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sábado, 22 de septiembre de 2012

Una de premios

El Ayuntamiento de Madrid entrega hoy -por ayer- unos premios por la promoción turística de la ciudad a los tres grandes museos de la ciudad, El Prado, La Thyssen y el Sofidú, que es como Umbral le llamaba al CARS, o sea, el Reina Sofía. También, y ahí está la sustancia, hay un premio para Lhrady, que es como la tierra prometida con caldo para los umbralianos. Luego está Arguelles, pero eso es la aventura. Y Pitita Ridruejo, que hace mucho que no sale, y a mi me da susto pro si está pachucha o algo.
Hay gente que a la Thyssen le llama el Thyssen, como si no estuviese claro quién llevaba los calzones y quien llevaba las cervezas en aquella singular asociación. A mi me da que le llamo LA Thyssen por galería y no por museo. EL Reina Sofia por museo, claro. Que llamarle a un museo Centro de Arte es una pijada de tomo y lomo, mayormente afrancesada, lo cual que Umbral le llamase Sofidú, al estilo del Pompidú. El Pompidú es bello en lo antiguo, cursi en lo moderno e ignorante con altivez. Y a ver quién me lo niega. Lo mejor del Pompidú es la leyenda. Y los chistes. Se me ha inflamado el Pompidú de la caminata que me he pegado para llegar. Que es como lo de cuando al coñac le quisieron poner jeriñac, que suena como a retrete. Oiga por favor, me dice usted dónde está el jeriñac. Y todos nos entendemos.





 

Cojo esta curiosa nota de este sitio, que cuenta estupendamente bien la historia.

Lhardy es desconocido y así ha de seguir. Si acaso, uno mira por el cristal. Pero no más, lo mismo que no nos subiríamos a hombros de la Venus de Milo. Claro que así, mal negocio si lo más que hace uno es mirarle las longanizas y leerle el mito, y, como mucho, hacerle pelis Garci para sacar e refajo que se dejó la reina aquella sandunguera y cachondona en deshabillé o sin. Pues eso, el negocio con los mitómanos, los muertos de hambre y los raros. Para los exquisitos, la leyenda. Un día me propuse hacer algo de dandys y esnobs. Buen premio para Lhardy, si señor. Y para los otros, claro.

miércoles, 13 de enero de 2010

El regalo estrella

Esto tenía que haber ido el día 7, por lo de la prontitud y todo aquello, estar al pie de la noticia, el reporterismo de chinchingoma, toda esa murga de las prisas. nPero mira, por mor de las circunstancias, hasta hoy, nada. Mira, quien quiera informarse, que lea el Marca, como los próceres. Pero no, no iba por ahí hoy.

Días antes del advenimiento de Sus Majestades, los analistas de la cosa, los agoreros, lectores del vuelo de las golondrinas y otros analistas de la res pública nos decían que este año, el regalo estrella traído desde Oriente ina a ser el libro electrónico. Los letraheridos nos echábamos las manos a la melena, qué va a ser de nosotros, sin los papelajos amarilleados, sin poder forrar los libros -hay que for
rar los libros, amiguitos, que si no se marranean un montón-, sin poderlos datar y firmar o hasta ponerle el cuño ese, como hacía el pobre Joaquín.
Todo son ventajas, nos martillean desde el Abecé Cultural que cada uno lee, que ahora se llama de un modo cursi y rediseñado logotipado, qué memez.
Un día, un mes y pico antes de la Epifanía, hablando con uno del ramo, me decía que ellos tenían anunciado que los pondrían a la venta para echarlos al zurrón de los Reyes. Pero que no sabían casi nada de como iría. Los apar
atos si, tienen precio, caractersticas y toda la pesca, pero no tenemos ni idea de cómo venderemos los libros, si será directamente con las editoriales, las güeps o qué. Y el pirateo. Uy, eso va a ser la monda.
Lo cual que tanta expectativa se quedó en agua de borrajas.
Porque el regalo estrella ha sido la cafetera. Para vagos. Y guarros.

Hay rumores que dicen que esas tarrinas de café dan una diarrea tremenda, en plan mascletá, con perdón de la mesa. O eso, o es que han injertado carajillos cabezones en algunas partidas de nespresos.

¿Qué te han traído los Reyes? Una cafetera. Hombre, más que una corbata es, pero suena un tanto rácano. Pues nada, la rediseñamos un poco, la revestimios de glamur y a vender las tarrinas de la cosa, que es donde hacemos apsta. Hale hop, inventada la nespreso. Luego pones al Cluni, Martini beibi, a hacer anuncios y dicho y hecho, todos como locos a hacer cola para pagar una pastita por la cosa. Y la renta en tarrinas. Es más barato que en un bar, te dicen. Ya, pero mucho más caro que la melita de toda la vida y el café del mercadona. Y total, para tomarlo con leche, ya me dirás, prenda. Ya, pero a ti no te sale espuma. Eso también es verdad. Pero da bastante rabia pedirte un cafetón que al final es la mitad espuma y sólo un culín de sustancia.
Además es una cochinada, porque a ver: cómo se limpia. Hay un género de guarros que dicen que las cafeteras no hay que lavarlas. Puajpuaj, eso es una cochinada, hombre. No cada vez, vale, pero de vez en cuando, hay que darle un fregado y hacer una con agua y vinagre opara limpiar las tuberías, como si dijéramos. Luego se vuelve a lavar, se hace con agua y a usar de nuevo. Pero las nespresos y alrededores, a ver, ¿cómo se limpian? Pues una vez cada no se cuanto, con agua destilada y no se qué cosa que te venden con las tarrinas. Vamos, anda.
A mi, de la cafetera me encanta el misterio. En las de vaqueros. En las pelis de vaqueros, cuando John Wayne dice, vamos a acampar, allí, en mitad del desierto, con Eli Wallace y Dean Martin o quien fuese, echan las sillas para hacer de almohada, lo que ya suena a barbaridad, que han de ser como piedras. Luego asan una liebre recién cazada, bueno, vale, eso aún, y erminan haciéndose un café. O sea, que en el capacho, llevan su cafetera, el agua, supongo que de la cantimplora y un frasco de judías reciclado para llevar el torrefacto. Que lo de la cantimplora tiene tela también: Cinco tíos beben de una sola cantimplora mientras cruzan durante una semana el desierto camino de los Apalaches. Venga, va, joer, que es que nos los creemos todo. Y luego que el campamento ese ha de oler a zorrillo. Tres tíos sin ducharse una semana, los sudores, los caballos y las botas camperas, que sería quitarse una y fulminar gaseado al pobre cheroqui. El hombre blanco tiando a marroncillo mugriento. Me parece que un día escribí de todo eso.
Lo cual, que me tomo un café de melita mientras forro primero y leo después alguno de los libros que me han traído los Reyes Magos. Y a los modernos, que vean más pelis del Oeste.

