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lunes, 4 de febrero de 2013

El triste café




Hace unos días vi en la calle, en una esquina soleada, mañana fría convaleciente de la gripe gris ay, por fin sale el sol, al vagabundo aquel que me recuerda a Roger Hogdson. Hace mucho que no le veía. No me daba tiempo a invitarle ni a un triste café, porque iba yo cargado y apresurado, peste de la vida moderna.
Ahora ya no deambulo por su barrio, pero sigo pensando en él.

En la radio, en Discópolis echan una serie sobre rock sinfónico y progresivo, por pasión del locutor y aclamación de los oyentes. Propone a ver qué pone, si Mars Volta, que son actuales, raros y fascinantes o si Supertramp, buenos, comerciales y un poco antiguos. Hace lo normal, poner los dos. Roger Hogdson, el de verdad dejó el grupo no por las desavenencias habituales de las estrellas del rock, sino porque a su chaval le iba mal en el cole y decidió tomarse una pausa en el rock para enderezar al bigardo. Mars Volta son alucinantes.


Otro día me paro y le endoso un bocata que no se lo salta un torero.

jueves, 11 de marzo de 2010

Tiempo. La eternidad y el arroz



No se lo preguntó por
que directamente se había respondido. Parece que lleve aquí una eternidad. Y sólo son seis vueltas, diez, veinte, qué más da, con la cucharita en el café. Parece que haya estado aquí siempre y que todo esté bien. La eternidad y un día escrita en un grano de arroz. Igual esa es la cosa, apuntar y apuntar. Igual es lo que tengo, además de la eternidad en el café para pensarlo, un papelito y la capacidad para apuntarlo. Me gusta el arroz con leche y suelo aprovechar hasta las servilletas para tomar apuntes. Pero eso no es suficiente. Aunque desde que me dejé crecer el pelo y uso el gabán gris oscuro de mi abuelo, dicen que luzco porte. Un monóculo. Esto ya lo había apuntado, o tal vez no. En el Ateneo los carcamales se rifarían lo mío. Si lo tuviese. He oído que alguien ha pintado el cuadro de las lanzas en un grano de arroz, o en una lenteja o en algo muy pequeño. Qué tontería, pudiéndolo ver en la pared y sin lupa.
A veces rompía los papelitos, a veces los perdía.
La eternidad y un día escrita en un grano de arroz.
Con un poco de suerte, se lo podría colar a alguien.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Intermedio. El tendedero

En el tendedero había ropa secándose. También, en una percha, el abrigo que se aireaba. Decía orearse, pero aquello le parecía de pueblo. De pueblo que no se hacía, porque total para qué, como si fuse tan fácil librarse de los olores. Aquí huele a vaca, le había bisbiseado para que no le oyese el propietario que les quería alquilar aquel cuchitril infecto por una barbaridad; los abusos y los de pueblo, ya se sabe. Huele a vaca, o sea.

El mantel tenía viejas manchas de vino medio aclaradas, pero que ya eran huella indeleble de su pasado. Así son las cosas, que a veces los manteles se agarran unas manchas que no quieren soltar jamás, como para decir aquí hubo una botella de tempranillo de garrafa, por si acaso llegaba el tiempo de olvidarse de las garrafas, de los tempranillos y hasta de los manteles. Había pantalones y enaguas, calcetines y una camisola fresca y bonita, calzas, calzones, pinzas de madera, de plástico amarilleado, un trapo y una bayeta y un pantalón de chándal que se le había caído a la vecina. Y el abrigo oreándose.
A veces se veían cosas de colores, pero era muy raro fijarse. igual estaría aburrido, allí, como el abrigo que esperaba al fresco. Bueno, cosas de la colada.

Un día le preguntó y qué, ¿no sería mejor llevarlos a una lavandería?
Sería.

jueves, 15 de octubre de 2009

El frío en los calcetines

El atardecido traía, dejaba ese fresco, ese frío que, cuando venía acompañado de neblina, iluminaba el camino de vuelta, tanto césped, tanto césped, luce bonito pero qué frío. Esos fríos eran de amplio gabán, de bolsillos llenos de trozos de versos, agujeros y demás parafernalia del disfraz de artista, lamparón y librito breve.


