Total, que una vez más, tiro de sus dibujos para honrarle y desearle lo mejor al Marqués de Daroca. Mis respetos.
Se supone que si no tienes un sitio por aquí, no eres nadie. Una vez superada la fiebre de los dominios, cualquiera tiene su rincon el forma de güeploc. Menuda tontada, pero ya que estamos, algo haremos, ¿no?

s contra Israel y los jaleos de los hombres bomba de Hamas y sus secuaces. Luego les llamo nazis y se lía, pero es lo que hay.
El señor de la manta y pelucón es Gadafi. El del papelico que está de buen año yo diría que es Gómez Navarro -hablando de joyones-, aquel socialista listo que anduvo entre deportes y cámaras de comercio. Y el de la corbaa amarillenta -toca madera- es Antoni(o) Brufau, uno de los más importantes factótums de la nomenklatura butifarrense, ya nos entendemos, y el que no, pues otro día. Los dos de pie no se, pero me dan un mal rollo de cuidado. Pero si hay pasta, o gas natural o petróleo, pues oye, le alabamos los rulos, faltaría más.
Yo de calibres mucho no entiendo, pero eso tiene pinta de perforar chapas bien gordas. Porque hasta yo me he dado cuenta de que no es un cuchillo jamonero. Y que descalzo no hay nadie. Claro que no soy corresponsal de El Mundo.
Yo nunca he comprado un árbitro. Bueno, hay tantas cosas que no he comprado que hacer lista sería casino. Lo fácil, me imagino, es ir y decirle oye, amiguete, si me pitas a favor, te pongo un audi en la puerta. El Audi era un coche bonito que se ha hecho enseña, pendón y bandera del garrulo con posibles. No hay más que ver que es el coche más usado por los cargos oficiales, o sea. O te pongo un piso en Leganés, o en Alcobendas, o en Sant Cugat o donde toque, que ya puestos, hasta le dejas escoger. Y apartamento en Biendorm, o en Marina d'Or o en la Costa Brava, o enfrentito de la Concha, aivapués. Pero por esa vía, por la cosa de los papeles, te trincan rápido. Pues lo ponemos a nombre de la santa. O mira, mejor le ponemos un estanco, que es honda tradición, para dejarla arreglada por si te da por escaparse con una mulatona de metro noventa. De busto. Los estancos, menuda historia. Y mira, déjate de líos. ¿Te gustan los caballos? Pues le ponemos una hípica a la nena. Joer, que tiene tres años. Pues mejor, que cuanto antes entre en el negocio, mejor. Bien visto, ¿no? y, a malas si un día te pones tonto, te decapitan a Khartoum de turno y te sale una peli chula. De todos modos, eso es para árbitrrs un poco burros y para compradores algo bestias, con lo sutil que se puede llegar a ser. Mira, te pongo un piso en Castellfollit de la Roca o en Boyuyos del Jarama y te buscas tú la vida con Hacienda, pero mejor no te lleves este deubedé, no sea que te lo pille la santa, de cuando aquél congreso de árbitros en La Habana, o en Tailandia o por ahí, donde descubriste el arma secreta de aquella mulata, o que la chinita era eso, chinita. Eso tan sórdido era moneda de cambio en Rumanía, por ejemplo, aquel sitio donde un dictador medalla de oro de la Complutente invitaba a los de aquí. O en la Cuba esa del mejor nivel educativo de América y paraíso de la prostitución infantil de habla hispana, que irse hasta Asia cansa la tira y luego te da un maremoto y no hay quien te encuentre enre los miles de suecos ahogados. Digo, que comprar a un árbitro es fácil. Y si no, le agarras un día en un acto con tele y le echas una bronca del catorce, para que se vea quién los tiene bien puestos y que tú eres un mindundi. Y a tragar, que para eso estás, pringado. O pringada, que ahora ya hay árbitros y árbitras, muy bien, salvo el palabro.