martes, 25 de agosto de 2009

De paso

Hoy le voy dando a la tecla, preparando cosdas y así, que esto de programar entradas tiene como ventaja el descanso, pero luego hay que ir atendiendo los retrasos del garito, que es que soy un torpedo pecador de la pradera. Pues eso, todos al prado, que, total, para tres que somos levantando España, ocupamos poco sitio. Y la próxima ronda la pago yo, vale.


Aquí, tres chorizas de copas. Ojo, en buen plan, que el que no haya ido de canto es que va agarrado al palo mayor, borrachuzos, que sois unos borrachuzos y todos nos conocemos, bellacos.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

La fabada


Oigo que en Bilbao, que bastante tienen con lo que tienen, dicho sea de paso, en los comedores sociales que andan como los del resto de España, atestados de hambrientos... Paro un segundo y retomo, porque es gordo esto que he escrito. Vamos, no lo escrito, sino la cuestión. Que en España haya colas, cada vez más abundantes, de gente que pide caridad no para pagarse la luz y esas codsas sino para saciar el apetito, para llevarse comida a la boca. Pobres del hambre, pro desgracia, siempre ha habido.

En la Parroquia, en Navidad, se hace una recogida especial de alimentos, desde tiempos inmoemoriales. Bolsas de alimentos no perecederos, ya se sabe, arroz, pasta, latas de atún, de fabada, café, esas cosas. Y luego nosotros siempre les poníamos turrones, mantecados y barquillos y hasta una botella de sidra, que el alcohol ha arruinado a muchos de esos pobres pedigüeños, pero es d eesperar que alguien pudiese brindar con ella.
En la Parroquia, unos cuantos voluntarios organizaban el paqueterío para que todos tuviesen de todo, o sea, no fuese que a uno le tocasen ocho quilos de arroz y al otro veinte latas de sardinas. Eso, ropa limpia y arreglada, juguetes. Y luego vienen los otros dando lecciones. Qué basura de gente, joer.Pue seso, que lo de los comedores que no dan abasto, que han de echar el cierre porque agotan los servicios y se les queda gente en la puerta, que el hambre en las ciudades ya es normal es algo compleamente anormal. Habría que echar mano al libro de Historia para buscar desde cuándo no pasaba eso en una circunstancia de estabilidad y de relativa prosperidad.
Atónito por eso, sigo con lo que comenzaba.

Resulta que en los comedores sociales de Bilbao, y ante el aumento exponencial de la gente que acude a ellos para poder comer caliente al menos una vez al día, han adecuado las comidas al perfil de nuevos asistidos ¿Cómo? Vale dejo el políticamente corrcto. Resulta que muchos de los que van a comer son musulmanes, así que, ni cortos ni perezosos, los que por allí cocinan, han retirado el chorizo y la morcilla de los cocidos, las lentejas y todo eso. O sea, legumbre, pero sin carne. Y cuando ponen costilla de cerdo a la plancha ponen platos alternativos. Eso si, los hambrientos no musulmanes pueden disfrurar las delicias del cerdo cuando toca ramadán, porque como los musulmanes no suan, pues entonces, se puede comer cochino.
Es lo que tiene la babosería de lo políticamente correcto. En lugar de hacer doble puchero, con y sin cerdo, o judías verdes cuando se ponen alugias pintas con tocino, todos a pasar por el aro y nada de derivados del gorrino. Y ya está, no sea que se nos mosqueen, que ya se sabe que los derechos de unos son más derechos que los de los otros.Hala, eso para ir tolerando y dialogando con civilizados de esos. Y pronto poligamia, que las pensiones ya se pagan a las ocho parientas.
El cestillo de la Parroquia, que no se olvide. Y si la fabada lleva chorizo, pues más sabrosa y nutritiva.

martes, 7 de octubre de 2008

El Merca

Pues va y cierra el Mercadona. Eso, que podría parecer asunto baladí a los lectores menos preocupados por los asuntos de abastos y despensas, cazuelas y sartenes, espátulas y pinchos, hervidos y pochados, un minutico y un credo rápido, tostadito y no quemado, natural y del tiempo, pero a mi, que me gusta disfrutar del placer de la compra y la cocina, me resulta dramático. Luego por la costumbre, que, como se sabe, es cosa que tranquiliza mucho a los ánimos inquietos. Que si la gaseosa que me gusta es esa. Que a ver dónde encuentra uno las salchichas de franfur esas impronunciables, que si los yogures de trozos, la Alhambra especial 1925, el matamoscas que huele a limón y el chorizo de Pamplona marca Kiliki, en fin.


A ver si no están para darles un muerdo sin pestañear,

que es que si os lo digo es por algo

Oye, pues vete al Caprabo. Ya, pero no es lo mismo. Bueno, pero casi, y además igual hasta te sale más barato, ahora que los visires de la cosa quieren subvencionar la butifarra y el patufet. Porque resulta que han decidido, con el consiguiente rebote de todo el sector, que ayudarán a la venta de productos aborígenes, vía subvención a esa cadena se supermercados. Catalanes. ¿Pero no los compró el Eroski de la Cooperativa Mondragón? A ver, ¿ya empezamos con la manía persecutoria carpetovetónica? Ay, cuán diferentes son los hechos diferenciales, jolines, que no hay quien se aclare.