En la otra orilla ha de hacer calorcito, pues anda que no se ha de estar bien allí. Pero quédate en lo que hay, que bastante tienes. Y ya llegará, como todo, a su tiempo. Bueno.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Los sueños (III): Si tuviese un lápiz rojo

A veces se repetía un poco, pero entonces se decía que la reiteración, en sus leves variaciones, también es relativa y titulaba con una apostilla al final, versión I, II, III siempre en números romanos y al estilo de los relojeros, usando el IIII en lugar del IV, los versos que pergeñaba. Y se quedaba tan ancho, claro está, que es como se queda uno cuando las musas le acarician. Las musas del arte, se entiende, que había mucho crápula y calavera por ahí.

Se veía reconociendo sus textos perdidos, las letras brillantes en la puerta de su Fundación, así, con mayúscula, claro, en su hogar natal, o mejor en alguna vivienda de dos pisos de por ahí, que su hogar natal era un piso interior con poca luz del extrarradio y tampoco era plan.

Las horas de la gloria, la púrpura de la victoria, aproximadamente.

Entonces se ponía estupendo y repasaba sus papeles. Si tuviese un lápiz rojo tacharía aquí, aquí y aquí, luego haría un gurruño con el papel y lo lanzaría a la papelera, con poca fortuna, claro está, porque el Señor no me llamo ni por el camino del deporte ni por el de las acrobacias de oficina como entretenimiento. Pero no tengo lápiz. Lo que no le evitaba reconocer sus errores.

Un buen verso. Eso era todo.
Lo demás, el artificio que tanto le gustaba.

jueves, 27 de agosto de 2009

Las horas tempranas (III). Dos.


Como tenía un despertar un tanto lento, cansino y, por qué no decirlo, perezoso, que le había dado algún que otro disgusto y le había procurado ciertas broncas de su jefe, se le ocurrió una idea un día que, como tantos otros, de un manotazo le dio al radiodespertador, lo mandó debajo de la cómoda y siguió allí, debajo, oscuro,
escondido dando la matraca sin piedad con el cuarto puesto o el octavo o vaya usted a saber qué puesto en la lista de éxitos musicales. Hubo de levantarse, rabiosa perdida a apagarlo y ni se puso las zapatillas, mitad por rabia mitad porque le solía gusta caminar descalza. El frío de la baldosa por la mañana la enrabietó aún más, pero por lo menos la espabiló lo suficiente como para darle un poco de ritmillo camino de la ducha, el café el bocadillo, el cigarrito, la línea del ojo, que a pocas no se lo saltaba dos de cada tres días, el bono del tranvía y el colorete, el dichoso colorete que se solía olvidar, que sustituía por unos pellizcos en los mofletes hasta que, ya en el trabajo, se poddía dar un poco en el servicio con la muestrita que solía llevar en su bolso. Y llegó a tiempo.

Con lo que pensó que aunque insólita, no sería mala idea dejar el reloj debajo de la cómoda para así obligarse a ponerse en pie, refrescarse las plantas y arrancar el día a toda velocodad.
Tanta velocidad, tanta velocidad, con lo bien que sabía una cocacola tranquila, tres minutos, seis, de cocacola tranquila, aunque fuese hablando con aquel tipo de la camisa vistosa.

sábado, 18 de julio de 2009

Los sueños (II) La segunda

Fue la curiosidad, primero.
Una cierta facilidad para las letras, unas buenas lecturas y algunos ejercicios de escritura. Las tardes que pasó en la Biblioteca, haciendo sus tareas, con buena letra, despacio, paciente, repitiendo tantas veces como fuese necesario. Al fondo, el humo de los habanos, su padre y sus compañeros hablando de tácticas y de escalas,
preparando operaciones y criticando a los alféreces provisionales, el fútbol y la política, los toros y Homero. Había uno que siempre hablaba de Homero. Todos le escuchaban y hasta algunos le entendían. Cuando comenzaba a oir hablar de Homero dejaba el cuaderno de las cuentas y escuchaba disimuladamente.
También estaba el diccionario aquel, gordo, viejo y dorado. Olía bien, olía a libro, olía a consulta, olía al que quiere saber y busca el saber. Una herramienta, pero qué herramienta.


Luego vino el servicio de armas, y le gustó y se quedó. Y un día se dijo que tenía que hacer algo.
Sus compañeros de promoción le veían ya dirigiendo alguna de las revistas militares, o en eso de las comunicaciones que hablan con los periodistas que hacen ahora estos tíos. A los civiles les solían llamar tíos. No a todos, ya nos entendemos.
Eso lo primero.

