, la elegancia que me gusta. Y ya está. Bien.

12 comentarios:

Myriam dijo...

Vamo que el abrigo está cogiendo solera y te parece más como de la familia ¿no?

Dulcinea dijo...

Lo que tú llamas "visión periférica" es cotilleo puro, querido. No nos engañas. Aunque es verdad que a veces aunque uno no quiera, la gente le pone al corriente de su vida.

Oye, a tu brigo ¿las pelotillas no le habrán salido de rozar con las teclas de tu ordenata? ;)

Lo que dices de la escena All that jazz describe muy bien lo que hago en el trabajo antes de empezar cada caso.

Ultimamente entro en el chiringuito con un descafeinado en la mano. Y mi jefe que es un amor, (argentino para más señas) me deja.

Myriam dijo...

Ja ja Dulci, yo últimamente tengo que entrar en las habitaciones de los pacientes con mascarilla y caramelo de menta me he agarrado un catarro del 15 y creo que me lo has pegado tú ciberneticamente.

Dulcinea dijo...

Calla, calla, lagartona. Cuenta cómo lo pillaste y deja de acusarme falsamente.

A todos los parroquianos de este chat: Miriam, por los Parises, iba vestida de vicetiple del Folies. Yastá. Ya me he chivado.

Myriam dijo...

Glups, Dulci ni se te ocurra poner la foto en la bulla ja ja ja

Dulcinea dijo...

Llegas tarde, querida. Ya están preparadas tus fotos y las de tu botín. Más el relato de los testigos, claro.

Altea dijo...

Pero bueno, vamos a ver, que no me he enterado. Al final, ¿el abrigo es comprado o heredado?
Pues a mí lo de la "visión periférica" me ha encantado. Yo la practico cuando recepciono a los clientes, no sea que alguno no convenga para la casa. Y visiono su indumentaria, su equipaje, su "compañía"...

El futuro bloguero dijo...

No cabe duda es tu abrigo... Ahora la duda es donde acaba el abrigo y dónde empieza el Pianista...

Os estáis haciendo Uno.

Nodisparenalpianista dijo...

Voy aproximadamente fatal de tiempo y de fuerzas. En cuanto pueda os comento uno por un, ¿vale? O yo o mi abrigo.
Por cierto, ¿nadie dice nada sobre Paul???

Dulcinea dijo...

Es que no se ve la foto, darling.

Altea dijo...

Es verdad, se me olvidó comentarlo. La imagen no sale.

a tiza y papel dijo...

Me preocupa la calidad de tu nuevo abrigo