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jueves, 2 de febrero de 2012

Cuento de Navidad para una fría tarde



Estaban los tres mendigos donde siempre, en el primer escalón, hablaban en voz alta y se movían con la mísera lentitud del que no termina una borrachera sino con otra. El paquistaní que se les acerca. Era un ejemplar de mucho cuidado, alto, muy alto, fuerte y con bigotón. Y silencioso. Les tiende una serie de bultos. Toma, por vosotros, ten, o algo parecido. Qué pasa tío, gracias hombre, colega, le responden los tres, lentamente, pausados, indolentes, quizá un poco moribundos, como todos, pero más y sin darse cuenta. Eran galletas, latas, dulces, cosas del supermercado. Imaginé que sería lo que estaría a punto de caducar, cajas rotas, imposibles de vender, las latas de tomate con bollos, cosa de los de Bruselas, pero aún apetecibles. Eh, tío, tómate un trago con nosotros, hombre, le alcanzó a decir uno mientras le alargaba el cartón de vino. No, mi no bebe, gracias amigo, le respondió el paqui bigotón. Y se fue de vuelta a la calidez de su súper, el alivio de los desvalidos, según.

Esto, qué cosas, sucede en una especie de pequeño pórtico de la calle de la Virgen. Y aún hay tontos que dicen que los milagros no existen.