lunes, 11 de junio de 2007

Volando voy

Un día me envío la foto ésta al trabajo y me la pongo de fondo de pantalla.

Echarle fotos a los aviones es una especie de ruleta rusa. No sabes muy bien que es lo siguiente que va a pasar y con lo rápido que se sucede todo, es imposible pensarse mucho lo que harás. Ya terminaba la actuación de la Patrulla y parecía que se iban. Pero sabíamos que ellos seguían por allí. Entonces hacían eso: llegaban desde el mar, hacían esa especie de bucle y daban una pasada estruendosa, considerablemente baja, pintando la bandera. Les estaba viendo de lejos, de muy lejos y se me ocurrió ese encuadre, con un triangulito azul, el mar, para dar la referencia de la posición y, en cierta medida, de la distancia.

Y ¡chas!, estampa.



O sea, que me la mandé al trabajo y me la puse de fondo de pantalla. Así estaba. Un día veo que una compañera mira de reojo y pone cara de ¡huy, lo que he visto! ¿Y qué has visto, chata?

La pobre estaba escandalizada porque había una bandera española en la pantalla. Y le conté. Es la Patrulla Águila, una de las mejores acrobáticas del mundo, los aviones son C-101, fíjate qué precisión de líneas, tres tres y vértice, la trayectoria del giro, tal, y claro, dibujan la bandera española. No vana a pintar la del Congo. Una vez vi a la patrulla inglesa, pero no fueron capaces de pintar la Union Jack, normal. Ya, pero eso es de "facha". No, pensé, no es de "facha": hacer ese comentario es de imbécil y de reprimido que ve fantasmas donde no los hay, pero para mi desgracia, he de vérmelas con especímenes de ese tipo en mi cotidianedad. En España no cabe ni un tonto más dijo el gran Santiago Amón, el pobre. Anda que si levantase la vista y viese cuánto somos capaz de apretarnos...

Bueno, pues de avioncitos; si tenéis oportunidad os recomiendo ver a la Patrulla Águila. Y a la italiana, y a la francesa, y a la estadounuidense y a todas las que podáis. Es una forma como cualquier otra de quedarse boquiabierto mirando el cielo.

domingo, 10 de junio de 2007

En justa reciprocidad...



O como reacción endogámica, como dice el impostor del FuturoBloguero (¡tu futuro es presente!), coloco aquí al entrar a mano izquierda, la dirección de unos vecinos que han tenido a bien ponerme un linc directo a mis gueps para frución y deleite de todo aquel que se anime a disfrutar de mis tontadas. He puesto algunos más de mis fijos, donde suele ir quedando el rastro de mis teclas.


Esto tiene su gracia. Lo he hablado en la vida real y en esta, lo de que es curioso como vamos tejiendo una red de lugares afines por los que no sólo deambulamos sino que incluso participamos diciendo nuestras cosas. Imagino que cada cuál somos como somos, pero alguna afinidad tendremos cuando nos repetimos en las visitas y nos recomendamos. No siendo yo tan escéptico como Pablo (aquel al que llamábamos retablo) que decía que después dela imprenta no ha habido buenos inventos, me continúan sorprendiendo estas cosas que siendo tan de botonicos y misterios digitales, terminan revestidas de tanta sensatez y buen criterio.

Es divertida esta cosa.

sábado, 9 de junio de 2007

El sueño de Mondrian

Exilio.


Broadway.


Jazz.


Terminé como una moto.





Foto:
Una Vespa al lado de casa.
2007.
Hecha con el móvil.

viernes, 8 de junio de 2007

The Cure aquí

Lo habría empezado a oir porque tocaba supongo. Lo que sale en la radio, lo que alguien te dice que le gusta, lo que ves un día de pasada y te llama la curiosidad. Cuatro tiparracos con la cara pintada de blanco, los ojos de negro y el pelo cardado y despeinado. Claro, por mucho que te gusten no te vas a disfrazar como un tonto para parecerte a ellos. Bueno, había gente que si, pero eso como ahora que quien más y quien menos, se sigue disfrazando como para parecerse a no se sabe muy bien qué. Ropa, persona, uniforme. Interesante cuestión, creo.