Pero un día probó que no, que lo que le gustaba no era la oportunidad que se le brindaba, enlace de las delegaciones para la República Federal Alemana en lo de los helicópteros, o hasta para Iberoamérica, que si vendía dos aviones, los demás caerían rodados y aquello había que contarlo muy, pero que muy bien.

Un día probó que disfrutaba como nunca contando cosas. Y contó unos datos estadísticos sobre el uso hospitalario que hacían los vecinos de la comarca al hospital de la otra provincia, y sobre el viaje de intercambio de los alumnos de la Granja-Escuela con un centro parecido que había a las afueras de Limoges, y un reportaje sobre las autoescuelas, en el que, además de criticar los precios y haber entrevistado a la tira de gente coló una dramatización muy divertida sobre una señora que había suspendido doce veces el práctico y que animaba a sus compañeros y se congratulaba de sus aprobados diciéndoles "la próxima, la apruebo yo".

Y ya tenía en la cabeza un reportaje sobre The Cure, que comenzaría con la canción Secrets, y unas lecturas del Conde Lucanor y soñaba un día que adaptaría, entre destino y destino, El sueño de una noche de San Juan. Y le pediría a alguno de sus viejos maestros que colaborase con aquella voz tan encantadora.

Anotó en uno de los márgenes de su agenda, debajo de lo de las prácticas "Th. C. Secrets" y "San Juan. Voces". También escribió, en rojo, "tiempo".

viernes, 10 de julio de 2009

Los sueños (I) La sencillez


La sencillez. Soñaba la sencillez.
Los pedidos, la bombona de gas para el grifo, los módulos, los dichosos módulos, decidir si si o si no, que la lavandería es un dineral, que lo resolvíamos todo poniendo manteles de papel y listo, pero eso es una gorrinada que hace de cafetería de autopista, que la tela es más cercana y a la gente le gusta más, saber si a la gente le gusta más, le gusta menos o le trae sin cuidado, e
l pedido de la carne que no llega y a ver qué ponemos hoy, el del aceite de la puerta, que me lo pone todo perdido, pero que me recuerda lo que me duele recordar y que con un cafetón largo y unos bollos resecos igual le he calmado las tripas por un día o hasta por dos, si merecería la pena echar el cierre y aquí paz y después gloria o si compensa sufrir por el negocio, estar algún día cansado, algún día enfadado, algún día tiriste algún día preocupado, bien pocos satisfecho, que esto es un no vivir.

Anda, descansamos un poco, que por un día no se hundirá el mundo.
Eso parecía, si.
Y daba otra vuelta más en la cama.
Pero, se decía, ¿y dónde encontrará el primer café? Y salía disparado, para ganarle al reloj los cinco minutos que se había tomado en prenda y llegaba jadeante a levantar la valla metálica. Anda, que se te han pegado las sábanas, pensaba que ya no venías. Deje, deje, que uno empieza el día con prisas y a partir de ahí, cuesta abajo y sin frenos.

Cling, cling.
La sencillez;
y se echaba el trapo sobre el hombro cuando veía salir a sus clientes.

jueves, 14 de mayo de 2009

Las piececitas (II)

¿Dónde estamos? se preguntó por un instante.
Y ahí seguían.


Tras la barra, capeando el temporal. Intentando leer el mensaje de las misteriosas burbujas de su cocacola. Mientras se escapan los versos en forma de manchurrones de tinta. Las ondas y los uniformes de trabajo, los bosques alemanes, un helicóptero, la residencia y una emisora pirata, la blanca melena de su viejo profesor, el rapado de su viejo mando. Las croquetas, los apuros, el tiempo, estamos bien, la colada que no hay que hacer porque hizo para que no la hiciera.
Y fuera, un café que sabe a calor, misericordia, una cierta pena y a amarguito y dulce a la vez, a aquellos tanques que en lugar de cañonazos disparaban chispas de la infancia bella, otros que andan por alli, si entro o no entro, lo de siempre. Bueno.


