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jueves, 28 de agosto de 2014

JAVQ

No se por qué, había una cierta afición en acortarle el nombre al personal, naciendo simpáticas composiciones con las siglas. Eso a mi siempre me ha parecido mejor que los diminutivos, que según la barba del interesado, puede quedar hasta ridículo. Sobre todo, si terminan en i. Michi, Lichi, Pichi, Chumi, Michi, ay ese ya lo he dicho, fatal.
JAVQ queda fenomenal.
Pero se lee de pena, la verdad.
Era Vidal-Quadras. Que para nosotros era único, claro. Lo de la Q esa delante de la a siempre me ha parecido de un esnobismo exótico fenomenal, y más conociendo al personaje. Ahora que lo escribo, esto es, que lo pienso, JAVQ si tenía un cierto aire de dandi de vuelta, como de jubilado de la ventisca y rendido a la brisa de las tardes frescas -qué frescas, frías de reventar termómetros- de la parte del campus que daba al riachuelo. Vidal-Quadras ha sido un periodista de raza, de tinta, visera y manguito, que según cómo parecía fugado de Primera plana, pero de cuando era Luna nueva, me parece que era, aquella antigua, si esa, la de Cary Grant. Era tan buena persona que del mundo de raterillos que era lo de los papeles -hoy muchos han descubierto su verdadera vocación, pero como ese es un asunto de letrinas, aquí ni lo comento- se pasó al de la docencia. Porque más que profesor universitario de Comunicación (ponpón), pasó a ser maestro de redactores, lo que parece que no suene tan bien pero que, no nos engañemos, amigos, es mucho mejor.
De sus clases recuerdo poco. De él recuerdo mucho. Ahí está el quid. No daba consejos aparentemente raros y divertidos pero repletos de sabiduría, de sentido común  y de la bondad del cristiano bueno,que se le salía el cariño por las orejas.
Cosas de la vida y de los tejemanejes del delegado de mi clase -las cosas de la prensa, ay-, en este caso absolutamente inútiles, porque se trataba de uno de los  profesores más queridos de la Facultad, le escogimos padrino de nuestra promoción. Qué cosas, que los apadrinados escojan al padrino. A mi me parecería más lógico a la inversa, pero yo siempre he sido un poco contracorriente en estas cosas.
Lo cual que en la graduación nos colocó un discurso divertido y cariñoso, así como era él, que gustó mucho a las familias y sobre todo a las mamás y a las abuelas. Recuerdo, como si fuera ahora, los dos consejos que nos dió. Lanzó uno y todo el personal con la boca abierta. Este hombre se ha vuelto loco. Luego lo explicó, y nos reímos. Nos reímos de lo tontos que éramos por no haberlo entendido a la primera. Luego nos dió el otro. Mucho más serio y que también desarrolló con su tranquila facilidad.



JAVQ era un enamorado de la Universidad, de su historia y de su campus. Como Soria, se sabía todos los árboles. Y también se sabía los jardineros, los bedeles, los conserjes, muchos, muchísmos alumnos, muchísimos antiguos alumnos. Sería por eso que todo el mundo le quería. Porque él quería antes.

Total, que los de mi promoción estamos huérfanos de padrino. Y como yo lo del padrino siempre me lo he tomado muy en serio, estoy un poco encogidico, un poco pocho, como cuando los árboles se empezaban a pelar y parecía que la primavera nunca podría vencer a aquél puñetero frío.

lunes, 1 de abril de 2013

Las comas

Andan a vueltas ahora los republicanillos de pitiminí -ojo con los disimulados de la derechona, que son los enarbolan el fiel de la balanza, esos traidores- con la fortuna o no de Don Juan, el Conde de Barcelona. 
Años hace de su traspado.
Recuerdo aquella anécdota en una gélida mañana en el aula aquella de la Facultad de Derecho donde orillábamos los casi periodistas. Entre bostezos y ojeras, en los dos minuticos previos a la clase, la gente apuraba un café veloz, se echaba un cigarrito o charlaba de las cosas del día.
Pamplona era un hervidero de fotógrafos de la Corte y periodistas especializados. La profesora de Derecho de la Información nos trajo a unos para realizar un debate sobre lo del honor y todo eso. Juntó allí a cuatro o cinco indeseables que nos explicaron cómo se tasa la foto de un moribundo. Los alumnos, en general, les respondimos con mucha dureza a lo que ellos iban explicando. Yo daría todo lo que fuera, dijo uno de ellos, por fotografiarle muriéndose. Alcázar, la seria, daba la razón. A los otros me los ha borrado la piadosa memoria. Que asco de gentuza.

Total, que unos días antes del luctuoso suceso, el Diario de Navarra, tan serio y tan formal, echó el resto en su portada.



Menudo titular. Todo el mundo sabía lo que ocurría, lo de la prolongada estancia de don Juan en la Clínica, pero nadie lo había abordado de un moco tan claro y tan excesivo. Pues si, se han pasado, joe qué brutos, tal. Hasta que se alzó Pablo con voz grave y dijo: es una intolerable falta de respeto. Habráse visto. En todo caso -explicó- deberían tratarle como su rango merece. Don Juan, (coma recalcó), agonice. 

