Ayer, para reposar, la sobremesa, tal, El Álamo. David Crockett y toda la tropa de aguerridos tejanos y amigos, pegando tiros por doquier contra el ejército de Santana, oye cómo va, ay no, que ese era otro, lo cual que tuve un mal momento de bostezos hasta que big Jack empezó con lo suyo. Al pobre Wayne la gente le tenía tanta manía, un poco más que a Ford. Decían que era un carcamal y un derechón, los adoradores de la nouvelle vague. Hasta que con el tiempo se le ha reconocidoal director irlandes, soy John Ford y hago westerns, que ha sido el mejor. Y su amigo/enemigo Wayne filmó este pedazo de película de héroes y desgraciados, de gloria y de derrota, del Olimpo de los valientes, épica pura, cine del bueno.
lunes, 21 de mayo de 2012
A la carga
Ayer, para reposar, la sobremesa, tal, El Álamo. David Crockett y toda la tropa de aguerridos tejanos y amigos, pegando tiros por doquier contra el ejército de Santana, oye cómo va, ay no, que ese era otro, lo cual que tuve un mal momento de bostezos hasta que big Jack empezó con lo suyo. Al pobre Wayne la gente le tenía tanta manía, un poco más que a Ford. Decían que era un carcamal y un derechón, los adoradores de la nouvelle vague. Hasta que con el tiempo se le ha reconocidoal director irlandes, soy John Ford y hago westerns, que ha sido el mejor. Y su amigo/enemigo Wayne filmó este pedazo de película de héroes y desgraciados, de gloria y de derrota, del Olimpo de los valientes, épica pura, cine del bueno.
jueves, 7 de octubre de 2010
El tutit
Lo mejor es el tutit. El tututit . Que luego un cachondo se lo pone y cuando vas en el autobús y le oyes como le suena, te tiras al suelo, las manos en la nuca, el libro de Umbral por lo aires, pisas a la gorda y en lugar de Bauer tiroteando chinos, es uno de Alcorcón al que le la ha llamado la novia a ver si se ha ido de cañas con la secretaria esa lagartona cortifalda y larguimusla. Suena a descripción taurina, con perdón. Pero es que es así, y el otro, que qué más quisiera yo que irme de cañas y zamparme unos calamares en lugar de ir en el autobçus. Y la churri que ya está bien claro, que él, con tal de arrimarse a la secretaria, que no, que no me ha sentendido, que digo lo de la caña, pero solo, ah, si, ¿a mi ya no quieres ni verme? no, reina mía, contigo siempre y los sudores que le va a terminar dando calambre con la batería del móvil que seguro que ha de hacer arco eléctrico con ese pedazo de chapón macarra del cinturón de los chinos imitación Armani Jeans. Qué horterada los chapones de los cinturones, por cierto.Lo cual que la gorda que se queja, el libro se arruga, me duele una rótula del golpe y el boboBauer sigue sudando las de Caín. Pero el tuti me mola.
Luego también está que al tío, a Bauer, digo, le meten una somanta de palos en cada capítulo de aquí te espero y él, con cara de aquí me las den todas, resistiendo como un campeón. Que le persiguen rusos malos, chinos rojos, moros musulmanes y traidores por un tubo. Y él, con el pinganillo del telefonín, tutut, su colega Almeida y la chunga de la novia, que a mi nunca me pareció de fiar y poco más, hala, todo el día desactivando bombas nucleares, que cuando arriva a casa -esto creo que ya lo puse- se ha de estar dándole a las manchas de sangre y de grasa y de estroncio 90 antes de echarle el Bipexprés para seguir siempre tan limpio y elegante.
Lo mismo que el del autobús.
Y la hija. La hija de Bauer. Que menos mal que el de los calamares y la secretaria no la tiene presente cuando le habla la santa, porque se llevaba dos tortas y sin despeinarse. La nena estupensa, pero gafe como ella sola, que le matan a la madre, a la madrastra, la secuestran le matan también al novio traidor y hasta a uno que le vendió un perrito caliente, que al que se arrima, a tocar el arpa y que sólo de escribirlo me está dando un calambre en el antebrazo, así que lo dejo, la tía. Joé.
Pues eso, Bauer vuelve, tutut, tututit. A ver si, con un poco de suerte, esta vez no ponen los episodios de cuatro en cuatro.
viernes, 25 de junio de 2010
El dandi (II)
Esto uno lo descubre o a través del análisis estético, que sería la parte exógena, por decirlo de algún modo, o a través de la experiencia propia, que sería, lógicamente, la endógena. Claro, esta segunda sólo es valorable si el individuo en cuestión la ha vivido siquiera colateralmente, o en derredor, que es palabro más bello. Así, al que no ha sentido, siquiera por un minuto, la pasión de la pelota, pues poco puede valorar ese asunto. Y ahora paso a explicarme.
Lo otro estaba claro, desde la gorra de Zamora a las medias de Arconada, pasando por el negro de Yaschine y hasta por la camiseta verde aquella de desharrapado del calvorota Artola. Un tío que se llama Artola ha de ser o portero desgarbado, o estudioso de la historia o compañero de pupitre. ¿Quién ha comenzado la guerra de tizas? Artola, a ver si no. Y hala, Artola de cara a la pared, que de tanto estar por ahí, o le coge afición a la antigüedad o al balompié, si es que desde allí se atisba el patio.
A mi me gustaba jugar de portero por la quietud, me parece. O sea, porque había que correr poco. Correr es una vulgaridad, esto también está claro. Un caballero no corre, si acaso, envía emisarios mientras se prepara los gintonics. Bueno, mientras se prepara para tomárselos el ratico que la fámula se toma para ir mezclándolos. Pero correr, no señor. Luego todos los niños con los pelos como pollos y con olor a zorrillo, no, no, no, jamás levantar los dos pies del suelo al mismo tiempo. Esa máxima debería llevarla grabada con letras de oro todo aquel que se precie de un cierto estilo, por cochambroso que sea.
El portero no suda, si acaso por los nervios. Y si suda porque ha de saltar demasiado, siempre puede culpar a su defensa con la frase mágica: es que me dejáis solo. El portero elegante siempre se precia de tener compañía, mayormente buena, o sea. Un buen central a tiempo es tu seguridad.
Conduje mi escasa afición al asunto a través de los tres palos, hasta que me atrapó la red del aburrimiento. Con el balón en los pies no me movía con excesiva facilidad. Sin embargo, mi probada puntería, sobre todo con un whisky y unos dardos de por medio, me facilitaba lo de poner el balón en buen lugar de un patadón. Luego, mi agilidad felina, unida al poco amor a la temeridad, me hacía ser relativamente seguro en el despeje por alto. Pero ya arrebatado por mi protodandismo, aún sin saberlo, quedé absolutamente descartado como portero por lo que aquellos botarates consideraban un irreparable defecto, que demuestra su escasez de miras y su poco tino en lo que a asuntos de caballeros respecta: yo no me tiraba al suelo.