Pero la sustancia es que se me acabó la pasta de dientes verde. De menta, a ver. Si, aquella que accidentalmente solía mangar. Y es que, claro, cuando uno empieza a precipitarse por el risco del crimen, pues hacerlo entre amigos, mejor, dónde va a parar. O sea, robar, pero en sitios de confianza, donde toda la vida, vamos, que esto luego se llena de aficionados y no puede ser, hombre, no puede ser.

Lo cual que el sábado a mediodía echaron el cierre para unas reformas, cosas del aire acondicionado, esa modernez tan perniciosa, las cintas de las cajas y todo así. Bueno, pues que sea para bien, pero que pasen rapiditos estos dos meses, porque las voy a pasar canutas. A mi, lo que me habría gustado es, entre el funeral vikingo y los ritos de purificación cavernícolas, haberle prendido fuego al antiguo Mercadona, para que de sus cenizas surgiese uno con vigores renovados y turrón de chocolate. Y pasta de dientes, que después del dulce ya se sabe, que luego se os cae la piñata y hala, todo el día comiendo purés.

Ay, qué mal lo estoy pasando.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Los malabaristas


No eran como el de la foto, pero para entendernos ya vale.

Hubo una temporada en la que en el pado de cebra que hay enfrente del Mercadona -si, donde mango la pasta de dientes, ese mismo- se ponían dos tíos con aspecto más bien guarrote, así jipipunquis a hacer acrobacias.
Mira, cada cual que sea lo que le parezca, oye, no digo yo que no, pero jolín duchados, que tampoco es para tanto. La peña le tiene poca afición últimamente, que ya parecemos francesas, que gastan menos en desodorante que yo renovando ordenadores. Pero mi ordenador no huele, como mucho, de vez en cuando se cruje. Pero limpito.
Bueno, pues se ponían dos, uno a cada lado del semáforo, con los chirimmbolos, la camiseta de Extremoduro llena de agujeros o de polilla, o de colillas apagadas, las mallas acartonadas de la mugre que llevaban encima, las rastas atadas con un cintajo asqueroso y el perro pulgoso atado a una farola. O sin atar, que no suelen atarlos. Ay, de eso no me acuerdo, pero la licencia poética es lo que tiene: el perro -pulgoso- sin atar.
O sea, que el semáforo se ponía en rojo para los vehículos y hala, los dos guarropunquis a echarse los chirimbolos. Y qué malos eran. Se les caían todo el rato al suelo, que debían tener los riñones hechos cisco de tanto agacharse a recogerlos. Y las abuelillas que pasaban por el lado y decían peor qué haen estos, anda, a trabajar y a dejar de hacer el tonto, y los camioneros de reparto de la Letona, de la Cocacola, de los yogures que les miraban apoyados en el cristal de la ventanilla como diciendo meto medio acelerón y del tarascazo vas a irte a busdcar los diente a Andorra.
Los mensajeros de las vespas que les miran de reojo por si les atacan las pulgas y el repartidor de Telepizza que echa mano de la pitón por si le van a asaltar para llevarse las cuatro quesos, que estos muertos de hambre son la monda.
Pero el mejor ejercicio era cuando se echaban los chirimbolos de lado a lado el uno al otr. Eran tan malos, tan malos que, como lo sabían, en lugar de intentar cogerlos para hacer esa rueda tan divertida que hacen en el circo, se apartaban. Y a veces, como eran tan cazurros, se agachaban y se tapaban pa cabeza, como para protegerse del golpe. Curioso, con lo resistente que es el serrín y los alcornoques.

Tenía su gracia, las abuelas allí con el cartón de leche y la media barra de pan, los camioneros dando gas, el de la moto desconfiado, aquí uno tirando del carro como un burro y todos pendientes de los bobos aquellos. Hace tiempo que no se ponen. Claro, todo aquello no lo hacían por entretenernos la compra sino para sacarse unas monedillas. Para mi que no solo no les echaban, sino que habría hasta quien les robaría y todo. O eso o cuarto moteros de Jarleis se los pulieron, ante la amenaza de que les manchasen los cromados.

Del pobre perro no se nada. Animalito.

viernes, 4 de julio de 2008

Desperdiciando mi salario (en plena crisis)


El salero. He matado a un salero. Mi agilidad felina me ha traicionado en esta ocasión y me lo he cargado de un certero golpe. Estaba preparando el túper para mañana y, precisamente hoy, me destrozado el salero de cocinar. A ver, el bonito, el de las ensaladas, el que se echa chas chas, no, ese no. El de cocinar, que es un frasco de cristal para coger pizquitas y sazonar al gusto. Como me gusta mucho la sal, prefiero cocinar sin, porque no es plan torturar a los comensales, o sea. Hoy, encima, que Layoli y Txispi me han vacilado por mi salada afición. Pues. Mejor que ser un soso es, ¿no?

Pues eso, el mal fario. Es cosa de los romanos, el valor de la sal, el salario, todo eso que en este momento los de la logse no pillan ni de casualidad, ha hecho que haya toda una aureola de mala suerte asociada al despilfarro accidental del preciado manjar. Joer, Nodisparenalpianisa, ¿con lo que tú eres y te echas sal por encima del hombro? Pues si, oye pues si. Que supersticioso no soy, pero la sal, ojo. Que veo un gato negro y le pego una patada, que la escalera y la paso como en la cosa esa de los brasileños en la playa agachándome hacia atrás, ay qué complicado es explicarlo así.
Total que, escobazo y bayeta para dejarlo todo perfecto. Y por suerte aún no había oscurecido. Porque barrer de noche también da mal fario.
El nuevo salero, perfecto.
El túper, fenomenal.
Y toco madera.

viernes, 13 de junio de 2008

Un bulli


El otro día me inventé un plato. Bueno, un plato no, lo de dentro. A ver, que ya estaba inventado todo, me refiero a la combinación de ingredientes y la presentación pero sobre todo, la forma de ir haciendo el tonto para promocionarlo. Ahora que uno que se llama como una barca de Colón y el pesado ese del Bulli andan a navajazos porque el uno dice del otro que con tanta cosa rara que le pone le da al personal una gastroenteritis de esas que el bueno de Alez Zuelea llamaba "cagalega". Tanto vapor de ajonjoli y tanta chorrada. Oiga, que tengo hambre. Y po0co dinero, que entre la no gasolina y la no paga por el voto cautivo me veo canino.