El chiste no fue sobre don Juan. Ese era el respeto que se merecía la canallesca.

jueves, 26 de abril de 2012

Tonterías olímpicas






Resulta que en Londres van a hacer este verano una reunión de excesos deportivos, d eessos de conómetro y sudores, mucha tele y los saltos a la piscina, que es lo único deportivo. Bueno, eso y los gimnastas que a ver si se empotran con el plinton o no, que es lo que tienen los miedos infantiles, que yo conocía a uno muy ágil que en un mal día un poco más y se deja los dientes allí pegados, que yo lo saltaba con mucha altura, por no dejarme allí esopachurrada la dignidad. Digo, Londres, que lo organiza, como presidente del Comité del asunto un antiguo atleta que se llama Sebastián Coe, que me acuerdo yo de cuando corría, que uno s epensaba que con ese nombre tenía que ser de Albacete o así. O llanito al menos.
Me acordaba también hace unos días de la peli aquella tan renombrada y que ya nadie echa en la tele, Carros de fuego. Qué camisetas más bonitas.
Mira tú qué tontería.

martes, 4 de enero de 2011

Contemplando las estrellas


Esto fue una vez que iba a haber un eclipse y uno dijo que a resultas de la oscuridad, habría un cataclismo y tal, como en la película aquella polaca de egipcios soviéticos, que también tiene su aquel. Creo que sería en primero de BUP del pleistoceno, ue en el cole nos lllevaron a un teatrillo y nos proyectaron esa peli, una copia malt
recha, ralladísima y en polaco. Faraones y koljoses. Oye, y pegaba.
Bueno, pues eso, que por cosa del efecto dos mil o porque el personal está como unas maracas, un modistillo gabachuá iba diciendo que si efin del mundo y que si un cacharrajo espacial se caería sobre París, lo cual que malvendió (o no, que para mi que el truc
o estaba ahí) su tallercico, la tieda, las bobinas de hilo y los acericos, yo que se, y se largo a ver elcataclismo a Tahití con tres mulatonas a las que les tocaría el uquelele mientras se despanzurraba todo. O serían mulatones, pero yo ahí no me meto que vas a por lana y en Tahití hace un calor inaguantable.
Estamos.
Estamos en Oporto, de paseíto, chaschás, unas fotos, unas joyerías, unos zarcillos, una librería descomunalmente hermosa y esa sosa gentileza de los portugueses, las portuguesas y su
s bigotes. Bueno, lo normal. Iba a ser el eclipse al día siguiente, o por ahí, así que íbamos pro todas las ópticas pidiendo ollos para los oculos y nos miraban raro. Ay no, oculos para los ollos. Yo que se, oiga, deme unas pulas oscuras para ver el eclipse y no me marre, amigop. Y los tíos, con toda su cachaza, no señor, brigado non abiamo niente, ay no, que eso es italiano, non posso andare piu. Si hubiesen sido franceses hbiese recurrido al efectivo vusetanpetitcoxón, o al aún más contumaz Yesuilerúa and vusetanlapin. Se quedan a cuadros y se apartan, porque se imaginan que te crees Napoleón. Y a Napoleón aún le siguen teniendo en alta estima.


Esto es del eclipse de hoy, y es mía. Da un poco de miedo, pero mola.
Yo es que oigo a los lobos aullar.


Oye, pues nos quedamos sin lupas, a ver qué hacemos, íbamos diciendo la MamadelPianista, la HermanadelPianista y el propio NDAP. Vaya, si. Y estábamos en una plaza. Y, yo no se para qué me meto, si no valgo, cojo un plano y digo, por aquí se llega a una tienda de discos que quería ver, que anda que no hay que estar colgado, para ponerse a buscar disqueras en Oporto, pero en fin, es lo que hay y donde menos te lo esperas, salta el deubedé de Bagdad de Battiato o un single raro de Syd Barrett. Aquí, es por aquí, yo con el plano al frente y mirando hacia la plaza, a mano izquierda, un tío a caballo, que los portugueses, a al que tienen catorce metros cuadrados te arrean un tío a caballo, qué gente, oye. Qe no, que si, que no, que por ahí ya pasamos ayer, que si que fuen cando la vi, y en estas que de pronto instalan una señal de tráfico que no debía de estar allí quince segundos antes y yo, que si que la tienda esta por alll.. Cataclón!!!!

Bueno, qué torta. Ay, ay, joer, qué viaje. La MamádelPianista que de pronto ya no lleva nadie al lado y la HermanadelPianista que siguue, que no que por aquí no... ¿qué ha sido ese ruido de calabaza escachada?

Y el propio Nodisparenalpianista que del castañón, gafas volando por un lado, plano por el otro, macuto al suelo, que por cosa del rebote se va para atrás y cae todo lo largo que es, que mucho no es, lo de su generación, aproximadamente, tal vez tirando por la media baja, pero muy bien constituido, aunque me esté feo el decirlo. Ay, ay, qué golpe, ¿pero qué ha pasado? La MamádelPianista que se percata del evento, ay, mi hijo mío, menuda castaña te has pegado, la HermanadelPianista que se agarra a otra farola presa de un cruel ataque de risa y un señor portugués repeinadísimo que me coge en brazos y me ayuda a incorporarme, ay, ay obrigado oiga, usted si que es majo y no estas dos, que me pregunta si me sostengo y me recoge las gafas, que se le ha salido el crital a una y no se me ha roto de puritito milagro. Oiga, Dios se lo pague, amigo, con un ojo a la virulé y tocándome el frontispicio, algo abollado por el cebollón. Juar, qué daño. Miro la señal de tráfico, que para mi que he abollado también. También le ha tenido que doler, sin duda. Y las dos, joé tío, abre los ojos, cegatón, para qué coges el plano juajua, que la señal aún tiembla, vamos a una farmacia a ver si te dan algo, si, una chichonera, o un radar o un perro lazarillo, y así lo que quedase de la malana, que uno tiene una paciencia que pa qué.
No encontramos los oculos para los ollos, pero como el hambre es el mejor cocinero, apañé un filtro chapucero con unos cristales de gafas de sol y cinta adhesiva que le puse al objetivo cañón y le pude hacer unas fotos malas al eclipse. Pero oye, para lo que había, fue de lo mejor. Ya se sabe, ir preparado es de cobardes. Y eso si que no.

Lo cual que nunca supieron la verdad. Yo ni eclipse ni gaitas: cuando quiero ver las estrellas, las busco y asunto arreglado.

