lunes, 21 de junio de 2010

El dandi (I)


El portero es el dandi del fútbol.

Se habla ahora de la elegancia de los entrenadores, porque alguno viste corbata y le regalan los trajes, peroe so es pura fachada, dónde va a parar. Uno tira de fotos del tiempo y ve que, no hace tanto años -bueno, unos poco, pero qué es eso si uno continúa pensando que desde los romanos aquí apenas ha pasado una cosa y aún está sin acabar- los espectadores lucían eprfectamente ordenados, de traje y corbata y corte a la navaja, de pie y, mayormente, fumando. Matías Prats, padre, con las lupas negras y Kocsis y Kubala, Gento y Kopa y toda aquella gente dándole al balón. A mi siemopre me han gustado mucho esops que estaban hechos de tiras de cuero, en lugar de pentágonos o exágonos o no se qué formas raras qie los hacen ahora. Probablemente, te metían un pelotazo en el moflete y directo al trasplante, pero lucían hermosos, no se.
El portero tiene un aire de vigía que ve amanecer. El amanecer aquel anaranjado, las musas que le van a cantar al héroe y todo aquello. Allí, el perfil recortado sobre las redes, a la espera de la acometida del enemigo que, sin piedad, acecha poco más allá del área grande. Dicen del fútbol que es una guerra incruenta -aunque a veces dolorosa- donde los brutos de la cosa arreglan lo que en otra circunstancia sería batalla campal. Luego están los salvajes del Barcelona que cada vez que ganan -o cuando la derrota escuece especialmente- arrasan las Ramblas y aledaños. Eso pasa aen todas partes, dicen los azulgranas irredentos. Ya, pero el inter se ha puesto morado este año y no han quemado medio Milán. Y el Atlético tampoco ha devastado Chamberí. Por decir dos, o sea. En fin.