Otra cosa hubiese sido de haber jugado mis partidos en la mullida Escocia o en la blandita Holanda, con pastos como cojines de plumas de oca. Pero claro, pegarse barrigazos en secarrales ibéricos, pues no, ni pensarlo. ¿Pero tío, cómo no has saltado para pararlo? me recriminaban cuando recogía el balón de las redes. Y yo, con la dignidad del derrotado injustamente -la derrota injusta es elegancia- les decía "yo no me tiro al suelo". Rodilleras, guantes, coderas, lo que hiciese falta. Pero el suelo es para las lombrices y para las baldosas. Y yo no soy ni lo uno ni lo otro. Quien se quiera arrastrar, que lo haga, pero que no levante mucho polvo, por favor.
Cuestión: que si los balones iban por alto, fenomenal, pero ay, a la que raseaban, pues adentro que se iban.
Una vez en un partido de padres, reforzaron los dos equipos poniendonos a dos hijos en sendas poterías. un balón plantado que iba a chutar un padre defensor bastante malo y con los calcetines caídos. Lo dejo colocado y me aparto para que pueda darse una buena carrerilla, de modo que me sitúo junto al palo por la parte exterior. La cuestión es que, en un arrebato de churrigueresca filigrana semibrasileña, el defensa zarrapastroso hace un amago un tanto tonto y le da un taconazo al balón a modo de pase, pero hacia atrás. Yo, que estoy mirando al horizonte, en plan Iribar, con ínfulas de mariscal de campo, que veo como, zas, la pelota rueda indolente sin que ninguno podamos hacer nada, hasta el fondo de la red. Antonio, el torpe, se enfada y me dice que cómo no la he pillado. Jo, yo estaba dejándote espacio para chutar, ¿a qué venía ese amago? A gol en propia puerta y a choteo fino. Con esas canillas y los calcetines granates bajados no se puede ir bailando con la chica de Ipanema. Amarramos como pudimos y quedamos tres a tres, pero salimos vivos Marcos, el otro porterillo y yo, porque los bestias de los jugadores metían cada zambombazo de mucho cuidado. No me tiré al suelo ni una vez.
Aquello estuvo a punto de terminar con una carrera que nunca despegó en realidad. Lo más cerca que estuve del dandismo futbolístico fue una mañana de sábado en la que me llevaron a ver un traje de portero que tenía la hija de María Vila, una señora que tenía una butic de pueblo. La madre le había puesto a la hija y al juanlanas del yerno una tienda de deportes en la misma calle. Todo costaba un Potosí, pero como ya tenía clientela, enviaba al personal a la otyra y, claro, por no hacer un feo, pues iba tirando, pero me arece que tiró poco. Yo estaba en lo de la camiseta verde y el pantalón negro, pero el juanlanas sacó una camiseta verde fosforescente, lo que ahora seía un pistacho subido, y unos pantalones rojos chillones y acolchados. A mi, eso de que fuesen acolchados me sonó a nenaza. Y lo de verde y rojo me crujía. Esto lo llevan mucho los porteros alemanes. Joer, un crac del mercadeo, el juanlanas. Me parece que tuve que probármelo, pero con el morro torcido. Como siempre he sido mayormente cabezón, se me vió que yo aquello no me lo iba a poner ni hatro de vino, así que, viendo la de duros que suponía la tontería, pues allí se quedó con algún cuento chino como excusa: a ver qué uniforme le piden, o algo.
Yo creo que ahí se quedó la cosa. Con el chavalerío, por pereza y poca habilidad, seguía de portero, a falta de alguno mejor. Eso si, siempre impecable, pero circunstancial. Y así siguió, más o menos, hasta que se me cruzó un amigo lo suficientemente desnortado para saltar como un gamo y retorcerse como una croqueta en busca del balón. En el lodazal encroquetado culminó mi gloriosa singladura como porterillo desganado. Como el croquetense era amigo, decidí reconvertirme a lo único que puede aspirar un dandi de mármol en el terreno de juego. Así comenzó mi legendaria trayectoria como central leñero.
Corta pero dolorosa, lo aviso.
martes, 26 de enero de 2010
De nuevo
Comenzar de nuevo el viaje.Dice: ¿Y ya estábais preparados? y contesta: si, ya estábamos preparados.
El fotógrafo fotografía -claro- al patinador del patinete que pasa patinando -claro- junto a él. Ni le mira. No mira, sólo pasa cerca de los paseantes que, probablemente, quedarán difuminados en las estampas, las sombras de la luz.
Hay una bandera descolorida del Tíbet.
El paragüas, pañuelo de los ángeles tristes.
Dice: Y entonces preparábamos las tiendas. Y contesta: claro, así si que se puede.
Los de colorines son bonitos.
Buscaba, busco el Rastro de Ramón. Pero hoy tampoco llueve.
Dice: Mira, yo ya me he hartado de reclamar para que no me hagan ni caso Y contesta: si es que todos esos son iguales, si yo te contase.
Y no se si le contará o no.
De viajes.
sábado, 9 de enero de 2010
La revolución en los calcetines
Calcetines y jerseis del mismo color. ¿Negro? ¿Azul marino? Bueno, también. Rojo, verde, hasta naranja, eso era lo complicado, lo osado, lo atrevido, lo divertido. La chica de lacia melena negra que le levantaba los pantalones para verle los tobillos. ¿Hoy? Si, aivá, sorpresa, hoy también los llevas igual. Y así todos los días.
Y pasaba el tiempo.
Y pasó.
Los calcetinbes blancos son imperdonables.Y levantar un pinrel cuando hacen la foto, cursi hasta la lipotimia.
Un día surgió la vocación de snob. Pero si uno no fuma en pipa, las cosas se complican. Las casacas rojas de los ejércitos coloniales, la lectura de los diarios vespertinos, póngame la copa de siempre, un whisky con poco hielo, y déjela junto a mi sillón, en la sala de lectura del club, el corbatín o la pajarita, según fuese invierno o verano, los botines de charol, no, mejor las botas de cuerdas, recuerdo de la gloria imperial. Todo se complica.
Los calcetines de colores. De rayas, de colores chillones. Soberbio en la vestimenta, eclosión en los calcetines, que casi nunca se ven, sólo al cruzar las piernas para pensarse muy bien las respuestas. ¿Te escribes las respuestas?, le preguntó una vez la rubita. Si, y a veces hasta te escribo las preguntas. Pero no le entendió.
Luego resultó más fácil encontrarlos, porque todo se envilece, pero la cosa no estaba en el qué ni en el dónde, sino en el cómo.
Y si me apuran, en el desde cuándo.
jueves, 26 de noviembre de 2009
Doble o nada
Creo que se llama Frank, pero no me acuerdo bien, porque suelo ser un tanto despistado para este tipo de detalles. Los domingos, el solecito, ya se sabe, se sienta en la terraza y come algo, se toma un copazo y, mayormente, un flan.
Allí solemos tomar un refresco, la cervecita, la prensa, el sol, ya digo, a la salida de Misa. Para cuando llegamos ya siele estar la señora quella de las gafas de moscón, que sonríe a Frank cuando llega. Frank se acerca, con esa cortesía de los navegantes británicos, piratas o no, que eso, para la elegancia, es lo de menos, y la saluda en un castellano de Doña Croqueta. ¿Está bien hoy, señora? Y la otra le dice que si. En aras del espacio y de la amistad, podían sentarse juntos, digo yo, pero creo que él es silencioso y la otra a veces habla sola, que cada cuál se entretiene como le da la gana y eso está muy bien.