Y el otro seguirá en Tahití.

viernes, 15 de enero de 2010

Llanos y fontanas en Guadalcanal


Alejandro Llano es una montaña de inteligencia muy difícil de escalar pero sin lugar a dudas apasionante para todo aquél que gusta de poner en marcha la cosa de las neuronas. He tenido la suerte de no ser alumno suyo -porque me temo que me habría suspendido hasta la extenuación- pero si he disfrutado de la fortuna de escucharle en unas cuantas conferencias y sesiones interfacultativas que trasladaban el asunto filosófico al periodismo. Y aquello era tremendo. Aveces costaba seguirle, porque te apsaba de los Simpson, como conformadores de la neomodernidad a las Revoluciones Atlánticas y la ontología del ser en párrafo y medio. Y, claro, a veces, con tanto cambio de marcha, te ibas cuneta abajo.
Entre los filósofos estaba Llano, que due mi primer Rector en pamplona, lo que me llena de orgullo, haber formado parte de sus h
uestes universitarias. Tambien estaba Polo, Leonardo Polo, que era el más admirado de su especie. Tenía Polo la cabeza tan gorda, como decía mi querido amigo Pablo, porque llevaba todo el saber de la humanidad dentro. Leonardo Polo escribió una obra enciclopédica de diez, doce, yo qué se, muchos tomos, titulada El ser. Aquello era tan complejo que hubo de escribir otros dos tomos, Introducción al ser, para que alguien entendiese algo. No consta, por ahora. También estaba Daniel Innerarity, que si me dio clase, un tipo complejo y muy interesante. Se conocía su pasión sociopolítica que terminó por llevarle de candidato al Senado por Navarra en la candidatura del PNV. Del batacazo que se pegó no se si se recuperaría o qué, pero le suelo leer mucho -e interesantísimo- en El País. Recuerdo cómo vislumbró el auge de lo verde a raíz de los programas electorales de los partidos en las primeras legislativas de la Alemania recién reunificada. El cambio de lo rojo a verde, que nos sonaba a chino. Costaba seguirle, pero era estimulante. Sus libros, un tostón. De todos, me quedo, sin desdeñar a los ya mencionados, ojo, con Alfredo Cruz, que me dio clases en primero. Una evez, hablando con una amiga, le dije algo sobre mis clases de Pensamiento.

Antonio Fontán fue honrado, en 2008, con el Marquesado de Guadalcanal, por Su Majestad el Rey, por sus muchos méritos, sus años en el Consejo de Don Juan III y su labor en la presidencia del primer Senado de la Democracia. Mola. A mi me gustaría el de Ducado de Birmania o el Condado de Midway, con sus portaviones y todo. Hay que recuperar el bélico, si.

¿Tenéis clases de pensamiento?, se asustó. ¿Pero que forma de lavaros el cerebro es esa??? ¿Os enseñan que pensar y cómo pensarlo??? Se trataba de una chavala un poco anti Opus, más de la Iglesia progre y tal, con lo que aquello parecía gasolina para el debate. Y le expliqué. Es Historia del Pensamiento Social y Político, o sea una especie de Historia de la Sociología y de la Política. Pero claro, el nombre confundía.
La cosa es que empezamos en los griegos y llegamos a Hobbes, pero por el camino nos topamos con el derecho natural y la Ciudad del Hombre y la Ciudad de Dios. Lo que llegamos a aprender. Cruz es autor de un magnífico librito -por lo breve- de su disciplina que, por cierto, a ver si le pego una releída, por refrescar temas.
Los sábados tenía organizada una tertulia en el comedor de un bar, en el piso de arriba, en Tudela 2 o 22, ya no me acuerdo, frente al pulgoso parquin de la Estación de Autobuses, sobre el despacho de billetes de la Renfe aquel siempre tan concurrido. Era una tertulia abierta, sin temas, pero con las reglas del diálogo a la inglesa. Era muy estimulante conversar a calzón quitado con el único recurso de los conocimientos propios y de la habilidad dialéctica. Nos congregábamos allí unos veinte alumnos y hablábamos de todo. Tomábamos café o no y nos íbamos. Un buen profesor y un gran maestro. Cuando le veía por el campus le saludaba, aunque no se si se acordaría de mi. Ahora está El Corte Inglés.

Escribo esto después de oir la noticia de urgencia relativa al fallecimiento de don Antonio Fontán, uno de los mayores impulsores de la Universidad de Navarra, la mía, o sea. Periodista, intelectual, filósofo, docto profestor, opositor sin tregua al Poder y dicen que muy buena gente. Buena gente dice que era buena gente, así que fiabilidad total. Descanse en paz y que nos siga echando capotes, que falta nos hace. También leo que Alejandro Llano va a colaborar semanalmente en un confidencial que frecuento. Pues mejor para nosotros.

martes, 3 de marzo de 2009

El de la fotografía aérea

Una vez en un tren, de cuando en los trenes la gente hablaba, pero entre ellos, quiero decir, porque no había telefonillos y las velocidades no eran tan elevadas como para que el personal no tuviese ocasión para departir. Anduve hablando con un tipo que hacía fotos aéreas.
En los pasillos de las cabinas de literas había siempre uno con la mirada perdida que fumaba en silenco, una chica con aspecto entre tímido y asustadizo que cuando se le daba pie hablaba por los codos, un par de
tíos grandes con aspecto de comerciales que conseguían botellitas de licor, uno gordo que roncaba y al que le olían los pies, una señora que decía cómo voy a dormir entre desconocidos, otra señora, silenciosa y más bien pequeñita que no pedñía ayuda pero que agradecía de modo muy sincero que la ayudasen con el maletón y la caja de cartón atada con una cuerda sintética blanca y a veces un revisor pirata que por unos duros te apsaba a un camarote vacío o que vendía cocacolas y licores de tapadillos.
Había uno de traje con aspecto de suficiencia que comenzó a comentar en fuerte tono de voz, para que le oyese la chica con cara de buena nena, asustada, que miraba nerviosa por la ventana, algunos lugares comunes. A mi me gustaba echar un rato largo en el pasillo, viendo pasar los quilómetros y haceindo sueño, para subirme a la litera rendido a ver si así caía de golpe y ni sentía los ronquidos del uno y el olor de pies del otro.
Lo cual que el tipo aquel iba diciendo, pues a ver si llegamos, menos mal que yo ya tengo para repostar y tontadas así. El ausente miraba, ni se inmutaba. Y el vocero, seguí a ver si la nena le decía. Y como no parecía demasiado acostumbrado a la sutileza comenzó ahablar de que si las montañas y los tejados y vaya usted a saber qué. Así que alguien le rpeguntó que de qué estaba hablando. Y lo lanzó: que él tenía una empresa de fotografía aérea. A mi, que me gustan las dos cosas, me interesó, soprendentemente. Y le di una poca de coba. ¿Y cómo hacéis? ¿En avioneta y con visores? ¿Pilotas y fotografías o vais dos? Y así. Resulta que el tío lo que hacía era vender las fotos. Es decir, que era un comercial de una empresa, que era un tío con una avioneta y una cámara de fotos y él que intentaba venderles el asunto a todo aquel que pillaba. A esas alturas, el Johhnie Walker y el calorcillo, el Dyc y la mezcla de la moqueta de la Renfe, el tabacazo y los pinreles del otro colega ya le habían hervido bastante, con lo que tenía la lengua más ligera y, contrariamente, más torpe. Le hacía chistes a la chica tímida, que pasaba aún más de él. Le pregunté si volvía de vacaciones y que qué estudiaba. A la chica, digo. ¿Y eso? ¿cómo lo has sabido? Y nos pusimos a hablar. El pesado se fue a hacer duetos de ronquidos con el de los pinreles u otro. En el pasillo nos quedamos el ausente, la buena nena y yo. Y charlamos un ratazo. Y bueno.