Total que te bajas al Navarro y le compras unas chistorras y unos manojos de espárragos de campo, o sease trigueros. Los lavas bien lavados, que suelen llevar tierra y eso si que no. Lo típico, se corta la chistorra al gusto, a mi me gusta en tramitos de cuatro dedos o por ahí, y a la sarten, que vayan soltando grasa. Para mi su mejor punto es con la piel casi tostadita suave pero aún sin desgrasar del todo, porque ya no es corcho para las arterias pero mantene un punto jugoso. Es que hay veces que uno se imagina una tromboflebitis según le ponen las chistorras en el papel encerado. Y ya se sabe, la seguridad es lo primero.

Los esparragos. Pues lo normal, también. Le pegas un tajo a los tallos por la parte más baja, o sea, la menos verde, un poco blanquecina, y a la sartén. Se hacen relativamente rápidos. Yo prefiero echarlos solos, luego a mitad un poco, muy poco aceite y sal, porque si no son muy dulces. Poca sal que la chistorra ya va cargadita. Según se hacen, como suelen ser de distintos grososres, lo mejor sacar los finitos antes y dejar medio minutico los más ceporros. Para mi gusto están espléndidos cuando la piel se tuesta un pelo y aún están algo crudos por dentro, mayormente los gordos.

Y a emplatar que dicen los cursis. Yo oigo emplatar y me bajo al Chatico a comerme un bocata de tortilla y aquí paz y después gloria.

No emplato. Sirvo. Y sigo.


Obsérvese mi profesionalidad, nunca bastante bien ponderada; que me detuve a echarle una estampa al asunto y conseguí no zamparme nada mientras inmortalizaba ese momento.


Es la especialidad bulliesca. O sea, poner los espárragos como tiritas, espigas, palitos, como en un cuadro de Vieira da Silva (Recordadme los de la Brigada Loquileto que robe uno) por un lado, con las gotita que queden del poquín de aceite y el agua que echan, de u vedematizado por el amarillo y puede que con alguna motita oscura del tostado. Al otro lado, las chistorricas a revoltillo, con unas gotas, gotarrones, vale, pero sin pasarse, recordad garantizar el riego de sangre, del rojo anaranjado de su aceitón.

Luego se lleva a la mesa entre aplausos del respetable, porque el olorcillo los tiene en ascuas y se le hinca el diente con alegría, en compañia de unos buenos tarugos de pan y un tintorro de esos de quitarle a uno las penas, que bastante tenemos ya con el día a día.

Y al Bulli, morcilla.

lunes, 28 de abril de 2008

Estaba vacía

Iba a tirar de frigo, pero he visto que lo tengo como el de las casas de los pijos. ¿Os habéis fijado en esas neveras que sólo tienen un trozo de magret de pato con pelos, media botella de un rioja, un huevo, medio tomate y un trozo de una barra de mantequilla de papel dorado con letras muy raras, que parece un lingote? Tirarán de telepizza, porque de ahí, no sale una cena ni de casualidad.
Y mira que es fácil, que el otro día unos de túper en el trabajo hablábamos de eso, del apurillo de comida, ay que se me olvidaba y de cómo hacerla en diez minutos o así, con cosicas normales, si te medio apañas. Si al hervir la pasta haces un puñado más tiene un congelado estupendo y te saca de apuros los días malos.


Además, en agua se descongela en un segundo y queda como recién hecha. Si quieres le pegas un par de vueltas en la sartén con ajo y aceite y alguna hierba o no. Un poco de atún y unos tomates, que quedan bonitos los cherris, pero son un poco ñoños, esa es la verdad. A mi me gusta usar tomate pelado de bote para hacerlo frito y así. Se coge ese, se trocea, se guarda el líquido, y se mezcla con la pasta para calentarlo, sin llegar a freirlo y se añade el líquido para que no quede resco. Luego el atún ya mencionado y lo rematas con rúcula, un buen puñado, con cuidado de moverlo, porque es muy finita y enseguida se hace demasiado. Dos vueltas de sarten y listo, casi sin fuego. Lo sacas y lo puedes consumir frío, del yiempo o caliente. Si es en frío, con un chorrito de vinagre de Módena y si es en caliente, le van también unas alcaparras, por ejemplo.
Oye, pues eso te resuelve una comida de túper a las mil maravillas. Con una buena fruta y un chusco de pan para los más muertos de hambre, ayuda a la supervivencia. Y a resolver la güepada de hoy. Qué cosas.

martes, 8 de abril de 2008

Las galletas

Estaba entre pucheros, que es buen sitio para estar, darle al caletre y preparase para las dificultades, o sea, el hambre y tal, cuando, entre lomos y salsa de tomates, cebolla y pimiento verde, que tanto pega con un arroz blanco como entre pan, me ha pasado lo que tenía que pasar. Que me ha entrado el hambre.


El hambre de media tarde tarduna es muy mala, porque es facilísimo sucumbir y ponerse hasta las trancas sin piedad, el cinturón que cede, la puerta que te encaja y el tipito a freír espárragos. Que si son trigueros, con unas patatitas a cuadros y en revuelto, gambas, ajetes, así, alimentan la tira y están de campeonato.