Un halo de invisibilidad. Y el aroma, claro, del café.

jueves, 5 de marzo de 2009

Las hogazas

Se había imaginado que aquel autocar llegaría con el aroma de la victoria, del triunfador, del que regresa a ver sus orígienes a reencontrarse con un tiempo que cambió el triunfo, la memoria de sus antiguos, de cuando la gente arraigaba y los brotes valientes seguían sus aventuras lejhos de allí.
Peor no olía nada. Si acaso al escai recalentado que recubría las paredes interiores del autobús y un cierto aroma a bocadillo de tortilla que ya se sabe que siempre es muy socorrido para resolver las hambres de los desplazamientos largos.
Era la primera vez que volvía desde su temprana marcha. Era la segunda ocasión, porque también estaba cuando volvió de hacer su servicio militar. Tras ver otro mundo, y con lo poco que había que hacer por allí, por los arlrededores, en la comarca, se decidió a buscar algo. Anduvo faenando en todo lo que le quisieron pagar, haciendo jornales con este y con el de más allá, y cuando juntó unos dursos, se preparó un hatillo y se fue en busca del porvenir, que por ahí delante andaba.
Como era de campo, en el servicio le pusieron de ayudante en las coci
nas. Él sabía cuándo se plantaban las patatas, cómo se mataba un pollo, ordeñar una vaca, ver las hojas malas de las berzas, pero en su vida había cocinado nada. Lo más cortar aros de chorizo para comerse entre pan. Pero donde manda patrón.


Y como no tenía mejor que hacer, se entretuvo todo aquel tiempo fijándose en los rudimentos de la cocina, probando las cosas y combinando los igredientes un poco de tapadillo, por no contravenir las ordenanzas, que si dece arroz con tomate es arroz con tomate, ni a la cubana ni tonterías. Pero como la merienda se la hacñian asu antojo, aprendió el secreto de los plátanos fritos, nuevos colores, como el de la carne dorada y el aroma de todas las plantas sabrosas.
Y cuando se marchó por segunda vez, se dijo que al menos, con dos chuscos, paciencia, un poco de tocino y agua, unas hierbicas y poco más, sacaría el vientre d epenas si las costuras se le deshilachaban. Y como no tenía nada mejor que hacer, buscó, rebscó, trabajó, ganó y gastó, se hizo su oficio y un día quiso volver acasa para contar que le iba moderadamente bien, que vivía en una casita con uno más de su trabajo, que tenís para su ropa, para sus gastos, para un periódico y para no tener que vivir ni del tiempo ni de nadie. El aroma de lo normal.

Lo que soñaban todos. Pero el autocar de la victoria era el autocar de lo normal.

Podía haberse pavoneado en el casino, podía haber fantaseado con su vida, podía haber repartido perfumes sintéticos, pero prefirió decir eso, está bien el aroma de lo normal. Y algunos envidiosos dijeron a sus espaldas ya te decía yo que éste no llegaría lejos, si ya se le ve la cara de botarate, espérate que aún le hemos de ver pidiéndonos ir a arar, pero otros pocos le reconocieron su sencillez. Cuando se tomaba un vermú al salir de la iglesia, la vio irse hacia el horno de pan. Y con el vaso en la mano la fue a saludar, porque antes se habían hablado. ¿Qué tal te va? Y fueron a por las barras modernas, que la hogaza es de pueblerino, y le contó. Estaría bien ir un día por ahí. Pues estaría, si. A ver. A ver.

viernes, 20 de febrero de 2009

Las horas tempranas (VI)