Me acordaba del botarate aquel, de cómo se le iría a hacer puñetas el chiringuito, con lo del guguelmaps y toda la pesca, los gepeeses y demás. Yo me veo al tostón aquel diciéndole a uno que si quiere fotos del prado desde arriba y el otro diciendo que total pa qué, que si el sobrino le enchufa el guguelmaps y lo ve por la patilla. Y venga ya, la crisis dando morcilla pero bien. De todos modos, como esa raza de pesado comercial es infatigable, seguro que ya anda vendiendo pólizas de algo raro y dando la brasa a las buenas nenas. Tienen su historia, si es verdad.

jueves, 23 de octubre de 2008

El revisor

Esto fue en Praga, donde estaba pasando unos días de vacaciones. Allí salió mi parte más incívica y hasta delictiva, o casi. La tentación era grande, porque a la paupérrima juventud se añadía la facilidad para el cuele en el transporte público. A mi no me importa pagar abusivas entradas en los museos –y más pagaría si eso sirviese para evitar a los gritones consumidores de letreritos, que es una cosa muy curiosa que me reservo para otro día y así voy haciendo acopio de temas-, ni desorbitados precios por catálogos bien editados, ni fortunas por una ensalada allende los Pirineos, pero el metro, pues no.

Pues en esa estaba, que iba de aquí para allá, hacia en puente o un sitio de esos, cuando veo, apostados al final de la escalera mecánica a dos con pinta de sicarios de alguna red de trata de blancas pidiendo cosas al personal. Pero no a cualquier personal. Sólo a los guiris. Imposible eludirlos, así que abrí la guía, lo único que tenía a mano para distraer la vista, y traté de rebasarles haciéndome pasar desapercibido. Pero aquel par de percebes me percibió. Tal vez el percebe era yo, claro.

Pachungu Ninotchka billetovski, me dice el tío. Yo, non capisco niente. Y trato de seguir. El tipo que se me pone delante y me dice que nanay. Yo, cara de ángel, ¿mande? Y el tío aquel que no cuela, que el billete, pringadillo, pero en checo, que suena fatal, os figuráis. Sacoel billete que llevo y con cara de digno a la par que educado se lo tiendo al madero camuflado. Vale chato, pero esto no está validado. Claro, tarugo, esa es mi escapatoria cutre: que no me he aclarado con la máquina y que pensaba que era así. Vale, pero no cuela. El tío va y me acompaña a la maquinorra que tiene las instrucciones en checo, alemán y ruso, con lo que mi débil excusa tenía base, pero tampoco. Hala, majete, a pasar por taquilla. Y le casco al tío las tropecientas coronas. Ni me da un papel ni me da nada, con lo que me temo que el tío se lo guarda en el talego y así se va sacando un sobresueldo para pagarse el Skoda, que también tiene un precio. Por el camino, mientras intentaba escaquearme de la cosa, vi como un tío grandón acompañado de una churri espectacular intentaba salir por piernas del acoso del par de sicarios, probablemente por pensar que fuesen del clan rival, los Montescos, o como se llamen en checo. El muy canalla había dejado atrás a la macizorra y trataba de zafarse de los dos choripolis. Luego, después de medio retenerle, le dejaron ir porque sólo querían billetes, nada de cacheos o cosas así. Aquello parecía muy turbio, pero ya se sabe, los fans de la novela negra somos así.

Unos días después, hablando con Marie, una pelirroja estadounidense que había conocido el día antes, me cuenta que ella nunca paga en transporte público y que si le piden billete directamente saca la cartera y paga, porque tiene tabulado que, aunque de vez en cuando la trinquen, sale mucho más barato pagar la multa que los abonos. A veces los revisores, por llamarles así, se enfadan cuando directamente pago, sin protestar ni poner cara de póquer, sin intento de escaqueo, por las bravas, toma las coronas y déjame que llevo prisa. Claro que, siendo pelirroja estadounidense, no sería lo mismo, tampoco.

Cuestión que, matemática recreativa, me salió, pese ala multa, mucho más barato darme al cuele que haber pagado todos los viajes de transporte público. Vale, si, es cierto, no hay que hacerlo, pero oye, es una manera de luchar contra los monopolios estatalistas. Y si cuela cuela.

viernes, 26 de septiembre de 2008

El jefe de estación


Salgo del súper y veo, junto a las cajas de fruta que sacan a la calle, las ciruelas tienen muy buena pinta aunque hay que ir con ojo, que ahora casi toda la fruta tiene una apariencia magnífica pero sabe a lo que sabe, a una pareja de señores mayores que observan eso, las ciruelas. O las escarolas. O las nectarinas, o lo que sea.

Paso junto a ellos con las chistorras, el pan, unas tortas de Inés Rosales, las cosas y veo que la pareja de abuelos son el Jefe de Estación y su señora.