Pues eso, que digo, le meto un viaje al pan con unas redondas de chori y listo, pero me ha parecido excesivo. Total que mientras estaba con un ojo en los espaguetis y otro en el sofritillo, detecto un cartucho de galletas. Y a por él que me voy.


A mi, las galletas me gustan mojadas en leche, como toda la vida, o sea. Pero ahora, con los fuegos a tope, pues mejor no paro. Un cazo está soltando el olor de la baquelita calentada, mientras, ya me he zampado un par de galletas, que me saben a merienda de crío, a recién vuelto del cole,. a las rodillas negras de jugar en el patio, a los deberes, los dichosos deberes, a aquella vespa amarilla como de cartero que corría por fricción y unos desplegables de cartón para pegar calcomanías que podían ser de carreras de trial o del Desembarco de Normandía, que aún me acuerdo. Me doy el lujo de comerme dos pastillas de chocolate. A mi el chocolate me gusta, pero amargo y con moderación. Pero oye, era el remate infantilón.



Total, que entre lomo y espaguetis para el túper laboral, entre cocciones y picaduras de pimiento y cebolla, entre palos de madera de boj y fregoteo rápido de los cacharros para no dejarlo todo hecho unos zorros, el sabor de las galletas me ha sabido a infancia y a lecciones al vuelo de cocina, entre redacciones y dictados, lecturas y quebrados, de la Mamádelpianista cuando me decía que probase el estofado, los garbanzos, la merluza, lo que fuese.


Me gustan las cocinas.

martes, 11 de marzo de 2008

Las tapas de la sartén

Vaya, Nodisparenalpianista, qué cosa más rara tocas hoy. Bueno, si, es cierto. Si fuese Nodisparenalbatería, o Nodisparenalbaterista, como leí en una prensa muy guay el otro día, al americano modo, como si dijéramos, no sonaría tan estridente que hablase de los platillos, que muy bien no se por qué se llaman así cuando de lo que tienen forma es de tapa de sartén.




Las tapas de las sartenes son un regalo muy del BBVA, Banco de Buisconsin, Vermont y Alabama, muy del gusto de ser asaltado por los cuatreros que se esconden más allá del Rancho de Bonanza

Las sartenes tienen su tapa, ya sabemos, pero luego uno termina comprándoselas sueltas donde pilla, porque o no van, o las compra de cuatro en cuatro -y reciclo las otras tapas- o se pierden. Una vez perdimos una sartén de hierro como las de las pelis del Oeste, en las que James Stewart freía unos huevos y unas salchichas o algo. Oye, perdida, perdida. ¿Dónde está la sartén? Y la sartén que desapareció. Buscando. Y nada, que no, que no hubo forma. Ni en el ropero, ni en el altillo, ni en el almmacén de las cosdas de la limpieza, ni en donde las heramientas, ni en el baúl de los tesoros, todo lleno de gafas de sol, un ajedrez enorme y varios estuches de cartas, de las de jugar y de las de leer. Que ya se ve que vaquero no soy, porque a ver cómo metía James Stewart en el petare de la manta mexicana aquella de colorinajos no ya la sartén y las salchicas, sino los huevos, que es escachan a la primera d ecambio. Y encima el tío hacía café a la luz de la luna, con los lobos aullando de fondo y fumando, ahí en mitad del bosque -que te pilla el ministro y entre el colesterol, la nicotina y la petaca de güisqui que seguro llevaba escondida en la sobaquera, te mete un decretazo que te funde- , lo cual que además de la sarten y la comida, llevaba la cafetera, el café y el monilillo, dos tazas, porque siempre está con otro comanchero y un chisquero para prenderle. Oye, fijaos en el choricillo que lleva dertás de la silla de montar el vaquero, que ahí todo eso no cabe, a ver si no. Y que además cuando están ahí con la panza llena, llegua el arapajoe a levantarles la peluca. ¡Cuidado!, ¡detrás del seto!


Bueno, lo de la peli seguriá en otro rato. Que las sartenes son muy suyas. porque las levantas y tienen condensada el agua. Y entonces qué haces. Porque si las dejas con el pitorrillo hacia arriba, o sea normal, gotea sobre la cocina y lo pone todo perdido. Y si les das la vuela a ver cómo la coges después, que te fríes los dedillos. La semana pasada en una decisión bastante tonta por mi parte, lo reconozco, le puse encima un plato a la tortilla que estaba cerrando. Cuando fui a darle la vuelta me churrusqué un dedo, claro. O sea que fatal. Claro, para ir a comprarlas, que sería lo suyo, lo normal sería tomarles la medida a las sartencicas. La de las tortillas de patatas, la de los huevos fritos, la de hacer el socarrat con lo que queda de la paella, o sea, todas.

Así que si en lugar de hacer el tonto con la güep, hiciese lo que toca, estaría con el centímetro liándome con los diámetros de las sartenes de marras para ir al PacoCien a ver qué pillaba. De todos modos, y ahora que me fijo, James Stewart llevaba un buen ajuar, pero tapas, ni una.

miércoles, 27 de febrero de 2008

El genocidio de los cítricos

A la que llegaron los primeros fríos, la mesa se iluminó con aquellos colores que tanto me placían. Brillantes, frescos, alegres, saludables, líquidos, armóncis, en suma, placenteros. Su piel tersa, jugosa, tierna y perfumada, a veces con rabito y un par de hojas,a veces peladas sin más. En cuanto tuve ocasión, me zampé las dos mandarinas.

Y luego una naranjota de casi medio quilo, puro jugo.


Porque yo me creí las recomendaciones del ministro, o del colegio de médicos o de un frutero valenciano. Los de la salud, que cuando no se empeñan en darle matarile al personal, pues muy bien oye. Ya sabéis, miedo me da el tío del gatillo fácil que a la que te ve un poco gagá, te mete jeringazo y a tocar el arpa. Deja que mi mente se apague, déjame volver a ser niño cuando más lo necesito, déjame tranquilo despedirme como lo que fui, déjame amar las cosas como hay que amarlas, con sencillez, a golpe de risa, a golpe de lágrima, como hacen los críos. Déjame ser niño cuando estoy arrugadito como una pasa, pero calentito como un hogar de esos que tanto me gustaron. Pero eso hoy no toca y los idiotas son incapaces de entenderlo. Hay algo aquí que va mal.