Frank, creo que se llama así, suele ir en mangas de camisa, pero bien. Camisas claras, de cuadritos, manga corta o larga según toque el aire, que como la terraza hace esquina, a veces sopla muy traicionero. Y la cerveza sabe especialmente fría, lo cual suele gustar bastante. Frank lleva pantalones finos, a veces de chándal, pero vestidos con mucha dignidad. Frank también tiene aspecto de navegante sin barco, de viejo sin mar, pero viejo a mi no me gusta, así que le llamaremos abuelo. Abuelo sin mar. Cabellos blancos que han debido de ser rubios, ojos claros y una mandíbula fuerte, tiene buena pinta. Lleva gorra, una gorra ciclista del CSC, aquél equipo de cuando Carlos Sastre y hasta Jalabert, el bueno, qué maillots más bonitos. A mi la marca nunca me caló, pero me gustaba su diseño, qué tontería.
A veces come un bocadillito, a veces se atiza un combinado que se sale del plato, una copita de vino, un copazo de coñac y saborea especialmente veloz los flanes de la casa. La camarera que tiene los ojos redondos le sonríe de oreja a oreja, hola Frank, o como se llame, que no me acuerdo seguro, ¿qué tomarás hoy? Y él, según, pide un bocadillo o le señala la foto del plato combinado que se sale del plato. Hoy éste. Pasa Jorge, el de la Parroquia, con la pata chula y le decimos adiós. Pasa la mamá del monaguillo, mira, ahí va Manolón de los periódicos, el guarro ese que va con una iguana en el hombro, el actor ese tan feo que gusta tanto a las chicas, vecinas, hola qué tal, pues aquí echando el rato, la prensa, ¿anda, qué te ha pasado? pues ya ves, mala pta, y nunca mejor dicho, jaja, ya ves tú qué gracia, cuánto pan compramos, si quieres, con la pelota por aquí, pero a los coches ni te acerques, el del pan, que a mi me recuerda a uno de las pelis de Walt Disney que también se parece al abuelo Gilmore, tres jevis antiguos, tanto, tanto que uno lleva una camiseta de Status Quo, varios perros más bien feos, un mariquita que pasea perros feos y un dálmata bonito que ya se los podía comer a todos. Si hay feria hay más lío, pero en sustancia, es lo mismo, no se si me explico.
Luego llega el viento frío y ya no compensa tomarse el aperitivo al raso, así que ya veremos cómo lo arreglamos.
Frank con bufanda. Y con abrigo marinero. Me la juego doble o nada.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Ya volvíamos
Ya volvíamos. Teníamos que pasarnos por el Navarro para comprar esqueletos y verduras para preparar un caldo. Pides un esqueleto y te miran con cara rara. Una carcasa, digo. Ah, vale. Veo al salir a una abuela. Cuando nos la vamos a cruzar se acerca y nos comienza a hablar. Anda un poco despistada. Se quién es.
La tarde, el paseo, que ha ido a comprar unas bolsas, nos las enseña, para ella y para su hermana, pues me parece que con tanto andar me he despistado un poco. Señora, ¿quiere que la acompañemos a su casa? Ella no me reconoce, pero yo se que es la señora de su cariñito, que vive al lado de la farmacia del Caracortada, donde el Tonino.
Pues es que yo vivo en Carlos I y con tanto andar me he despistado un poco. Lleva la cachava y las bolsas. Ande, señora, vamos que nos va de camino. Se cambia la cachava de mano y se me agarra del brazo. Y nos comienza a contar.
Es que he ido a comprar unas bolsas, mire, mire, y nos las vuelve a enseñar, para mi hermana y para mi. Me han costado diez duros, pues son muy bonitas, señora, de flores, y parecen muy resistentes. Pues si, me apañan. Pues ahora no hay que cargarlas mucho, que luego no hay quien las levante. Bueno, para mi sola, un litro de leche y alguna cosa más, no se crea. Es que hace dos años se me murió mi cariñito. Estuvimos casados más de... más de sesenta años. Porque el trabajaba en la Moritz, ya sabe y mire, nunca tuvimos lujos pero siempre hemos dicho que había que ahorrar por si uno lo necesitaba. Ahora ya no llora cuando habla de su cariñito.
Vaya, pues si que me fui lejos. Ahora si que se dónde estamos. He llegado hasta el puente de Marina. Llevamos andando media manzana. Es que yo vivo en Carlos I, ¿saben? Nena, ¿has visto qué bolsas he comprado. Y me suelta del brazo para enseñárselas. En un momento que ella no nos ve nos pasamos el mismo gesto, un tanto clandestino, ya sabemos. Pero yo no quiero molestarles, que ustedes tendrán cosas que hacer. No se preocupe, dice ella, que no es molestia. Si, además, ahora lo que teníamos que hacer era dar un paseo, así que no se preocupe. Tira de mi brazo y seguimos andando.
Pues mi cariñito trabajó en la Moritz, en la calle Casanovas y vivíamos en la calle de los Talleres. Pero luego le compramos el piso a un conocido que vivía en Carlos I y nos vinimos. Y le íbamos pagando a pocos, que íbamos a pagarle y nos decía, pero mujer, no se apure, pero mi cariñito y yo queríamos pagarlo para no preocuparnos, porque mi cariñito trabajaba en la Moritz de la calle Casanovas, ¿saben? Y siempre nos gustó guardar un poquito por si hacía falta. Pues eso está muy bien, señora y más en los tiempos que corren. Mire, en... sesenta años mi cariñito y yo nunca nos faltamos al respeto mi cariñito y yo, y enfatiza levantando la mano, como cuando los indios saludan a tramperos como Daniel Boone. Se le entristece un poco el gesto. Y es que hay que ver, con las cosas que pasan ahora, con tantas mujeres que las matan. Pues si, señora, un desastre. ¿Y ustedes conocen esta zona? Pues si, señora. Y yo la conozco a usted. Me mira con cierta sorpresa. Usted y yo nos hemos visto en el Chatico, cuando come con su sobrino, que un día nos lo contó. Ah, si, ese sitio me gusta mucho Mire, viene mi sobrino y vamos a comer y comemos allí los tres, porque nos gusta como hemos guardado toda la vida un poco, pues ahora podemos hacerlo. Y yo le digo ¿a quién toca pagar hoy? Y él me dice a ti. Porque a mi me gusta pagar también algunas veces, que mi cariñito y yo siempre guardamos un poquito por si un día lo necesitas, que él trabajaba en la Moritz, en la calle Casanovas y nunca nos faltamos al respeto en... sesenta años que estuvimos casados, hasta que hace dos años se me murió el pobrecito. Porque yo tenía la comida hecha para cuando llegaba a casa, que desde la cinco imagínese cómo venía. Y me da un tirón del brazo para que nos paremos. Resulta que una vez, era verano y me levantaba para prepararle el bocadillo, en la calle de los Talleres, no se si sabrán ustedes dónde está. Pues él se marchó y en éstas que me doy cuenta de que se había olvidado el bocadillo, así que, ¿qué hice?, pues salir corriendo tal y como estaba, en camisón por las escaleras y me fui corriendo detrás, porque vivíamos en la calle de los Talleres, Jovellanos, y le seguí por Valdonzella hasta que le alcancé. Mujer, pero mira cómo has bajado, pero como era verano y hacía calor, ni me di cuenta, que eran las cinco pero ya era de día, y me había bajado en camisón, no se si sabrán por dónde está. Si, de hecho, trabajamos pro allí cerca, señora. Pues me dijo que no hacía falta tanto correr, que ya se habría comprado el bocadillo en el bar, pero fíjese, yo allí en camisón, y se ríe con timidez picarona, que porque era verano y eran las cinco. Yo vivo por aquí, ahora ya me oriento, si. ¿Y usted también va al Chatico? Pues si, señora, de eso nos conocemos, que un día estaba con su sobrino y su mujer y estuvimos hablando un poco mientras tomábamos los cafés. A, si, a mi es que me gusta tomarme un cafetito al terminar de comer. Pues eso está muy bien, señora, y nos contó que usted vivía donde la farmacia. La del Caracortada, pero eso no le digo. ¡Eso!, ahí es donde vivo, al lado. Porque me gusta ir a comer al Chatico, que le pregunto a mi sobrino, ¿hoy a quién le toca pagar? a ti, tía, porque a mi también me gusta pagar unas veces, que como mi cariñito y yo guardábamos pro si nos hacía falta, ahora podemos hacer estas cosas. Lo que no se es cómo se llama usted, señora. Ay, pues te vas a reír, me dice y parece que alarga un poco el misteriod e su nombre. Verás, yo me llamo, y me da su nombre completo. Nati, así que el mismo día celebraba mi onomástica, mi cumpleaños y el aniversario de mi boda con mi cariñito. Oiga, pues me parece un nombre muy bonito y me parece más aún haber nacido el día de la Navidad. A ver, tenía veintiséis años cuando nos casamos, vinimos aquí y estuvimos sesenta años, o sea que yo tengo ochenta y seis. Pero eso no lo cuente, señora, no diga la edad, y sonríe algo presumida. Yo soy de un pueblo de Zamora y mi cariñito era asturiano. A mi cariñito le gustaba mucho viajar, que hemos recorrido muchos sitios, porque él era de Asturias y yo soy de Zamora, y se ríe. Eso también nos lo explicó cuando el café.