Al dandismo del portero le ayudó mucho Yaschine, o como se escriba. La araña negra o algo así le llamaban al portero ruso aquel, tirando a soviético, que vestía de negro riguroso los jerseises recién tejidos en el koljós de su pueblo. Tenía, como todos los rusos que ganan, un aire de estajanovista que tiraba de espaldas, que me da ami que cuando jugasen la liga de lo suyo, seguro que pediría prórrogas de dos horas para producir más a la economía del Estado. Claro, que mejor estar haciendo el pamplinas en calzon corto que de destripaterrones en plena estepa. Pero sea como sea, ese aire tenía el tío. Dicen los más vieos del lugar y las crónicas de la época, que fue el mejor portero de su tiempo, que era ágil como una gacela y que saltaba como un conejo a por los balones, segro hasta el aburrimiento, un baluarte casi inexpugnable. Claro, si la alternativa a grossengolinski era temporaduska en Siberinska, no hay más tu tía que pararlo todo, hasta el Transiberiano si fuese menester. Igual eso también les valdría a los de ahora, los macarras tatuados, de Audi y Mercedes, los choricillos de cantimpalo y de polígano del sur, con las lagartonas silicónidas esas que suelen llevar adosadas, que les dijesen "hale majete, o consigues objetivos o te vas al tajo" y les señalasen una montaña de tochos, aver si espabilamos lo de la construcción que anda un poco para allá, ya sabemos. Ya digo, la elegancia ausente.
Pero Yaschine, al que Diestéfano o Suárez, o alguno de esos le metieron alguna vez una somanta de goles, brilló, sobre todo, y fiorjó su leyenda gracias a su vestimenta, la elegancia del negro. Ha estado a punto de darme el arrebato gilicursi y he estado por poner la elegancia del subsahariano, pero he pensado en Pérez reverte y se me ha quitado la tontería de golpe. Ya de camino, Pérez, tío, académico y tal, les podías dar un toque a los de Alfaguara, pero claro, o sea, no se, ya veremos, vate, tronco. A trabucazos con los patos, que así, ni Cádiz, ni Trafalgar, ni Bailén, ni, ya puestos, Lepanto.
Por entonces rivalizaba, en las cosas de los guardamtas, con Iríbar, el otro grande. Iríbar también gastaba el negro. Iríbar, en plan vigía, ya digo, recortaba su perfil de vasco fuerte, duro, guapo, como los remeros que fotografiaba Ortiz Echagüe, una mandíbula fuerte, un perfil duro, serio y grave, así, muy vasco, de los de antes de Arguiñano. El señorío antiguo y las decadencias que, en versión santanderina, tan bien contaba el magnífico Álvaro Pombo. Iríbar fue la roca insalvable contra las que se estrellaban todos los que asaltabal al Bilbao, que era como le llamaba entonces el castizo a su equipo. Ahora los cursisi le llaman el Athletic Club. Yo no se qué es peor, si los cursis, los macarras o los horteras. Antes se debatía en que el dandi con ínfulas termina en esnob, pero es que ahora la cosa se mueve en eso: del ganador de Gran Hermano al mediapunta del Barcelona o del Madrid que se sabe todos los nombres de los estadios ingeses, pero que sueña con irse a Italia porque allí los Ferrari salen más baratos. El Ferrari es el paraíso del hortera. Yo soy de Ferrari, de toda la vida, dice el tonto en la puerta del Carrefur, de antes de Alonso, ojo, mientras te señala la camiseta colorada de los chinos con el caballo ese. Tiene tema el asunto este, si.
A Iríbar parece que s ele fue la ola cuando lo abdujeron los de la metralleta. Eso sería por tantop sufirmiento cuando se tuvo que poner la zamarra españolaza, cuando le obligaron a viajar a los mundiales aquellos en blanco y negro y le forzaron a cobrar primas y duros varios por defender tan dolorosa bandera. Tanto le debió de doler aquello, que al pobre no le quedaro ni fuerzas para irse al sucio Banco de España, a devolver aquella plata manchada de ruindad para que nos la repartiésemos los tontos españoles, que decía en plan más garrulo Sabino, el malo. Pero, por respeto a las canas, no haremos leña del abuelo Iríbar.
Pero, ya enharinados por la historia, me vuelvo aún más para atrás y ya veo en lontanaza a Arconada y sus imposibles medias blancas, qué tío, que no se le ensuciaban ni en el lodazal de Atocha, a Iríbar y a Yaschine en el soviet, para llegar al más grande de todos los tiempos. Ricardo Zamora. El portero.
A los porteros, por no repetir tanto, les dicen guardametas, que ya he puesto antes, y cancerberos, que me encanta. Guardameta también me gusta, lo mismo que guardaagujas, y, rizando el rizo, acerico, que es de agujas también, pero otras. Yo creo que a Zamora le iba lo de cancerbero.
Zamora, el dandi con gorra.
A los porteros de antes les daba el sol en la cabeza. A los de ahora parece que no, probablemente porque, ya lo he dicho, son unos macarras de mucho cuidado, de esos de bañador bien pegadito, ya nos entendemos, y de Ducados en la manga de la camiseta, con las raiban de espejo, que la vulgaridad rampante vuelve a ponernos de moda cada dos años. Qué horror. De esta no nos salva ni Ana Rosa Quintana, madmuasel del estilazo nacional. Zamora, como era de antes, se calzaba una gorra, pero gorra, gorra, no en plan ciclista, como las de los escoceses, con visera y botoncito en lo alto, y hala, a saltar como un gamo. Dicen que él ha sido em lejor cancerbero, guardameta de todos los tiempos. También llevaba unas rodilleras que parecían cojines del sofá en plan iquea, de esos que ni tres suecos de la mano pueden abrazar, y las botas, que les llamaban borceguíes -por favor, qué hermosura de palabra-, parecían como de piedra.
Ricardo Zamora me parece que jugó en el Barcelona de cuando atacaban con cinco delanteros y los goles caían en capazos. Pero luego, en un arrebato de dandismo incuestionable, terminó jugando en la casa del vecino, el Español, un equipo que entonces no tenía complejos y jugaba con la eñe. Ricardo Zamora, como dandi, ganó un montón cuando blasonó su pechera con las franjas blanquiazules de la ciudad de Barcelona. Porque, amigos, hay que recordar y aclarar que los colores históricos de la ciudad son esos, el azul y el blanco, el mismo pendón que enarbolaba Rafael de Casanovas cuando cayó -levemente- herido aquel once de septiembre que tanta matraca ha caído, defendiendo la causa alemana para el trono de su España. Luego se curó y siguió chupando del bote, como suele pasar en el oasis, pero esa también es otra historia.
El dandismo en el fútbol son als gafas del ciego que todo lo ve de Matías Prats padre, pero sobre todo, el portero antiguo, de cuando los futuristas italianos les pintaban cuadros y los del 27 o por ahí, les escribían poemas, de cuando se compungía el personal ante el penalti a punto de dispararse y de cuando les reconocíamos la limpeza y bonhomía entre el barro y los golpes.
Por eso a mi me gustaría ser portero de crío.