Estábamos en las virtuosas cualidades de los cítricos, que además de irnos bien por los antoxidantes, las fibras, las vitamina no se cómo y el resto de la matraca, están para zampárselos sin descando. Ahora el chavalerío come pocas naranjas porque cuesta uno de aquello y la yema del otro pelarlas. Hay que ser vago, no me digáis que no. Pues eso, que a todas las virtudes saludabnles se le añade que están rebuenos los cítricos. Es que hasta el limón de los yintónics o las limas de las caipiriñas, que me parece que están muy de moda y que una vez me enseñó a hacer un cocinero colombiano mulatón de ojos azules que es que se me caía la baba verle trabajar entre pucheros y que tamnbién me explicó lo que es desgrasar. También hablábamos de Cartagena de Indias, de la cándida Eréndira, del estilo colonial. Cosas de cocina, digo.

O sea que por segundo invierno, por decir algo, que luego están los del cambio climático que si si que si no, me hice el propósito de zamparme al día al menos una naranja y alguna mandarina. Y si bien alguna que otra gripe traicionera y los días de jornada bocatil me han impedido manterer esa media inglesa, me he desquitado algún que otro día liquidándome varias piezas de una tacada y brindando con un buen ginebrazo para celebrarlo.

Un día pasearé por Valencia, por el pario d elos naranjos, por Córdoba, no se, y alguno de aquellos árboles me dirá "tus mondas son la memoria de mi dolor". Y yo le contestaré "si estoy aquí es gracias a vosotros". Y por eso os honro.

El genocidio de los cítricos.

martes, 5 de febrero de 2008

Soy fiel

A mi marca de ginebra.

Para empezar.


Aunque se rebote el bodeguero.



Un día el bodeguero, el auténtico, el padre, o sea, me estuvo haciendo una apología de la Tanqueray por mi buen gusto escogiendo ginebra. Redujo la cuestión a las dos grandes: Tanqueray y Bombay, con esa extraña pasión moderna que le ha dado al personal por la Saphire. A mi, beber cosas azules me da mal rollo. Será porque de crío tenía tebeos de los pitufos, no se. Fuera quedaban la Beefeater -mis respetos a la Reina Madre, que en Gloria esté y que era lo más salado de Buckingham. El orejas es majo y elegante, pero le falta ese espíritu de oso de peluche y Lord Mountbatten le llenaba la boca a uno, pero el pobre no tuvo tiempo de envejecernos bien por culpa de la basura que le mató- y la muy castiza Larios. Ni que hablar de la Arpón que un día cité por aquí y que el sin paro FutBlo - nuesto Orejas con mayúscula- resultó que conocía. Tmpoco el Gin Giró de Menorca, herencia de cuando los ingleses, que se toma en pomada y que es responsable de más de una insensata cogorza. Aquelkla vez los de la radio, en una jornada de extenuante calor, que vimos como el comercial pesado, claro, se agarraba una melopea de campeonato brindando que te brindarás en la pequeña villa en fiestas.





Los marineros, las jais, la zona, Català Roca.



El bodeguero me explicó lo de que la bebida de calidad, tomada con una cierta mesura no tiene mayor peligro que una cierta propensión al pachangueo y cierta dificultad para enherbrar el verbo. Aunque, ciertamente, hay a quien se le desboca la sin hueso, si se da un lingotazo de más. Casuística. Me cuenta una cierta pillería de juventud. En el portal del Teatro, no se si tú lo habrás conocido, me explica, donde el BArrio Chino de antes, a donde iban los marineros y las que iban con los marineros, había una taberna que abría de madrugada, cuando despuntaba el sol. Allí, sacaban una cjaa de madera y montaban un tenderete donde vendían aguardiente, licor y cazalla. Uno, cuando va un poco tocado, ya me entiendes, un día que se le va la mano, ojo, no normal, o sea, si, si, ya nos entendemos, le ayudo, pues eso, lo mejor, una copita, un traguito de orujo y a dormir, con una botella de agua cerca, por si pertoca -que es una catalanada que quiere decir "si es menester"- y oye, como nuevo, ni resaca ni nada. Cuando yo era joven, sigue, terminábamos yendo al portal aquel donde el de la caja, a tomar el orujo y listos, a dormir o a trabajar, porque trabajábamos todos los días. Los marineros, las jais -igual no dice jais, pero es que leo mucho a Umbral- a su aire, peor nosotros no éramos de esos, ya me entiendes. Si, si, le entiendo. Bueno, pues nada a disfrutarla. Y salgo con mi Tanqueray y un buen consejo antiguo, de foto hermosa y de vida de vaqueros casi contemporáneos.

Ya digo, fiel. Aunque el hijo del bodegero no sea lo mismo. Ya aprenderá.

lunes, 4 de febrero de 2008

Soy infiel

Ya está. Así de sencillo, dicho queda y luego que nadie me diga que no cojo el toro por los cuernos. Es que oye, quince días sin reponer, pues te buscas la vida. Porque vale, el bodeguero muy majo y tal, pero ¿qué es eso de que no le reponen las Tanquerays?


Que si en el almacén no hay, que si se les están terminando hasta las Beefeaters, que si a ver la semana que viene. Y claro, la primera semana pues aún, resisto. Que tan blando no soy como para pasarme a la Bombay y que por unos días aguanto. Y el sábado voy. Oye, que no que siguen sin reponer.


Y claro, el bodeguero bailando va, y en la bodega se baila así,al ritmo alegre del chachachá, entre frijoles, papayas y al ritmo alegre, yo me quedo sin Tanqueray. No, no, no, muy malamente. Porque vale, si, apoyamos al pequeño comercio, al tendero de toda la vida frente a la presión de los chinosesos que no duermen y todo lo demás, pero es que ya estoy dos semanas a verlas venir, sin el agua de fuego del hombre blanco. Y eso tampoco.