Soñaba por la mañana, pero también por las tardes y hasyta por las noches, cuando dormía, el sueño le las letras, de los abrigos raídos, los pintores modernos y las chicas de turbio can-can. Soñaba que ahorraba para rellenar su tintero, que recitaba frente a los académicos, que le vapuleaban los académicos, que mendigaba un café, que explicaba cómo le apedreaban los académicos y que le acababan invitando a comer pollo asado y patatas fritas con vino, poco, poco, que me mareo enseguida, que tenía admiradores, que tenía admiradoras, que fumaba en pipa, que le envolvía una bruma con bucles, misteriosa, como la melena de los poetas antiguos, los anaqueles, los libros viejos, la piel, el papel que huele cuando
huele bien, los del Ateneo que se lo disputan, él que los rechaza, el tumulto cuando presentó a aquel pintor agresivo y casquivano, prometedor, provinciano y bueno aunque incomprensible, toda la plaza lo comenta, como en tiempos el ágora, si, es aquél, ese que pasea por allí, pipa y bastón en mano, gabán y los botines gastados de tanto caminar, el atleta poeta le decía un envidioso de la tertulia aquella a la que terminó por no volver después de un día de discusión sobre si hay que volver atrás o ponerse orejeras y mirar sólo adelante, la mesa que voló, las copas de coñac y más de un cuaderno lleno de versos malos, malísimos, un aprendiz que le coge el gabán y sale tras él, que cuando llega a la altura del dueño del casino le tiende unos billetes y le dice, qué tropa, a lo que uno que miraba el espectáculo mientras bebía vermú con sifón replica qué gesto y sale completamente encampanado.
Soñaba que las revistas de provincias se rifaban sus versos, que tenía inéditos, que malvivía por la generosidad de algún mecenas un tanto patán pero bienintencionado, que comía frugalmente que vivía de los cafés con leches del Vienés donde se le ocurrían versos buenos mientras recordaba los dibujos de Victor Hugo, que enfermaba con regularidad, que tosía con esputos, que le sonaban los pulmones que una admiradora suspiraba cuando lo hacía y que en la flor de la juventud sus bronquios cedían y terminaba dejando un hueco en als artes que nadie se atrevería a reemplazar. En un viejo baúl, soñaba, encontrarían sus cuadernos y un viejo amigo ayudado por un académico honesto, que había dos, según creía, publicaría sus inéditos con ilustraciones del ya afamado pintor casquivano. Y lo comprarían con aspavientos las chicas del cancan, con devoción los seguidores, con disimulo los rivales, con rabia los competidores y con el desprecio de los que, con su inflamada vanidad son incapaces de admirar nada que no sean ellos mismos. Y una admiradora dejaría claveles sobre su tumba tras el frío invierno, musgo, humedad, telarañas y letras, muchas letras.

jueves, 12 de febrero de 2009

Las horas tempranas (V)

A las siete llegaba con unos túperes con las salsas hechas, a medio hacer, preparadas, la carne picada ya hecha en masa, las bolsas con los manteles, delantales, trapos, servilletas. Toca hacer pudin, de ese que tanto gusta y que es una forma barata, rentable de aprovechar los donus y los cruasanes que se quedan del día anterior. También de prepararle unos pocos, los que aún estén un poco tiernos al hombre de la persiana, que le recuerda a su padre y en el que ve cómo podría ser ella misma, como podrían terminar si al final las cosas terminaban de torcérseles. Pero se podrían enderezar. Antes de las siete, cuando él se creía que aún dormía, le pegaba un planchazo a los manteles, las servilletas, las cosas. Dejaba preparadas las lavadoras y, a días, iba pegándole una limpieza rápida a las ventanas, los baños, todo. Chica, parece que no manchemos, le decía él los domingos por la tarde cuando levantaban la casa para darle un baldeo. Así, en medio rato lo tenían todo resuelto. A veces hasta tenían tiempo de darse un paseo por ahí.

jueves, 5 de febrero de 2009

Las horas tempranas (IV)



El hombre invisible no madruga. Pero tampoco duerme.

viernes, 23 de enero de 2009

Las horas tempranas (III)

Estaba cuando le despertaba algún rayo del sol en los parques, o si lo había logrado eludir, un chaparrón en forma de riego por aspersores. Estaba cuando los días se empalmaban a las noches de absenta. Estaba en las veladas que comenzaban entre galeristas y que terminaban en desayuno de artistas. Estaba cuando despertaba las noches con canciones de borracho y cuando los borrachos le despertaban con sus canciones. Estaba el timbre del hogar, la ducha que mejor coger temprano y el café con leche y bollo de pan con mantequilla y mermelada que les ponían las monjitas. Estaba ahora la cafeterita de seis servicios, más que suficiente, una fruta que le refrescaba y la mesa lisa, blanca y vacía sobre la que desayunaba construyendo sus sueños.

Y en cuanto reúna tres duros, los sábados vendré a este bar a tomarme un café y un garrote mientras leo los suplementos de artes.

viernes, 16 de enero de 2009

Las horas tempranas (II)



De sus primeros años de cuartel, de los madrugones a bufidode corneta le quedó una curiosa costumbre. Se apuntaba en una agenda la hora exacta a la que se levantaba, y, de noche, a la que se iba a dormir. Aquello, evidentemente, no servía de nada, como todas las costumbres ociosas, pero le gustaba. Cuando repasaba, echaba cuentas mentales y se daba cuenta de cuánto había aprovechado del día.

