Por allí andaría, digo yo, todo el que habría sido alguien en la cosa política, tirando a sociata mayormente, en su tiempo y en su espacio. Pero él insistía. Y su amigo se enteró del asunto y allá que se fue.
Por lo que años, unos cuantos años después explicó un testigo directo del asunto, su amigo suspendió todas sus actividades y les dijo al secretario y al fotógrafo acompañante que cogían un coche y que se iban al hospital. Y allá que se fueron.
Pertini se nos hizo especialmente simpático por aquí cuando, siendo presidente, estuvo junto al Rey, y junto al presidente alemán, en la tribuna de la final del Mundial de Fútbol. Allí también estaba el añorado Calvo Sotelo, un gran hombre aún no suficientemente reconocido, vaya aquí mi rendida admiración. Iban allí con la murga de la pelota hasta que un italiano despeinado, Tardelli, metió un gol que levantó del asiento al abuelete Pertini, que a sus 85 años de emociones, se pasó el protocolo por el Coliseo, pegó un salto, brazos al aire, el alemán de pasta de kartofen y el Rey Juan Carlos, entre divertido y admirado le dio un abrazo cariñoso, un poco por lo de la alegría mediterránea y otro poco para calmarle, no fuese a darle un jamacuco allí mismo que nos metiese en una guerra transalpina. Elegante no sería, pero simpático y espontáneamente cariñoso, lo cual que gustó mucho.Pertini era un socialista educado y culto, ateo y respetuoso, muy querido por la gente y que al parecer, no debió de terminar muy bien con el aparato. Lo normal, diría yo. Cultivó una enorme amistad con Juan Pablo II, ese, su amigo. El amigo que pedía ver diez minuticos antes de que se le arrebatase la vida.
Yo me imagino estar de turno en el hospital, la máquina del café que no da cambio con la cosa de tener por allí todo revolucionado con los plastas de la Komintern chupando cámara mientras esperan que casque la momia. Y de pronto que se te aparezca un pedazo de cura de metro noventa con acento polaco, otro de traje que no sabes quién es y uno más de blanco que parece, que parece, que parece... ¡joer, el Papa!
El Ppa que se acerca a la familia y habla con la esposa. Hola, me he enterado de que mi amigo está muy enfermo y que quiere verme, así que aquí estoy.
La mujer de Pertini debió de ser una señora mucho más atea y no tan educada como don Sandro. Pues de aquí no pasa. Y no le dejó entrar.
Yo, y creo que muchos otros, estamos en esa y la liamos. Pero claro, cada uno es como es. Y el amigo era así.
¿Le importa que me quede un ratito en este pasillo, señora?, parece que le dijo. La mujer, ya digo, no muy educada, le contestó que hiciese lo que le diese la gana. Y a bodas me invitas. El Papa se lo tomó literalmente: hizo lo que quiso, y, sin lugar a dudas, lo mejor que podía hacer por su amigo.
Se sentó en una butaca, o silla o lo que fuese y sacó el Rosario. Y se puso a rezarlo. Yo me imagino a las enfermera sde antes flipando, y a los rogelios lameculos flipando aún más.
Ya he terminado, les dijo a su secretario y al fotógrafo acompañante. Podemos irnos. Ahora mi amigo ya sabe que he estado aquí.
Y se fueron.
Y Pertini se murió y seguro que sabe lo de su amigo.
De la parienta no tengo más datos.