Si el bodeguero me trae un pedazo de botella como esa, es que le compro ya para los restos. Y a la rubia borracha ya la facturaré para que se vaya a Soria o a Salamanca a estudiar la sangría y a los poetas muertos, que a las sueconas y las auténticas WASP eso les mola mogollón

Total, que me acerco al súper del Corte Inglés y la veo allí, a mano derecha como si dijéramos, nada más entrar. En dos minuticos, asunto resuelto y salgo con el frasco debajo del brazo, oye.


A lo que se ve, mi fidelidad resiste quince días. Pero es que una Tanqueray bien vale darle esquinazo al bodeguero. De todas formas, como me duran poco, a la vuelta de unos días, vuelvo a donde el bodeguero, disimulo un poco y le vuelvo a comprar a él. Como es hobre experimentado, sabrá comprender mi pequeña infidelidad.

Y tan amigos.

PD: Escribiendo esto, me acuerdo e Iñaki, de San Sebastián, de Fernando y del gran, enorme, extraordinario Nat King Cole, cómo no.

martes, 15 de enero de 2008

Las berenjenas del dragón

Bueno

a ver si consigo meter textos directamente en el programa del logro.




Si puedo, pero es él lo crear vamos a dejarlo.





Hoy quería contar os la receta de las berenjenas rellenas de sí mismas al horno. Se cogen tres berenjenas más bien gordas cepo ramas tipo Lech C.P. Lynn no sé si me explico. No no me explico he dicho cepo ramas cepo borró unas no he dicho eso. Te cepo rol as cepo rol rol Brown ni Kronen Rabin Kronen apresto Kronen este que los idiotas.





Voló empezar vuelvo a empezar. Esto suena a película de ganas y mi cara si de arroz y un claro y dar.





Me estoy tomando un bermuda verme un Martín y idiota. Es insufrible este dragón y sí bebo para olvidar no me acuerdo de que poner en la entrada. Quería hablar de berenjenas pero estoy pensando en pegarle una patada a la Mac y norma máquina se reprima con modorra. Redima a Lima reprima reprima redima imbécil. Me refiero a eso que empieza con R. y que sirve a los poetas para qué le case en los versos tan bonitos y que suena como prima pero siempre delante pre y ma PRI ma PRI ma. Amigos poetas, no URSS seis esta máquina en casa unos seis seis en peleéis utilicé Davis 1:06 utiliza es. Además de completamente sordo este dragón nos ha salido un poco rojo sirio Rob Hill yo ro ji dio ro ji dio rojo que redima con rodillo donde poner redima es lo de antes de prima o sea que está peleado con los poetas. Y yo con las berenjenas.





Berenjenas rellenas de sí mismas y al horno.





Tres berenjenas gordas una cebolla ajos al gusto una. ICA de chorizo picante. ICA todito pero si todo pedazo pedazo de chorizo picante. Se escaldan las berenjenas o se meten en el microondas se le saca la carne sin romper la piel. Se pasa por la sartén muy despacio sin aceite la cebolla muy picada el ajo la carne de las berenjenas y el chorizo a trocitos muy pequeños. Cuando la masa está hecha se tritura. Las pieles se pasan por PAN rayado(interrogante porque has puesto pan en mayúscula Sierra interrogante encierra paréntesis(((no habrá lo. Se ponen sobre una bandeja de horno las pieles de las berenjenas en forma de barco para entendernos aunque a estas alturas me da mí la sensación que os me tenéis un lindo trazo de Martini o aquí no se entera nadie. En forma de barco, digo, que se va rellenando con la masa triturada que hemos preparado en la sartén se termina de dar forma con la mano para que quede bien rellena y se mete en el horno muy poco tiempo hay se me olvidaba. Hay a y sin H. se van a pensar que soy pequeño blanco de Plinio Pepe pequeño y gallego y tonto estamos. Sobre las berenjenas ya rellenas en forma de barco, ese polvorear un poco ese polvorear echar PAN rayado en polvo otra vez EN mayúscula, unas gotitas de aceite y alguna hierba tipo perejil oreja no oreja no de dejar las orejas o lejano horno da igual cualquier hierba. Así se mete en el horno poco tiempo y con fuego fuerte para qué se doren y la capa del PAN tiene un poquito dura y tostada. Y aparte.





Va muy bien servir la con lechuga picada muy finita o con unos 500 o con una mientras con unos 500 500 500 sus de eso que hay rojo, verde, del padrón, del pick y yo dic y yo y y dio bueno de ese sitio del sur de Navarra que son triangulares y que va muy bien para rellenar con bacalao carne picada rabo de toro o lo que haga falta. Se puede comer fresco del tiempo o caliente. Este plato lo aprendí de unas monjas 1000 gris y más muy humildes que me cuidaban como a un rey.



Esto lo escribo a la antigua o sea, a mano. Es decir, con las teclas, joer, que hay que explicarlo todo. Aquí, la flota de barcos en el mar con que se hacen los ríos del Belén, que parece que tiene un color raro, pero que a esta hora que ya son casi todas historia sólo puedo decir una cosa de tamaña flota-y no es porque fuesen mías-: que estaban para comérselas, jolines.Y no fueron a luchar contra los elementos, o sea, el hambre. Bueno, seguimos.


Es muy barato sólo necesita un ratito de dedicación. Sabe a gloria os lo garantizo. Y si este programa funcionará un poco mejor o se mandaba por correo o virtual o como hiciese falta unos pin si todos pin si todos pincho los pequeños para que él las pruebas seis pruebas seis las le gusta seis pudiera esconder las hubiera íes con verlas para qué un día a las, Iris pagará que un día las, es. Y aparte.