Lo seguía haciendo.

jueves, 8 de enero de 2009

Las horas tempranas (I)

A las seis menos cuarto abría la persiana para entrar, corría con suavidad, muy fácilmente porque estaba bien, muy bien engrasada, hasta demasiado, no me eche usted tanta que se me va a ir el dinero en el tinte que tendré que pagarle a los clientes que se me arrimen mucho, y se metía dentro. Lo primero, el conmutador de luz y acto seguido, el agua caliente para la cafetera.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Mejor el lunes

El lunes, mejor venga el lunes.
Y anotó en el dietario que el lunes pasaría a verle eld e la lavandería. También tenía anotado que pasaría uno de una empresa de papeles que le ofrecía manteles, servilletas rollos de papel higiénico, toallitas suaves para las manos, jabón, lavavajillas, limpiacristales y demás enseres para los asuntos de la higiene del bar.
Uno que le quería instalar unas neveras nuevas y otro de aspecto un tanto siniestro que le había preguntado si había ido alguien más a ofrecerle la mercancia, en referencia a las máquinas tragaperras que él le ofrecía. Si es así, comuníquemelo. Yo mejoraré la oferta. Y ya me encargaré de los intrusos. Al decir "intrusos" se fijó en cómo levantaba la ceja al hablar y sintió eso: que se sobrecogía. Mire, sabe qué apsa, es que el ruido de las máquinas podría ser un poco molesto, y corrigió al ver cómo se elevaba la ceja de nuevo, quiero decir que pueden distraer a la gente que vendrá aquí a relajarse, con su café y sus cosas. Pero... ¿este es un bar de esos? Y marcó una profunda pausa al decir "esos".

Le gustaba el futbolín y el billar, pese a lo mal que jugaba. También las máquinas de milloncete, aunque le molestaba que las de ahora fuesen tan escandalosas. Pero aquello era de bar de vinos, no de cafetería reposada, así que nanay, nada de maquinitas. Y tragaperras mucho menos. Aunque la oferta fue tentadora...

Mientras ponía el café y la escuchaba en la cocina echaba cuentas de recibos pendientes, gastos previstos, consumos por días y márgenes cada vez más reducidos. Y no daba ni para una lavandería, ni para una cocacola de más. Se figuraba que cada cual tendría lo suyo, pero ese consuelo no le bastaba, porque de eso no se come ni se mantiene derecho el bar. El suegro le aconsejaba cuando le hacía los módulos y hasta le había puesto en contacto con un amigo suyo que teníauna bodega y que le arreglaba todo lo que podía los precios de los licores, el vino a granel y un champán muy nuevo que le salía por dos duros. Tú no te apures, hombre, que estáis en buen sitio y si eres paciente, esto sale adelante, que lo se yo. Pero se apuraba, claro.
Pese a ello, se había armado de valor y se había decidido. Que sea lo que tenga que ser, había confeccionado el cartel con un rotulador de trazo imponente y estaba disèsto a darle la sorpresade colgarlo en cuanto echasen la persiana esa noche. Y ahora, la cocacola lo había salpicado.
Cuando lo viese, se preguntaría si eso era un presagio, un aviso misterioso, un pasito torpe o, simplemente un accidente tonto tan fácil de rectificar como repetirlo en otro papel. Oye, le diría, mira se me ocurrio y lo hice. Iba a ser una sorpresa, pero ya que he de repetirlo, te la digo a ver cómo lo ves. Y lo verían. Pero eso sería más tarde, claro.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Fumar



-¿Te he contado cuando dejé de fumar?
Y no, no se lo había contado.
Lo peor fue que lo hizo.