Nene, ¿vienes del trabajo ahora? Si Yaya. Ah, muy bien. ¿Y has comido? Si Yaya, como en el trabajo, Así ahora tengo la tarde libre. Ah, pues eso está muy bien. Hoy he comido judías con chorizo. Mira, qué buenas. Y pocos minutos después, vuelta a empezar. Y ahora, Nene ¿vas a trabajar? No Yaya, ya he terminado. Ah, ¿y vas a comer? Ya he comido Yaya, en el trabajo. ¡Mira qué bien! He comido judías con chorizo. Ah, qué buenas. ¿Y ahora has de volver a trabajar? No Yaya, ya no, como ya he comido, me queda toda la tarde libre. Pues eso está muy bien, Nene, oye. Así, poco a poco se iba desconectando. A esa señora le está pasando lo mismo.
Pues mire, yo vivo aquí, en Carlos I, un poco más adelante, ustedes no se preocupen, que ahora ya estoy orientada y ya puedo llegar. Me da un poco de miedo que se vuelva a despistar, pero tampoco que se sienta aún más desvalida. Mire, le digo, nosotros vamos al supermercado, así que, si le parece bien, vamos con usted hasta allí, y le señalo su manzana, la ayudo a cruzar la calle -porque de la vista tampoco anda muy fina- y nosotros ya nos marchamos, ¿quiere? Bueno, muy bien. Oiga, nos dice así que nos hemos visto en el Chatico. Pues si señora. Pues a ver si nos volvemos a ver allí. Bueno, yo hace un tiempo que no voy, pero si, nos veremos por allí, claro. Es que con este despiste, me he ido allí tan lejos a comprar estas bolsas, y nos vuelve a enseñar las bolsas de flores fucsias y rosas, diez duros me han costado, que me he confundido. Nena, ¿has visto qué bien van estas bolsas? Si, si. Ya podemos cruzar, ¿no? Y cruzamos.
Pues en el Chatico nos vemos, porque voy allí con mi sobrino a veces y un día paga él y otro día pago yo. A ver si nos vemos. Señora, mire lo que haremos: un día que nos veamos en el Chatico o por ahí, nos vamos a tomar un café, si le parece. Venga, y se pone contenta. Nena, le tiende el brazo con el que no me tiene cogido, muchas gracias, y le da dos besos, por su ayuda que le she molestado este rato. y entonces me da otros dos a mi. Señora, ahora a cenar un poquito y a descansar, que ha estado dando un paseo muy largo, ¿vale? Pues bueno, si, o si no veré un poco la tele. Bueno, también, pero a dormir un poco, que ha sido un gran paseo. Bueno, si, porque en la tele no echarán nada, así que si no duermo, al menos descanso. Hala, hasta otro día. Adiós. Adiós.
Vamos al Navarro. Mientras compramos esqueletos -carcasas-, carnes y verduras le cuento. Otro día, el café.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Los botones
Viste una camisa azul oscura con líneas blancas, no muy finas, veraniega, elegantemente informal. Esto, así dicho, no se ve que combine, pero puesto, le queda bien. Lo lleva muy bien llevado, o sea, pese a que ya camina un poco encorvado, se le marca el traje en la espalda, se le nota la tira de la camiseta, una buena camisa si sin camiseta, no no, y menos en verano, pero mejor que no se note, claro; se mueve pausado y eso siempre es elegante, lo que al final hace lucir. El puño del traje.
Ella, vestido veraniego, de un estanpado que le lleva de las olas de Nolde a un cielo fauve. Collares de esos de ahora, baratijas que se venden caras, que resultan modernas y un tanto pintorescas. Las sabe llevar muy bien.
En algún momento la da la mano o la alcanza el bolso o le coge el brazo y entonces veo los tres botones de su puño. Un nácar clásico, marrones moteados. Pero el del medio de los tres es otro. Se les parece pero no es. Esto es que el comercial de brochas, por decir de algo, un día se lo enganchó y, hala, adiós botón. O al guardarlo en el armario pilló el puño en la puerta y lo partió, que eso a mi me ha pasado unas cuantas veces. Y ahora qué. Mañana he de ponerme esa americana. Y los dos, a buscar en el costurero un botón hermano, primo, o al menos pariente de los otros dos, que de el pego para poder salir del paso adecuadamente. Bueno, para mañana con este valdrá. Y el sábado ya iremos a la mercería esa del centro donde tienen de todo y buscamos uno igual. O cambiamos los seis. También.
Pero al final ahí se queda. El botón pegado, el traje que pierde sutil su color y la espalda que se va encorvando. Me da la paz. Su mano es firme. Tiene cara de buena persona.
miércoles, 16 de septiembre de 2009
Jan y la galleta
El pequeño Jan se sentó la mar de formalito. A su lado, su mamá y su hermanito, aún más pequeño, lo que tampoco es tan sencillo, porque Jan es un buen peque. Su mamá le pregunta por el cole.
Jan es rubio, lleva unas zapatillas deportivas de esas de cordones de mentirijillas, una camiseta de Espíderman y un paraguas de Espíderman. Seguramente llevará una mochila, pero no la veo. La debe de llevar su mamá entre el otro peque y las cestas y las cosas, no se.