No se cómo se llama, aunque me parece que una vez nos lo dijo, pero ya no me acuerdo. Él era el Jefe de la Estación de metro que cogíamos todos los días para ir al cole. Era un señor alto, de frente un poco despejada, moreno y serio, que siempre decía adiós cuando le comprábamos el billetito aquel pequeño, que parecía hecho de papel Biblia y que costaba seis pesetas. Íbamos con un duro y una peseta cogidos entre el índice y el pulgar desde casa, cruzábamos la vía del tren después de ver pasar aquellos mercancías interminables, de maderas y traviesas metálicas que crujían al pasar, que desprendían aquel olor tan raro un poco malo pero un poco bueno, y pateaba las piedritas donde descansaban las vías procurando no distraerme, no se fuesen a perder las seis pesetas. Pasábamos junto a los coches aparcados y entrábamos en la estación.

En invierno, según bajábamos la escalera, se iba sintiendo el calor que venía de lo hondo. Alguna vez, la cola de la gente llegaba casi a las puertas, aunque lo normal es que no tuviésemos que esperar demasiado.Lo normar era que hubiese haciendo cola ante las dos garitas de los taquilleros tres, cuatro, seis personas, papás o mamás con sus chavales camino de la escuela, señores con un bocadillo que se iban al trabajo, señoras con bolsos negros, brillantes a juego con los zapatos, unos que salían de tomarse un cortado en el bar leyendo el "Dicen", otros que entraban a desayunar antes de irse al trabajo, el estruendo de los vagones al entrar en los andenes y pocos minutos depués, en cuanto subían la escalera, los que llegarían tarde a trabajar, a toda prisa y luego los que o eran más remolones y perezososo o que, simplemente iban mejor de tiempo. Algunos llevan maletines, otros un periódico o una revista doblada, unos de traje, otros con el mono, los lamparones de graqsa, aquel olor de la grasa de los talleres, cada cual en lo suyo. Y el Jefe de Estación, que a veces estaba en la taquilla, que a veces estaba en los andenes, que a veces estaba en su despacho.

El Jefe de Estación vestía su uniforme azul oscuro con botones metálicos. No me acuerdo muy bien si eran dorados o plateados, pero si que brillaban. Rara vez se ponía la gorra, pero por allí andaba. Los señores que abrían las puertas si que llevaban las gorras y todo aquello. Y los soldados que hacían la mili en el metro también. Los más veteranos ya podían abrir la caja de los botones para cerrar y abrir las puertas, tocar ¡pipipip! tres veces el silbato de aviso de las puertas y dar la señal para el arranque.
A mi me gustaba ir en los vagones de enmedio y ver al soldado que le daba a las puertas, pero también ir en el primer vagón, desde el que se veía por una ventana cómo íbamos avanzando por el túnel. Los soldados llevaban uniforme azul marino y correajes rojos. Yo me preguntaba que qué tendría que ver ser soldado con abrir las puertas del metro, pero claro, por entonces aún entendía menos las cosas que ahora. O tal vez más, vaya usted a saber, amigo.

Luego me he vuelto porque había que hacer las chistorras y todo aquello, pero me he vuelto pensando en todo aquello, en el Jefe de Estación que siempre nos decía adiós y que un día le perdonó una moneda a la HermanadelPianista porque la había perdido o algo, o cuando anduve pidiendo unos bolis que había perdido porque se me cayeron del macuto, o cuando iba con mi vecino Jaime al cole, o cuando me encontraba con mi abuelo en el andén o cuando iba con aquella chavalita que se empeñaba en llamarme Nodisparenaltrompetista, la tira.
Hay más historias, pero seguiré otro rato.



viernes, 28 de diciembre de 2007

Los riñones

A ver qué pongo hoy, que tengo los riñones casi al Jerez y que ya no me los siento. Esto de la vacación activa es cansadísimo. Que es lo que pnía uno por ahí (y que no voy a lincar ahora, poque es tarde y no me siento las canilas), que el turismo mal y que viajar sólo para invadir o para cosas fetén. Que una poca de razón tenía, pero oye, que no, del todo no.


Y mira, que está bien un cambio de aires, aunque la verdadera vacación llega cuando uno está en el trabajo, con su taza de café, su musiquita y ganándose los duros, es un decir. No se, si fuésemos mineros, vale, pero aquí, el que más y el que menos, vive como un pachá. Y no miro a nadie.

Por cierto, y hablando de vagos: yo aquí actualizando y la peña de cumbia, que solo me esribe el abogadillo, un poetastro y una flamenca. Menudo aniversario, majos. Luego me haréis la pelota. Dentro de nueve años, me voy a cenar a un macdonals. Y a leer el Marca. O así.

martes, 11 de diciembre de 2007

En Jarauta

El último bar que se cierra en lo viejo está en Jarauta. Al principio. O final, según se mire.

Es un antro que se llama Viena, me parece. Todos los bares del Casco Antiguo, de lo Viejo, tienen obligación de quitar la música a las 2.30, cerrar la puerta y no dejar entrar a más clientes. A las tres han de estar vacíos y chapados. Nada más lejos de la realidad. Es habitual que el Submarino, Cofradía o el que está enfrente de Terminal, todo un antro, cierren más tarde, bastante más tarde. Si eres amigo de alguien o, simplemente le hace gracia al que ese día está en la puerta, entras. Y hasta que enciendan la luz. O sea, cuando quieren. Como suele pasar, por temporadas, si el Ayuntamiento se pone riguroso, se controla más la hora de cierre y caen algunas multas. Y pasando un tiempo, vuelven a empezar.

Otra cosa es Cavas, que alarga horarios porqué cierra como bar, abre como discoteca, cierra como discoteca abre como cafetería y así todo el día. Menudo sitio el Cavas. Como Jarauta, dan para una historia.