No sabía si dormiría mal por tanta cocacola, por los nervios o qué. Pero le daba lo mismo.
Y oír cosas distintas también estaba bien.
Un trago.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Las piececitas (I)


El ruido de la pluma al estrellarse contra el suelo le sacó de sus ensoñaciones. Y siguió andando y no pudo evitar que se le escapase una risa un tanto idiota.
Todo estaba servido, bastante lleno y en orden. Al menos eso le hacía sonreir.
Eso siempre lo decimos mal: nos sentamos a la mesa, pero no en la mesa. Cuando le preguntan dice que es funcionario. ¿Por qué le habré dado mal mi número?
Aquí la gente no es de comer fuera, le respondía, hace demasiado frío, en sus casas comen a gusto, son buenos cocineros, es diferente, nos hemos de acomodar a su estilo. Y fue una equivocación.
Al pie de los perfiles de la persiana se acumulaban un par de manchitas frescas de la grasa. Y los noños, el chavalerío que no podía salir de allí, descubriría que su voz, silenciada era tan poderosa como las demás.
"Te imagino. Apoyo mi mano en ti. Duermo en tu calor".
Los martes llegaba la furgoneta de la lavandería. El primer lunes después del primer tostón de los módulos le llevó un tanque de juguete.
Mi suerte cambia. Un café, soñó su paladar, pero ni tuvo tiempo de pensarlo.
Fijó en ella su atención por un instante y decubrió como sin entender nada lo entendía todo. Estaba distraída y ya no atendía a los números.
Por un segundo, tal vez por primera vez ese día, descubrió un lugar acogedor. Y yo, poco puedo hacer, escucharles y decirles que bueno, vale. Al dar un sorbo al café volvió a estar allí.
-Nada, no es nada -dijo retirando la mano, como si ocultando la quemadura en el índice se curase de golpe.
Una vez le dijeron que tenía aspecto de poeta, pero es que no se había peinado. Entonces, pensé, esta gente nos necesita. En mitad de lo que fuese, le daba un arrebato y lo dejaba todo para darle salida. Pero nadie le veía.
Un buen verso merece un trago de absenta, soltó en una verborreica velada entre poetastros. La tinta azul era azul negra. Seguía cavilando, en efecto, mientras los hielos se deshacían en su cocacola. Así que sacaba otra y vuelta a empezar. Recordaba que cuando leía el periódico con su padre, en tiempos de las olimpidas, siempre le decía fíjate, Alemania gana otra medalla en la gimnasia.
El verano sienta mal a los poetas se decía el voluntarioso letraherido mientras se iba olvidando de lo que creía buenas ideas. Chico, pero habrá que hacerlo, ¿no te parece? Y merendaba un dulce y leche o leche y pan o queso y leche. El hambre de los poetastros también se ha de apaciguar aunque sea a base de embutidos.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Si fallaba


Claro, que podía fallar lo de Alemania.

Y entonces le tocaría o volver a solicitar destino y entonces perdería el curso, o quedarse a la expectativa. Y tururú a lo de Comandante Interventor.

Y luego lo de las prácticas. Que si que vale, pero que había que hacerlas. Y entrar y salir, y siempre disimular, por si acaso, que nunca se sabe quién te mira por el callejón. Siempre lo mismo. La puerta, uno que está medio apoyado en un árbol, no pasa nada, está pelando la pava con una, no hay más puertas, una mesa desde donde poder ver toda la sala, o al menos controlar los movimientos, caminos distintos, el coche en lugar visible, los bajos, el autobús, cerca de la puerta.


Y si fallaba, pues a ver qué hacía. Decían que si salía lo de los helicópteros, a Francia mandarían a unos cuantos. Y que no llevarían agregados civiles sino abogados militares para lo de los contratos, el papeleo para regular el estatus de trabajadores en el extranjero, las cosas de los pagos y las ayudas europeas. Papeles y más papeles. Eso sería un paso atrás, ahora que estaba con la cabeza en el estudio de radio, pero con los incentivos y los complementos de destino en el extranjero le resolvían la matrícula de largo. Aunque tuviese que perder un curso. Eso si, de francés ni papa, pero todo sería ponerse.


Se le fue la mente un momento.


Y los folios eran solo papeles con garabatitos. Y la agenda. Y no había ni Don Ángel ni matrícula, ni cuartel ni libros, ni micrófonos ni café, ni hojas de papel calco para escribir por triplicado las continuidades ni orden del día.
También se estaba bien con la mente en blanco. Como los manteles recién planchados. Como el azúcar de las mantecadas, como la hoja del verso de la duda, como la ausencia invisible, como la esperanza vista de lejos, como los tranvías que se escapan o que llegan.
Se estaba bien, si. Y el invierno.