Lloraba. ¿llorabas? Lloraba. Pero, ¿has estado todo el día llorando? Si, mama. A ver la lengua, interrumpe su madre. Saca la lengua como hacen los críos, o sea, con alegría, toda para afuera, y allí quedan restos, bastante sólidos, de un huevo quinder o de chocolate y coco, o algo así. Un asco. Angelito, per un asco.
Pero hombre, ¿aún no lo has terminado?, desde que te lo han dado ya tenías que habértelo acabado. Deja la boca un poco abierta y trata de tragar, salivando a tope, el pobre.
Hace que no. Bueno.
Oye, y entonces , ¿qué? ¿has estado todo el día llorando. Y el pobre Jan le contesta con una sobriedad a prueba de bomba, con una paz que ya hubiese querido cualquier flemático Lord después de ver cómo su brigada ligera caía pesadamente bajo el inmisisericorde fuego punjab o bosquimano, "si, todo el rato". Si es que sólo le faltaba un gintonic al pobre Jan.
Y su mamá que le explica con la ternura de las mamás que además acarrean con el otro bebé a cuestas, que no, que el cole es para pasárselo bien y para aprender, no para llorar. Pero al pequeño Jan, con sus Espidermanes y todo, para mi que no le van a convencer tan rápidamente.
Oye, ¿y qué has comido?
Nada.
¿Nada?
No, nada.
Digo de comer.
Si, nada. Una galleta.
¿Una galleta?
Si, una galleta.
Ya, si, bueno, eso, al salir, pero no, quiero decir, de comer, a mediodía antes del patio, de primero y de chicha, ya sabes, como en casa.
Nada. Una galleta.
Pero... a mi me parece que habrás comido algo más.
No. Una galleta.
Arroz. O verduritas. O espaguetis con tomate.
No. nada
¿Nada?
Bueno. Una galleta.
No me extraña que llorase, pobre Jan.
Su madre ha seguido intentando sacarle qué había comido, pero me he tenido que bajar antes de saber cómo terminaba el asunto. Probablemente acabaría en galleta, porque el pobre Jan, parecía un tipo duro de pelar, con esos pelitos tan rubios y su paraguas de Espéderman.
Espero que hoy le haya ido mejor que ayer. Pobre Jan.
lunes, 7 de septiembre de 2009
Donde las luces
Era tarde y el aire silbaba de una manera que le recordó cuando se parapetaban del frío tras unas rocas en el valle del bisonte rojo, muy apretados, tapándose con las pieles y procurando frotarse sin hacer demasiado ruido para no despertar a las alimañas del bosque. El aire silbaba y vio un destello. Algunos más; los que se acurrucaban más cerca de la boca de la cueva dieron un respingo, pero volvieron a acomodarse temblorosos. Otro destello y dos de ellos, de un brinco, se metieron cueva adentro pisoteando a algunos de sus compañeros. Los más temerosos se apretaron hacia adentro, intentando escapar de aquellas luces misteriosas que tanto temían. Willendorpf dormía tranquila, pero el trasiego de gente y el cuchicheo de los temerosos terminó por despertarla. Nada, no pasa nada, la tranquilizó. Volvió a hacerse un ovillo y le invitó a unirse a ella en su sueño. Pero aquellas luces...El abrigo de Willendorpf le tranquilizaba en las tediosas noches de la cueva, donde no era necesario dormir con un ojo abierto, escuchando los ruidos de la noche, el aleteo de las aves de presa o el crujir de alguna ramilla cuando la pisaba alguna fiera. En las noches de la cueva sólo había que ocuparse de no destaparse para no quedarse helado. Las noces tranquilas en la cueva.
Aún seguían los destellos y la brisa fresca. Se puso de pie procurando no despertar a Willendorpf y caminó silenciosamente, como cuando rodeaban a los venados antes de espantarlos para llevarles hacia las trampas, y se fue hacia la boca de la cueva. Junto a la roca que la protegía se detuvo a oler el frío y vio un destello. Aquello le gustaba.
El cavernícola avanzó hacia la entrada y quedó como guardián de la cueva. Caminó despues hacia adelante en dirección del sitio de los destellos. Las primeras gotas de la tormenta que se les acercaba.
Hay que ir hacia allí, se dijo. Hacia donde las luces.
miércoles, 24 de junio de 2009
Oriol, el relojero
Oriol, el relojero tenía una relojería chiquita y precisa que se llamaba "Oriol, relojero". La cosa era evidente y precisa, dos buenas características para una relojería, a ver si no es verdad. Tú llegabas allí con el reloj parado y te lo despanzurraba, se ponía aquello en el ojo y te decía que estaba un poco sucio -el reloj-, comprobaba la pila y te la cambiaba. Le daba con una especie de soplillo que luego he visto, con versión plumero antirayaduras, para limpiar diapositivas o negativos fotográficos, otra antigualla, la verdad. Y listo, arreglado. A veces si te presentabas con un reloj viejo, lo abría con aquel destornillador que parecía bisturí, le echaba un ojo y te decía mañana -o pasado, según- estará limpio, engrasado y arreglado. La tija, la siempre misteriosa tija, las esferas que no son esféricas, los misterios del relojero, que así iba echando el rato, cosas del tiempo, sacándose los durillos. Durante un tiempo iba a trabajar muy temprano y pasaba frente a la relojería de Oriol. Cosas.
También tenía algunos relojes a la venta, pero para mi que no era negocio, que el estableciento era pequeño, como él, y había poco donde escoger. Las correas si, que si no, te las traía, y te sacaba siempre de apuros. Es que se me acaba de romper, y medio minuto después, ya estaba. Oriol sigue llevando reloj, su esposa sigue llevando vestidos de flores frescos y sigue teniendo el ojo medio guiñado como para verte muy de cerca lo que padece tu reloj. También tiene bigote, pero eso da lo mismo.
A los relojeros se les perdona y hasta se les valora la lentitud, siendo como son artesanos del tiempo. Algo tiene de venerado temor, creo yo, como lo de no mentender lo que dicen los médicos, que a la que nos rascan un poco, todos somos como los del taparrabos del Amazonas, poco más o menos. Un día iría a arreglar algo o simplemente pasaría por delante y vi que Oriol relojero había echado el cierre. Lo mismo que el barbero, que quitaron cuatro agencias de transporte, reconvirtieron las naves y los muelles en bares y discotecas, eliminaron las tiendas, trajeron barriles de cerveza y alguien ganó muchos duros. Pero cerraron. Aquella papelería rara, el relojero, la barbería. Una vez fui por cosa de un trabajo a un despacho que había en lo de la papelería rara. Un hombre extraño quería que le escribiese un libro como loa y alabanza para una especie de santón que quería promocionar. Aquello fue muy raro. hay tema, ya hablaremos. Luegio he vuelto a ver algún día a Oriol paseando con su esposa, la de los vestidos de flores fresquitos, o en Saturno , donde el tiempo no se sabe como fluye. Y anteayer en bici. Yo.
PD: especialmente para Marta y , en general, para todos lod que dicen joer, Nodisparenalpainista, vuelve más, que no os perdáis los lincs, que son de dos entradas antiguas y bonitas, como todo lo antiguo y bonito, los relojes y las tienditas de la memoria. O así.
martes, 21 de octubre de 2008
Oteiza 100
Y no es mal motivo la cecebración de los cien años desde su nacimiento que se conmemoran hoy.