Pero el Viena va por otra vía. Una vez me contaron que tiene un permiso especial. Resulta que, según esa historia, es llevar lo lleva la Asociación de Hosteleros o como quiera que se llame el gremio de los camareros, barmanes, gogós, si las hubiere, que no, de Pamplona. El que abran hasta las tantas y media se debe a que cómo es la, llamémosle, sede social de tan peculiar gremio, sigue abierto cuando sus cofrades del trabajo, esto es, a partir de las tres. Con lo que, cofrade o no, allí entra todo hijo de vecino, de manera que puede copear hasta el amanecer.

El sitio tiene tela. Escaleras dignas del vértigo del mejor parque de atracciones, un estucado capaz de desollar al valiente que se atreve a arrimarse, menos luz que en una cueva de osos y todo así. Como es fácil de imaginar, los asiduos son lo mejor de cada casa. Si al Cavas van a fondear los modernos, aquí van a fondear los clásicos de la noche pamplonesa. Para hacer fotos el uno y para hacer fotos en otro.

Recuerdo haber ido allí algunas veces, siempre sin fuerzas para llegar a San Juan y sin ganas de Cavas. Jarauta, en hora de cierre es como un encierro pero con más gente. Es bueno para hacer vida social, porque es materialmente imposible no pisar o ser pisado, chocar, hablar, sonreír, pelearse y demás con mucha gente. Además se suele ir siempre contra dirección en estos casos, de manera que alcanzar la puerta del Viena es una maravilla que hace feliz al que contra el agua navega.

Una vez me encontré en esa calle, de frente, por supuesto, con una chica que había conocido unos días antes en el tren. Mejor dicho la conocí bajando del tren.
El revisor que te deja al borde del infarto después de aporrear la puerta del compartimiento y gritar ¡Pamplona! cerca de una hora antes de llegar a la estación. Taquicárdico, desvelado, sudoroso, siempre hace calor en estos viajes y, como se comprende, enfadado, uno asume lo poco que le queda de viaje con una cierta rabia.
Al rato, porque sigue siendo muy pronto, sale alguien al reducidísimo pasillo y se dispone a saltar en cuanto llegué a la estación. La pesadilla es que, con el poco tiempo que para el tren, uno no tenga tiempo de bajarse y se vea, indefectiblemente, camino de irse hasta Irún, con las consiguientes molestias que ello conlleva y que son evidentes incluso para las mentes más espesas.

-Hola
-Buenas noches.
-Eso es un decir, porque después del susto del revisor... -suele ser la conversación habitual en estos casos.

Una chica con cara de sueño. Bonita y un poco abotargada. Y de frío. Y la conversación de siempre. Yo periodismo, yo derecho, o económicas, o pedagogía, ¿conoces a...? ¿te ayudo con la maleta? Voy a Iturrama, si quieres compartimos taxi.


Y siempre así.

Me parece que sí lo compartimos, que bajé yo antes, o ella, no sé, y que me quedé con su cara unos días.

Y allí en medio de la marabunta de Jarauta, como un encierro, pero más, me viene su recuerdo, que coincide con aquella cara.

-Hasta luego, neska.
-¡Ey!, hasta luego. ¿Dónde vas?
-Al Viena.
-Vale –la masa la arrastra- ¡Hasta luego!


Y ya está.

domingo, 29 de julio de 2007

¿Esto es Italia?

Me despierta un tonto que grita. Un tonto que grita por la calle. Ventana abierta, calorzote y gritones. Esto me suena. Me suena mucho. Italia también pero menos.


Un problemilla de última hora hace cambiar la fecha de salida. Todo resuelto. Ganamos dos días más en Nápoles. Y puedo cargar algún disquillo más en el emepetrés. Y paseo en bici. Qué sofoquina.


Todo va bien.


Nos vemos en Italia

miércoles, 27 de junio de 2007

Botánico (I)

Hace unos días hablaba Marta en lo suyo sobre su próximo examen. Se me ocurrió que si tuviese que relajarme por ahí antes de un examen -o después, nunca se sabe- ya tendría bien claro el sitio. Y empecé a juntar palabras...
Durante una temporada viajaba más de lo habitual a Madrid. Iba por cuestiones laborales y me solía quedar no menos de tres días y a veces algún fin de semana y todo. Después de lo laboral me solía quedar suficiente tiempo libre como para callejear, quedar con algú compañero de la carrera, ir a ver sitios y perderme por la FNAC buscando singles raros. Una vez, buscando singles de Bjork o de Tricky o parecidos, o sea, raros, vi de reojillo a una moderna con cara de malas pulgas a mi lado, esperando que le diese hueco para mirar. Para mirar los dicscos, se entiende. Entre los discófilos nos solemos dar espacio para poder buscar tranquilos. Aún recuerdo cuando buscabas vinilos y veías a otro que había comenzado por el otro lado. Fijo que nos cruzamos en la M de Marillion, así que cuando llegabas a la L de Led Zeppelin saltabas hasta la O de Ozzy Osbourne -que liquidabas en un pispás, claro- para dar paso y no molestar. Eso si es que el otro disquero no saltaba hasta la J de Joy Division, porque la K de Kraftwerk se pasaba volando por falta de material. Cuando abrí un poco más de hueco vi a la modernilla, pelo corto y vestir así un poco desorganizado. Esta chica me suena. Claro. Salto al vacío. Era Najwa Nimri, que aún no cantaba pero que tenia cara como de quererle pegar dos gritos a alguien, que ni loco le hubiese dicho yo qué tal reina mora, hace unos calamares.
Así que un día veía discos, otro me iba a la Real Academia de San Fernando, otro quedaba con Ioseba y de vino en vino terminábamos de madrugadísima, otro más deambulaba por los alrededores de la Plaza Mayor y así. Alguna vez llevaba las cámaras y echaba fotos. Lo normal.
Otras veces iba al Botánico.