8 comentarios:

Dulcinea dijo...

Me vas a perdonar Pianista, pero en el fútbol no hay dandis. Hay mercenarios, pero no dandis.

Hoy veía en la tele a López Ufarte, gran ídolo en su época. No sé si ahora ha ejemplares de su talla, porque como casi todos están troquelados.

Txispi dijo...

Pianista,¿y dices que no te gusta el fútbol?

El futuro bloguero dijo...

Saludos futbolero...

Atiza dijo...

Il Cavallino Rampante, Pianista, por favor! No me importa nada ser hortera ni cursi. Y los macarras, es que me caen mejor. Los del punto canalla, no sé si me explico.
Ay Iríbar, y Sabino (el malo, siii) y Ayayay Alfaguara...
Vaya! lo de los blanquiazules, una sorpresa.
Eres como la Espasa, majo o la GER. Te veo más de ésta última.

Nodisparenalpianista dijo...

Bueno, Dulci, hasta entre los peores mercenarios hay dandis. Mira a Byron palmámdola de tifus o tuberculosos en la guerra contra el turco. Eso si que es dandismo. Aunque es cierto, en el furbo no hay dandis.

Que no, que no, Txispi. Esto es una conspiración

Juajua, Futblo, eres la síntesis de la corrección político-futbolera: Una barretina del Madrid.

Uy Atiza, donde esté un buen dandi, que se quite toda esa purria. Para mi, la Espasa es como más de Ateneo y tabaco en pipa. La GER es un poco como de la Señorita Pepis, pero luego la verdad es que es muy entretenida. Entre lo que te explicas y lo que no, miedo das, maja.

Atiza dijo...

Te resumo, entonces:
Me encanta Ferrari a pesar de que para ti es de cursis, horteras o macarras. (Me quedo con estos últimos, sin duda)
Lo de Iríbar y Sabino, el malo, un horror o una pena...qué sé yo.
Lo de los blanquizules, está claro, digo yo.
Y lo de la GER es que sabes mucho, de todo, Pianista!!!

Dulcinea dijo...

Pues así a lo tonto, me tragué el partido de España-Honduras. Y me sorprendí chillando a favor de la roja, a mí que el fútbol me importa un pepino.

Rectifico Pianista. En el fútbol sí hay un dandi. Michel.

Nodisparenalpianista dijo...

Ferrari es, a la vez, de cursis, horteras y macarras. Y Alonso nunca pierde por su culpa, siempre los demás, qué brasa de tío. Lo otro, Atiza, pues vale.

Jaja, Dulci, Míchel es un macizorro, pero... Mítxel, Míxel, que decía Millán.