Ahora le pego un repasito y veo que hice dos referencias marginales. Una, sin más, pero que resultaba entretenida. En la otra advertía de que cualquier día de esos le daba a la tecla. E inexorable, ese día llegó.
Oteiza es probablemente -como la cerveza- el mejor escultor del siglo XX, que es como decir del XXI y sin duda uno de los capitales en toda la historia. Un escultor que a los treinta años de carrera o menos descubrió que ya no podía hacer más y dejó ese traabajo para investigar en otros terrenos del arte, de la filosofía y del lenguaje que, como todos sabemos, es lo mismo.
De su obra me quedo con eso que explicaba, en su peculiar castellano vascongado sobre su infancia y las playas de Orio y que da un sentido perfectamente uniario a sus labores aartísticas y literarias. Lo de los hoyos, que es metafísica pura explicada bien, es decir, para aldeanos, que e s como se entienden las cosas. Y las cátedras a criar polvo.
Decía Oteiza más o menos que de chaval se iba con los amigos a jugar y a hacer trastadas a la playa. Allí, le gustaba echarse en los hoyos que se formaban entre las dunas. En aquellos agujeros que se inventaba el aire, la brisa, las nubes y el salitre, las algas secas, el Artista, la piedra, la roca que cede al soplo, que se desmenuza y que no desaparece pero que se transforma en arena y sal. Eso lo añado yo, pero ya me entendéis a lo que nos referimos.
En esos agujeros, el pequeño Jorge miraría con sus ojos de agua al cielo de agua.Y con los años formuló lo que había visto. Y explicaba sus cajas vacías.
El hoyo, el hueco, el vacío, era el que componía la forma. Esto es, la ausencia era lo que creaba el volumen. Ese concepto, el vacío como espacio, lo no creado y lo creado, la escultura frente a la arquitectura; en mi modesta opinión siempre ha estado mucho más cerca de la metafísica y aún más, de la teología que de la pura creación artística. Es decir, de la simple factura artística de los pintamonas de Arco o del jeta ese que diseca tiburones.Otra cosa es quien entiende el arte como forma de trascendencia, de comunicación con lo creado y el Creador, como experiencia y aventura del ser humano, un lenguaje sobre el que se trabaja, se habla, se experimenta, se estruja y, a veces, hasta se le agotan a uno las letras. A finales de los años 50, Oteiza abandonó la experimentación escultórica y ya apenas volvióa ella, apenas para dirigir la recreación de algunas de sus piezas que fueron instaladas en grandes espacios públicos.
Envejeció dedicado a la lingüistica y la antropogía eusquérica, apartado del oropel y la gloria, peleado con los consejeros de cultura vascos y cediendo su legado a la vieja Navarra donde encontró refugio, mientras unos cuantos sinvergüenzas se lo intentaban apropiar para sus causas. Pero nadie osó hacerlo hasta que se murió. Es una historia fea, así que la dejo para otro día.
De sus libros me encanta el de las cartas a su esposa, su amadísica Itziar, en una especie de testamento que le deja a uno fulminado. Qué bonito, jolines.
Una pincelada que hoy, más que nunca, os recomiendo, en la güep amiga.
viernes, 5 de septiembre de 2008
Bajista
Yo quiero ser bajista de trash. Y ya está. Ni astronauta, ni cobrador del frac –que es elegante y tiene salida-, ni juselblemenami, que es uno que corre que se las pela y encima, de chulo, saluda a la parroquia, ni camarero con lamparones, ni nada de todo eso. Bajista de trash.
El lunes, o el martes, bueno, un día de éstos, en la güep de El Mundo pegaron un videoclip del adelanto, en forma de sencillo del último disco de Metallica. Desde hace cinco discos, Metallica afirma que vuelve al sonido de sus orígenes. Pues con la de tiempo que les está costando el viaje, los orígenes han de estar lejos, lejos. Para mi que se quedaron al lado de algún trilobistes despistado. Bueno, la canción, pues bien, pero pse. Eso dije la primera vez que oí el disco anterior. O peor aún, dije menuda castaña con lo de haber modernizado el sonido. Fue tras el relevo del bajista, que se trajeron a uno nuevo bastante más leñero y endurecieron considerablemente el sonido. Y mejoraron en la cosa plástica.
Porque era un bajista de trash.
Que en yutup ha de estar lleno de bajistas de trash y alrededores dándose piñas y descuajeringándose, pero no vamos a hacer leña del majista caído. Eso si, pomadita para las cervicales cerca, por lo que pueda pasar.
Suicidal Tendences, que es nombre cazurro para un grupo cazurro, hombre, que es que hay que ser animal, jobar. Robert Trujillo creo que se llama el prenda, melena lisa hasta la cintura, piernas abiertas y vueltas y vueltas a la cabeza, que parece que tenga las cervicales de chinchingoma . A eso le pones unos calzones de chándal cortado ala altura de la rodilla y haces eso tan divertido de avanzar por el escenario dando saltos, y ya está el mito creado. Yo quiero ser bajista de trash. Porque los bajistas en general están y no están. Entre que suelen ir a su aire en general y que el bajo siempre ha tenido la fama de ser el instrumento de los torpes, de los que están por allí y no se sabe que hacer con ellos ¿Quieres tocar el bajo? Pues bueno. Pues vale. Pues allá que se va el tipo en cuestión. Luego está John Paul Jones o David Gilmour cuando tocó en los discos de Syd Barret, pero por lo general, o eres un colgado con estilo, como Syd Vicious o nadie te mira ni cinco minutos. Fuera de lista queda Tony Levin, que es extraordinario y hortera a partes iguales y Paul McCartney que tocaba el bajo y luego quiso hacerse el simpático. Qué tío más cansino.
Trujillo ha pillado quilos, porque la buena vida le llega hasta a los bajistas de trash y alrededores, pero sigue haciendo esas filigranas tan divertidas que, oye, aportar a lo musical, más bien poco, pero que entretienen una barbaridad. Los bajistas suelen ser altos y delgados, como tu madre, morena salada, como tu madre: Pero a veces se pegan un atracón de empanadillas, como tu padre, morena salada, como tu padre. Pero hay que cuidarse, hombre, que luego te viene la gira y se te ponen los triglicéridos que te quitan las gnas de lo de pegar los saltos que antes contaba. Truji, verduritas, hombre. Y ya sabéis, como a mi lo de ser un esteta me mola, y mantengo figurín, pues nada, bajista y a descoyuntarme un rato. La melena sigue creciendo.
martes, 2 de septiembre de 2008
Este año tampoco. O si.
Hace tanto tiempo que para mi que aún corrían ucedesaurios por la política, pero aún no estaba yo infectado por la pasión política. Hay que aclarar es eso es lo relativo a las cosas de la polis, no el mercadeo partidista que tanto padecemos, que luego la gente confunde churras con merinas y no es plan. Por eso es tan complicado el acomodo en la partitocracia, esa degeneración de la democracia que nos toca padecer. Aunque claro, mejor que China si estamos, pero con menos medallas, que, al parecer, es lo que mola. Todo es raro.