El jardín Botánico es fascinante. Es chiquito, nada que ver con los gigantescos de otras ciudades europeas. Pero es así, chiquito, bien puesto, muy variado, muy agradable de pasear. A la que has ido tres veces, te lo sabes. Te acuerdas de los árboles más importantes y cuando vuelves a verles te da ganas de decir, ya no estás tan verde, chaval; o el rosa de las flores te queda divino. El Botánico es un sitio que siempre está igual pero que siempre es diferente, porque así son los árboles y las plantas. Siempre los mismos y siempre distintos. Vaya, como las personas también, Pero és a es la cosa. Cambia y permanece. ¿Otra vez aquí? Pues ya ves. ¿Y tú qué tal? Echando cortezas, ¿y tú? Pues ya ves, floreciendo, a mi edad.

A mi me gusta mucho un roble seco que hay allí enmedio. Y la escalerita aquella que ha partido una raíz. Y la estatua de la niña.
Un día me pondré a contar a ver cuántas fotos le he hecho, Han sido tantas.

En el Botánico vives cosas curiosas. Una vez vi a una señora japonesa que pintaba las flores en un cuaderno con acuarelas. Estuvimos hablando un poco y me enseñó unas cuantas que había pintado en aquel rato. Parece tan sencillo pintar cuando ves a alguien pintando. Y allí, con su cuadernito pequeño, tres pinceles y una minúscula cajita de acuarelas, le tuve envidia pero de la buena a aquella señora japonesa que renunciaba a las cámaras de fotos para llevarse el recuerdo de algo tan sencillo y tan bobito como las flores de colorines. Otra vez vi a una ancianita que daba de comer a las ardillas. Las ardillas la conocían y comían de su mano. Supongo que las ardillas contagiarán el paludismo, la fiebre del heno y lo de la mosca tsetsé, pero era como de peli verlas acercarse y cogerle de la mano las migas de pan y las cosas que les daba. En el Botánico había bastantes jubilados. Hay que pagar una entradita, pero para los mayores es gratuito. Supongo que por eso es un jardín traquilo, semivacío, seguro. Un placer para los jubilados un poco contemplativos. Y para las abuelas amigas de las ardillas.

Otra vez vi a unos que iban cantando. Eran dos chicos y una chica, creo que italianos, e iban cantando fragmentos de ópera. Cada cual cantaba lo que le tocaba, los otros respondían y a tramos cantaban los tres juntos. Así iban recorriendo el jardín, cantando a varias voces para ellos mismos, pero cuando pasabas a su lado era como si te envolviese su canción. Al ser pequeño, te los volvías a encontrar o los oías de lejos, tras un seto, una sequoya o donde fuese.
La estatua de la niña está en una especie de glorieta, redondel, no se cómo llamarle, refugio del paseante en donde hay unos bancos y te cubren las hiedras, los cipreses, los abetos azules, unos árboles que hay por allí. Está en sombra y cuando hace calor puedes echarte la tarde allí fresquito ,escuchando las hojas mecerse al aire. O escuchando a los ocasionales italianos dándole a las arias. En una ocasión estaba montando el chiringuito de las fotos. Llevaba dos cámaras y combiné varias películas, los objetivos, el cuaderno para las anotaciones de las tomas, toda la parafernalia. Oí unos pasos. Eran un papá y su chavalín. Ves lo que hace este señor, le preguntó el papi al nene. Y yo buscando al señor. Ay, vale, que era yo. Y le expliqué que estaba haciendo fotos y que intentaría cambiarle el color a las ramas y a las hojas, porque usaba un carrete mágico que podía transformar los colores a mi antojo. El niño estuvo con la boca abierta un rato y vi cómo me observaron mientras hacía mis fotos. Otra vez anduve mareando a una chica que se había sentado a leer allí, con mis cliclic de las fotos y todo aquello. Yo creo que di un poco la murga, pero no me tiró el manual o lo que leyese a la cabeza, así que bien. Agradable.


Hace tiempo que no voy. Que voy con el tiempo justo a ver mil cosas y si me da tiempo, el Botánico. Pero no me da, así que paso cerca, estoy a punto. A punto, a punto, pero al final no entro. Allí, haciendo cola para El Prado, pasando por los tenderetes de los libros y pensando, jolín, tres pasos y estaría dentro. Pero hace tiempo que no. Pero volveré. Claro. Volveré y repetiré las mismas fotos, los mismos pasos, las mismas hojas. Volveré a la rontondilla esa, al descanso del paseante que decía y volveré a hacerle fotos a la niña del mandil que tiene un clavel entre sus manos y que siempre lo mira mientras acaricia sus pétalos del color del bronce de las estatuas.

Me gusta ese sitio. Me gusta hacerle fotos a la niña del Botánico. Un día levantará la vista y descubrirá que seguimos allí.

viernes, 18 de mayo de 2007

No sigas si no tienes la tripa llena

Uno de mis objetivos madrileños en Semana Santa, además de cerciorarme sobre si Tintoretto seguía vivo o no, era ponerme morado de torrijas.
Los presagios por el camino ya eran buenos. Y si no a ver qué hay que interpretar de lo que lee uno al llegar a Zaragoza.


¿Es o no es?
Es que me vuelven loco, pero qué rebuenas están, jolín. Ya ves, con elementos tan sencillos como aceite, pan de día anterior, azúcar y huevo y cuatro condimentillos, sale el postre más fantástico que un goloso pudiese imaginar. En otros sitios no hay costumbre, y mira qué cara se les queda a los pobres.
Con mi móvil relativamente recién estrenado, decidí inmortalizar a las pobres torrijas que me iba a ir zampando progresivamente.


Os recomiendo que no veais esto con el estómago vacio.



Esto de las torrijas es como lo de las nubes, pero con mejor olor. Quiero decir, que las miras y les ves cara de algo. Para mi, la cuarta tiene cara de muslo de pollo, o de codorniz, por el tamaño. Y la última, de valle marciano con lago, de peli de marcianos, claro. La verdad es que vistas así a alguna parece que la hayan pisado o sea, pero de eso nada de nada. Puedo certificar que no hubo ni una mala. Es más, que todas tenían un nivelón considerable y que a mi, las de aspecto espachurrado me gustan más, porque tienen más líquido y es que el sabor de la leche, la canela y el aroma de cítricos me tiene rendido, la verdad.