Es imposible. Un día os invito a probar las y nos tajamos a la salud del dragón/bar que con este nombre tenía yo que imaginarme que terminaría borracho de intentar hacerlo funcionar. Hasta otro día si es que no resisto si es que él lo resisto vale cierra ya idiota

lunes, 10 de septiembre de 2007

Un helado

Esto sería hacia mayo, más o menos. Pasaban muchas cosas en mayo ahora que lo pienso. Bueno, pongamos que mayo, principio de junio. A mi, la llegada del verano tampoco me decía nada especial. Bueno, verano. Digamos el tiempo un poco más suave. Algo menos de lluvia, más rato de sol, una temperatura algo más elevada y las primeras sudadas por el camino de la Fuente del Hierro a pleno sol. Lo propio sería llamarle primavera a ese tiempo, pero últimamente la primavera va un poco de capa caída, será por el calor, será porque la gente, a la que hay un cuartillo más de luz, se arrea lo del top de tiritas y el calzón corto que así van luego las gripes en abril.




Éste es un helado napolitano. ¿A que tiene cara de majete?

Amanecía, ya digo, dos mañanas seguidas con un cierto solecito en mayo y ya era querer ir por la vida en mangas de camisa y gafas de sol. Yo usaba una cosa de aquélla extraña que se enganchaban a las gafas y que las convertía en dobles cristales que polarizaban el sol. Una especie de anteojeras, más o menos. Más cómodo y barato que andar con dos pares de gafas, perdiéndolas o sentándote sobre ellas por despiste. También recuerdo una camisa muy fina, de manga larga y estampada de flores y hojas en tonos marrón suave y beige sobre fondo blanco roto, un poco hueso, más o menos. Me gustaba tanto esa camisa. Sigo a la espera, esto de las modoas son olas que vienen y van, que vuelva lo de la cosa floreada para los caballeros. Entonces me pondré morado.


Pero sigo. Dos mañanas con luz, camisa estampada con flores y hojas suaves, justo lo imprescindible para dar un paseo. Una fotocopia, un tebeo, unos sellos, cualquier motivo era suficiente para encaminarme hacia Iñigo Arista donde había una heladería, que en invierno también vendía pan, o chucherías o refrescos o qué se yo. En cuanto asomaba la luz, un poquito antes de lo de las dos mañanas que cuento, ellos ya sacaban la nevera con los mantecados y los conos de barquillo. Allí, con sus palas, sus colores, las cucharitas esas de plástico transparente tan antipáticas que se rompen si las miras un poco fuerte.
Los helados, pues como el verano, ni fu ni fa. Que si, que me gustan, pero sin aspavientos. Según como, prefiero una horchata. Casi siempre, una fruta fresquita. Y puestos a dulces, pues natillas, flanes, leches fritas o las incomparables torrijas. Y los helados, pues poco, más bien poco. Si son dos al año, lo demás es exceso.
Pero esa tarde de paseo, camisa floreada en tonos tostados, solecito agradable, mi tebeo bajo el brazo, o las copias, o la revista de cine o lo que fuese, me gusta inaugurarlo con un cucurucho de moras. El sabor de las moras me pirraba. Me sigue gustando un montón. Y su color. Y que siendo el helado dulzón por antonomasia y poco dado a aliviar la sed, a mi el sabor de las moras me da la sensación de ser más refrescante que otros. Probablemente no tengo ninguna razón, lo se, pero contra ese tipo de impresiones, poco puede el raciocinio.

Cuestión: que hasta allí me llegaba yo, pedía un cucurucho normal, ni pequeño ni de doce bolas, de moras ¿sólo moras? Eso es, moras solamente, y me volvía paseando sin prisa por los jardincillos de las vueltas de las casas de Iturrama, esquivando a los chavales, a las mamás que perseguían a los chavales, saludando a los compañeros vecinos de por allí, y así mientras iba saboreado el helado, con esa cierta prisa que le echamos para evitar pringarnos hasta el tuétano.

Luego me volvía a casa relamiéndome como los gatos y a la espera de que el siguiente helado, al año siguiente, mantuviese el nivel.

martes, 21 de agosto de 2007

En las calles de Madrid (II)

Un día hablo con Pierrot le Fou, experto en las artes del combinado -aunque no tan ducho en los patxaranes- y le hago la pregunta mágica. Oye, una vez bebí una cosa que se llama como algo de te y que lleva cuatro licores blancos. ¿Cuatro? Si, a mi tampoco me salen las cuentas. Claro, podríamos ir como catetos al Peroni o al Boadas a que nos ilustraran, pero quedaríamos tan mal que la cosa se olvida al momento. Al cabio de unos días, leo en un suplemento dominical algo sobre la bebida en cuestión.

Ésta es la sustancia:
Al parecer, en tiempos de la prohibición del alcohol en los Estados Unidos, la llamada ley seca -que tantas horas de buen cine nos ha proporcionado-, se inventaron todo tipo de trampas para disimular el bebercio. Por la parte de Nueva York, a alguien entre salado y cocido, se le ocurrió echar en un mismo vaso un compuesto de alta graduación a base de licores blancos y con un toquecillo de color que lo hacía pasar por un tierno té frío. Long Island iced tea. Puritita inocencia.




La mezcla sería ésta:


Vodka 2/12

Ginebra 2/12

Ron blanco 2/12

Tequila 2/12

Triple Sec 2/12 (por Triple sec, al parecer se entiende aproximadamente el Cointreau de toda la vida)

Zumo de limón 1/12

Refresco de cola 1/12

Sobre cómo mezclarlo he leído variantes, que si tubo, que si coctelera, que si vaso de cerveza. Juraría que los que os conté ayer fueron con hielo picado y -esto seguro- mezclados directamente en vasos de tubo. Un cañón de bebida, pero suavizada por el agua de los hielos, claro.
Lo mejor de todo es que este complejo líquido no contiene sustancias dopantes, con lo que nos vendrá fenomenal en cuanto montemos el equipo ciclista. Va a haber bofetadas por ser el mejor amigo del aguador...