Ahí está, un matao que fue quince años el único de la cantera del Barcelona, el pobre Moratalla, a punto de arrancarle un tobillo al pobre Iriguibel. El de detrás es otro, pero no se, joer, que esto no es Frankfurter, que ya no se cómo queréis que os lo diga, jolines.
Ya digo, hace la tira. En la tele echaban fútbol. El Barcelona vestía una camiseta amarilla con una franja doble en vertical, una línea azul y la otra granate, la segunda equipación, que le llaman, porque los espectadores cegatos o televisivos, mayormente en blanco y negro, podían confundir a los jugadores de los dos equipos. Bueno, oye, cualquier argumento es bueno para vender más camisetas y hacer caja, que es a lo que estamos. Aquella jornada de sábado vespertino, el Barcelona, poderosísimo equipo por entonces, saltaba al campo del Sadar a plantarle batalla a un equipo de aguerridos y voluntariosos, aunque humildes navarros. Por entonces, aquel Osasuna jugaba sólo con futbolistas de la zona y el Promesas, su filial, era un equipazo de aúpa. Luego el primer equipo hacía lo que podía, o sea, bien, lo justo, vamos.
Por primera vez se retransmitía un partido de fútbol desde el estadio osasunista, un, por entonces, correoso campo donde las visitas solían pasarlas canutas, aproximadamente. De todos modos, el Barcelona era mucho Barcelona, como siempre, pero más. Iba primero en la liga, perseguido con la Real Sociedad aquella de Ormaetxea u Ormaechea, que ya por entonces daban la murga con lo de la tipografía enrollada en las banderas. Bueno.
En aquel partido, creo yo, nació el gafe de la camiseta amarilla.
A ver si no, que con esa pinta de bestia y con esa cara de mal rollo, el bueno de Puyol nos va a dejar sin dormir a todos los niños de Unicef -que no es publicidad, que os lo creéis todo, incautos-, pero con ese colorín, no va a ganar más que disgustos, y si no, al tiempo, ya se verá.
La cuestión es que el Barcelona le sacaba un puñado de puntos de diferencia a la Real y que faltaban pocos partidos para terminar el campeonato, ocho, no se. Pero llegaron al Sadar, victoria segura.
Y llega Patxi Iriguibel, valentísimo delantero de poblado bigotón y marca. Y no solo marcan una vez, sino que vuelven a marcar. Esta gente… Total, que el Barcelona aquel de Simonsen y Schuster, de cuando antes del Madrid, imaginaos la de tiempo que hace, recortan con un gol y consiguen empatar después.
Aquello va alargando y llegan al descuento.
Y justo antes del pitido final, va Lumbreras, el enorme, glorioso, tremendo Lumbreras va y mete el gol del 3 a 2. Sólo hubiese faltado que marcase Enrique Martín. Pero oye ya estuvo bien.
El jarro de agua fría se puede uno imaginar que sería de órdago. Al pobre Udo Lattek se le quedaría la cara de pasta de boniato, que luego le adjudicaron fama de borrachín y Schuster y su santa, la que salió en el Interviú enseñándonos el Bundesbank para solaz y cachondeíto no demasiado fino de las aficiones rivales del nibelungo, le solían recriminar las merluzas que pillaba antes de los entrenamientos. El navajeo habitual, vamos. Al aficionado le sentaría como una patada donde no suena, pero al fin y al cabo, qué son dos puntitos. Esto se recupera. Pero no fue así.
Cuesta abajo y sin frenos, el Barcelona anduvo renqueando lo que le quedó de liga, con derrota contra el Español incluida – cosa que suele tocar bastante la moral al barcelonista tipo, como si dijéramos- y la Real Sociedad, a base de cerrojazo y Arconada, de Satrústegui y más ganas que otra cosa, con ayudita final de los leones, se llevó al capacho la liga. Y López Ufarte, que si se iba o que si no.
Yio, de todo eso, me enteré de refilón, porque jugaba a soldaditos o algo así, cerca del televisor. Gritaba ¡Gol! cuando había gol del Osasuna, o sea, tres veces y me quedé prendado de la camiseta amarilla que yo vi gris clara en la tele. Esa camiseta era hermosa por bonita y porque sumó la leyenda del gafe. Y la derrota es hermosa. Y épica.
Pero el que gana, gana.
jueves, 28 de agosto de 2008
Ayer (o el otro)
A cambio, observé e inventé las vidas paralelas de los pasajeros, me quedé mirando las lucecitas y bombillas de la noche a bordo del autobús y procuré atornillarme todo eso en la memoria. Al bajar, al cruzar el puente me acordé, como casi siempre de noche y por allí de aquel viaje a Londres, la primera vez en ele extranjero, sin contar Andorra, que no es por faltar, pero llamarle a Andorra extranjero cuando uno no evade divisas suena a rechufla, si ánimo de inicar conflicto diplomáticos.
De Londres recuerdo cosas, claro está, Como el British Museum y la Tate, pero me brilla el chispazo del recuerdo de aquel lejano suburbio donde pernoctábamos, al final de una línea de metro, al final de una línea de autobús que sonaba a punk rock y a Police, pero de Next to you o de Message in a bottle.
Si hubiese tenido una máquina de escribir y un cuaderno.
Pero de eso hablaremos otro día.
miércoles, 27 de agosto de 2008
Los marcianos
Hace unos días salía lo de Ray Bradbury. Néstor dijo que iba a echar en su zurró un ejemplar de Crónicas Marcianas par repasar en sus vacaciones, entre puerto y puerto, imagino. O entre pincho y caña, que este hombre es todo mito. Dicen que ahora la gente se cree que Crónicas marcianas es una cosa de la tele, pero resulta que no. O un poco también.
Es un libro, de Ray Bradbury, que como tiene naves y marcianos, se suele asociar a la ciencia ficción. Cuando estudiaba COU, que era una cosa que se estudiaba antes, como si dijéramos, tenía una profesora de Lengua que se llamaba de alguna forma, pero que ahora no me acuerdo. La llamábamos “La Presupongamos”. Solía comenzar todos sus parlamentos, comentarios, acotaciones, palabreríos varios con un “presupongamos”. Presupongamos que hoy haga sol. Presupongamos que sacan un folio y anotan las preguntas del examen. Presupongamos que usted, Nodisparenalpianista sale a la pizarra para hacer el análisis sintáctico... Qué tostón. Solia vestir a su rollo pero con un reconocido mal gusto. La mejor de sus piezas era un jerseicito negro que llevaba como pegados trocitos de pelo de bicho, como si fuese de pieles. Es un poco complicado de explicar, porque si no, esto sería el Vogue y yo una reportera estupenda y ni lo uno ni lo otro, no jorobemos. Total que se especulaba con que si eran trocitos de un bichejo o si sería sintético. Y qué bicho será. Un día uno va y dice joer, La Presupongamos ya se ha puesto el jersey de zorra. Y claro, para qué seguir.