Pues si, si, todas terminaron siendo pasto de mi voracidad, pero con orden, eso si. Bueno, para cuatro días no será de Guiness, pero no está nada mal, ¿no?
¿Para cuándo montamos un concurso de torrijas? De comer, no de tajarse. O también, no se.

PD: Puede que alguna tenga un aspecto algo extraño, si, pero es cosa del churromóvil, que tampoco da para más.

miércoles, 25 de abril de 2007

La farola

Llevan ya un tiempo con las obras en la Cuesta de Moyano.
De allí trasladaron las famosas, casi mágicas casetas de los libreros de viejo al lateral del Jardín Botánico, en el Paseo del Prado. Ahora, uno, según sale o entra, o va, o viene, o pasa, o queda por el lugar, le puede echar un ojo a los libros de viejo, a un euro, a dos, a lo que sea.
La Cuesta de Moyano tiene su encanto, no digo que no, pero el final del Paseo con sus librerías de color gris azulado, las persianas de madera que se levantan a modo de toldo, las mesas hechas de maderón malucho y patas de caballete, le dan un aire muy libresco, entintado y hasta leído a un final de tramo del Prado que parecía poco lustroso para coronar el paseo del arte.
Al parecer, en la Cuesta de Moyano, o sea, debajo, van a instalar o a trasladar una subestación eléctrica, de enlace o similar, para que con los veranos achicharrantes y tanto aire acondicionado, me imagino que al personal le debe de saltar los plomos con una cierta facilidad. Total, que la calle ha estado despanzurrada desde hace una buena temporada.


Entre otros muchos cargos, don Claudio Moyano fue,
en su día, diputado por Toro,
que sería como decir que lo fue por...pistolas.
Más chulo que un ocho, o sea.

Ahora han retirado parte del vallado, con lo que empieza a verse cómo quedará cuando se termine. El gran avance es que han hecho peatonal la vía, con sus bordillos y todas las cosas. Aún faltan por terminar bastantes cosas, creo, porque la caseta de Dragados o del que sea, siguen allí. Esta mañana, al pasar camino de
la estación, he visto a un operario, llamémosle electricista o puro manobra, que estaba enderezando y dándole la altura correcta a una especie de cuadrángulo móvil en cuyo centro sobresalía un tubo rugoso de color naranja lleno de cables. El hombre del mono azul, manobra, electricista, qué mas da, ajustaba el encaje y su altura, mientras enderezaba el tubo. Digo yo que sería currante del bocata de tortilla, copita y cafecito, tiene usted un Farias, jefe; o de Audi y chalé alicatado, porque en estas cosas la peña gana un dineral de miedo. La rutina poniéndolo, pim, pam, listo y a por otro. Y he seguido adelante, claro.
Y he seguido adelante, y dándole vueltas a la cabeza a propósito del cuadrángulo. He pensado que estaría bien que, entre tanto hormigón y cable pelado, el manobra se tomase su tiempo, como el del hierro colado que hace la farola para que quede estupenda, supongo. Y he pensado en la farola que iluminará, el día que lo terminen, el cruce de Moyano y Prado, con uno debajo pidiendo un taxi; con la cuerda del perro que se lía y el otro que pide disculpas, perdón señora, señorita, pues perdón también a la señorita, que ha estado a punto de tropezar; con otro que se detiene un segundo, deja el maletón en el suelo, se apoya, toma aire y piensa en sus cosas justo antes de irse de Madrid o de volverse a su casa; de otro que dice pues parece un intermitente cuando la luz flojea y no se sabe si quiere encenderse para alegrar la noche o apagarse para alegrar a los noctámbulos que se apoyan en el farol, como si fuesen de una vieja historia de portuarios marselleses y morenazas faldicortas.
Un farol, una farola da mucho juego. Y hasta luz, según las horas
Como la Cuesta de Moyano. Y los libros viejo.
Los paseos por Madrid.

jueves, 12 de abril de 2007

Lecturas a bordo

Comenzamos por el final, que es un sitio como cualquier otro para arrancar. Hablábamos unos días atrás en una página amiga sobre trenes y tal. A mi me gustan los trenes. Son entretenidos y le siguen dejando a uno la sensación de que está viajando, cambiando su espacio-espacio a través del tiempo. Pero las oteicidades otro día. Lo prometido es deuda y aquí llega el primer plazo.


Iba a hacerle una foto antes a la chinita del tren, pero no me ha dado tiempo o me iba a pillar, según. Para cuando me ha dado tiempo, resulta que se ha dormido, y la foto ha perdido la gracia. Esta es una de esas chinitas que hablan inglés y que suelen ser de los Estados Unidos. esas chinitas estadounidenses suelen tener dos amigas, una rubicunda un poco wasp que parece algo ida y una morena algo más feúcha de ojos terriblemente azules. Curiosa terna, no se, pero algo hay porque se repite.
Los chinitos que hablan chino ahora son simplemente chinos, más bien feos y, o atienden un súper abierto día y noche en Madrid o desalojan a los mayoristas de ropa de Barcelona para venderles el género a los gitanos que a su vez lo distribuyen en los mercadillos. Una chinita en inglés. Está leyendo -que era lo que tenía su gracia- Memorias de una geisha, pero en inglés. En un libro sin forrar, de papel malucho y un poco arrugado. De esos libros en inglés de pasta de papel malísima y el lomo pintado de amarillo chillón, casi fosforito. Una vez vi uno en francés que estaba tintado de rojo sangre. Daba un cierto repelús, aunque para un novelón de terror a mi me parece un color muy propio, la verdad. Los libros de bolsillo en inglés son terriblemente malos. El soporte, me refiero, que en cuestión de gustos, los colores, ya sabemos. Siempre están estropeadísimos, un horror. Al menos serán baratos, digo yo. La chinita, con sus gafas en la punta de la nariz recuerda un algo a la chinita de las Gilmore, que es coreana. Bueno, coreana tampoco, estadounidense. Y tiene sus pollos con la madre, una coreana -ella si- cuasi impermeable a la influencia occidental. Y la hija le sale batería de una banda postgrunge; chusco como la vida misma.
Y la chinita estadounidense traspuesta.