Vale, pues seguimos, pero con lo que íbamos al comenzar. Resulta que lengua, castellana, era asignatura común a todas las especialidades de los COU, ciencias letras y mediopensionistas. Como en Lengua había que realizar un trabajo monográfico sobre un libro, La Presupongamos propuso que se podía escoger entre, no se, seis títulos. Y seleccionó un poco de todo. Que si poesía, que si novela contemporánea, que si algún clásico, no me acuerdo. Pero si que al terminar, en mi clase que era donde estábamos los de letras puras, nos dijo con un aire de complicidad que había escogido también Crónicas Marcianas para que los de Ciencias tuviesen algo un poco más digerible para trabajar porque presupongamos que ellos no están tanto por las cosas de las letras. Presupuse que estaba medio tonta y confirmé que había dicho una chorrada como mi piano, lo menos.
Claro, escogí el libro de los apestados y mi trabajo versó sobre la cosa más bien lírica y poética que estaba camuflada en las Crónicas marcianas. Presupuse que eso le rompería el saque y que me daría bastante juego, y así fue.
Por su cosa de fantasía, por la ciencia ficción, por la lírica, por llevarle la contraria a La Presupongamos, porque Bradbury merece el esfuerzo, por esto (que os pido pinchéis) o por esto otro (que también os pido pinchéis) dejaos llevar de viaje a Marte o a las cosas de las personas. Estoy seguro de que os gustará. Me juego tres vinos.
Por cierto -y para que veáis que esa historia da mucho juego-, tal vez los más viejos del lugar recordéis una serie de la tele sobre este libro que protagonizó Rock Hudson, no demasiado buena, pero bastante sugerente. Otro día hablamos de ella.
miércoles, 13 de agosto de 2008
La leyenda del indomable
Ni Marlon Brando, ni Ava Gardner, que en lo suyo han sido lo más, como Marylin. Los ojos más increíbles de la historia son los de La gata sobre el tejado de zinc, Paul Newman y Liz Taylor, probablemente los dos actores en pijama más ardientes jamás vistos.
Liz también anda pachucha, pero ella ya lleva así veinte años y tres maridos en ese tiempo, lo menos.

Paul Newman parece ser un buen hombre. Siempre se dice lo de su largo matrimonio con Joanne Woodward, su segunda esposa, lo de la peli que dedicó a su hijo, fallecido prematuramente por las drogas, y lo de que siempre ha sido un hombre de principios. Y encima buen actor, poco prodigado pero gran director y encima guapo a rabiar, que es que quien no le envidie es que no tiene sangre en las venas, joer.
Y ahora se nos ha puesto muy enfermito. Después de un proceso de lucha contra el mal que padece, le han dicho que no hay más que hacer que dejar que la cosa siga porque la ciencia de los hombres no puede más contra la naturaleza. Y, según parece, lo que ha hecho Newman es lo que hacen las grandes personas, los caballeros, los héroes de verdad. Recoger los bártulos, irse a casa, estar con su familia, sus amigos, su gente, sus cosas, sus recuerdos, y esperar, como toda la vida se espera lo que tiene que venir
Ahora, que en España una cuadrilla de golfos y de criminales ha decidido convencernos de que morir dignamente es que un asesino colegiado donde los médicos te drogue hasta matarte -la misma droga que mata al hijo de Newman es la que "piadosamente" libera a la Seguridad Social de gastos superfluos-, Paul Newman, como tantos otros antes, sale y nos demuestra que vivir dignamente también es enfrentarse al dolor y al final con dignidad, en su casa, con sus próximos y con los lejanos que, como yo, estamos más cerca ahora.A mi me gustaría haber sido el Buscavidas, o el perdonavidas de El color del dinero, o el detectve aquel al que corteja sin rubor la ardiente Miranda, hija de la femme fatale aquella, y haberme ligado a Liz Taylor, pero todavía me gusta pensar cómo sigue vivienco, como es capaz de seguir viviendo como un héroe hasta el final.
Que Dios le asista en lo que tenga que venir y que su ejemplo nos sirva para aprender, como el resto de su vida y de su carrera.
Larga e intensa vida.
jueves, 7 de agosto de 2008
Lío
Menudo lío llevo, que casi se me olvida colgar la güep. Bueno, olvidárseme no se me olvida, pero es que se me ha hecho tarde y casi no llego. O sea, que sin asfixias, que aún le quedan horas al día. Así que nada, doy por inaugurado este chat con esta entrada más bien sosa pero que no me negareis que está ilustrada con mucha gracia. De nada.Mañana me lo curro más, vale.
martes, 22 de julio de 2008
El gorro
Con el calor que nos chorrea por las sienes, un día me da por buscarme un sombrero. Tengo uno, al estilo de los panamá, pero no panamá, que son una preciosidad pero que resultan un tanto antipáticos para llevar de viaje. Bueno, eso si no llevas sombrerera, pero es que es la que faltaba en el equipaje para parecer una actriz alemana de esas de cabaré que luego se reciclaron en alemanorras cinematográficas de largas piernas y caras de mosqueo pero de los grandes. O sea, que no.
Total, que necesitaba un sombrero con ala para que me tapase del sol, de tela, para poderlo hacer un gurruñito y meterlo en la maleta y para poder mojarlo en caso de calores romanoides o italianizantes. Y como por aquí hay una tienda de ropajes militares, me acerqué a ver si encontraba uno tipo Tormenta en el desierto, que es como se llamó a la primera parte de lo de Irak, cuando no se atrevió el presi a llegar hasta el final por si lo del petróleo. Y ya ves. El otro día vi la autobiografía del General Norman Swarkorpf, que tiene nombre de champú y que se inspiraba en el béisbol para sus estrategias. Aún causa admiración cómo liquidó a la temible Guardia Republicana casi sin bajarse del F18.Y fatal, me quedaban de pena, porque en realidad son como gorras de visera, de las del béisbol precisamente, pero con ala alrededor. Feo, feo. El estampado bien, pero no se puede ser tan faxionbictim.
El otro día, de paseíto por el Decathlon, que es un sitio que huele a vestuario donde uno se compra artilugios inverosímiles para romperse los ligamentos o para sudar hasta por los dientes, le pregunto a una nena si tienen sombreros. Me mira con cara de miedo. ¿¡Sombreros!?
Gorros, le dice Txispi, que ha aclarado Txispi que está atenta al agobio que le empieza a dar a la nena esa. No se aclara y para mi que nos manda donde los cascos ciclistas, los gorros de esquiador con ponpón y a sitios así de raros. Luego están las gorras esas de visera para disfrazarte de rapero cateto, que es como va el personal cuando se endosa la de Fernando Alonso o la de Fomento de Construcciones y Contratas, que el verano es lo más peleado que hay con la estética.
Nada, un fracaso total.
Esa misma tarde y en un segundo intento, esta vez con la asesoría de la Mamádelpianista, que de sombreros entiende un rato, damos con el australiano. El sombrero, digo. Ya sabéis, del estilo ese de los que llevaban las tropas australianas en la Segunda Guerra Mundial, de ala más bien ancha pero con una de ellas recogida, así como pegadita a la copa, que jamás he sabido por qué esa aversión contra la simetría de nuestros antípodas. Bueno, por algo será, hasta por no aburrirse. Total, que al saco, pago los durillos y a estrenarlo. Con la bici me va a ir de perlas, si lo sabré yo. Va a ser la bomba: un tío disfrazado de autraliano en bicicleta. Esto promete.
Pero eso fue el fin de semana. Ayer la bici sufrió un terrible percance. Pero esa es otra historia.