Camino en busca de los discos más raros, de los discos más baratos. Íbamos al salir de clase por las tiendas de discos del barrio antiguo. Ahora, a estas alturas, a día de hoy, resulta que trabajo cerca de esa zona. Oh tempora...
Una, con discos nuevos y algunos piratas y de segunda mano; la otra, con vinilos imposibles de segunda, tercera y cuarta, de los que tenían grantizada la freiduría de chistorra como dice Marta el otro día en lo suyo. Y allí me debatía entre mi pinkfloydianía militante y mi apertura a sonidos más contemporáneos, por así decirlo. The Cure o Duruti Column -así, con errata-, algo de Depeche Mode y músicas circunstanciales. Solemos ir en grupitos de tres o cuatro cazavinilos. Le damos, según cada cual, a Bruce Springsteen, a los míos, al primer Brian Adams, que rivalizaba con Bruce como rey del rock de taller mecánico, tanteábamos a Siouxie y a Gabinete Caligari -Cómo perdimos Berlín-, descubrimmos joyas como la Orquesta de las Nubes y estábamos rendidos a Radio Futura, claro. Mis dos tiendas eran Kebra, donde charlaba con uno de los dueños sobre cuál era el mejor disco de los Floyd mientras me vendía a setecientas pelas el Faith o el Pornography. Recuerdo cuando le compré el Pomeii. Un día lo cuento.
La otra era Edisons y las dos más que había en la misma calle. Ahí uno encontraba desde sucedáneos gasolineros de Manolo Escobar a rock progresivo setentero tipo Máquina hasta crooners y bandas sonoras. Poliedros musicales sin duda. Ese olor entre el cartón, el vinilo y la suciedad que te quedaba en los dedos, mira, un punki, ese tío lo menos lleva ocho discos para comprar, ese tío lleva lo menos ochenta discos para vender, mira, mira otro de los Floyd, pues traémelo que te tengo aquí dos más de Bruce. Una vez el ayuntamiento tiró media calle y se pulió la mitad de tiendas para dar oxígeno al barrio y abrirlo a la nueva emigración, que son los moros, pero que no se atreven a decirlo. Ay.

También un día, cruzando la calle hacia el metro en dirección a algún lugar, me imaginé un disco, desde la portada hasta la última nota. El Three imaginary boys, con aquella carpeta en fucsia y la nevera. El de arriba, si. Había visto en una especie de cine postmoderno de verano Absolute begginers, la castaña aquella protagonizada por David Bowie, con mi amigo Joan y anduve taladrando no poco tiempo con usar un frigorífico como armario ropero: en el congelador los zapatos de gamuza azul, por supuesto. Porque las botas punkies no cabían. Eso, carpeta fucsia, nevera blanca y allí dándole, la intensidad de Plastic passion, los cambios de velocidad de 10.15 saturday night, Killing an arab basado en el Extranjero según decía Robert Smith, la enterrada Subway song, la clásica tristeza y decadencia de Three imaginary boys, la música perfecta para perderse en el jardín aquel lluvioso, creo que de El sueño eterno, cuando llegaba Marlowe, o Foxy lady, uno de mis primeros encuentros con Jimi Hendrix. Por cierto, en Kebra tenían el disco de Hendrixcon la portada aquella censurada en su día, que remite al Baño turco de Ingres.

Si he de hacer una lista imprescindible de los Cure, información de servicio, estarían Three imaginary boys (el de la calle que cruzaba), Seventeen second (que tantas veces tuve que oir para que me entrase), Faith (uno que escuché una Semana Santa casi sin descanso, como hice otra con el Some Great Reward de Depeche Mode), Pornography (que con su nombre tan provocador sigue siendo la expresión máxima de lo oscuro), The head on the door (que tanto aborrecimos por amarlo, cuando lo convirtierton en superexito de radiofórmula) y Disintegration (banda sonora de no pocos paseos gastados por la pampelunense Vuelta del Castillo. Y el último, vale, The Cure. Y el Mixed up, manía personal, que me compré en Pamplona en la tiendaa aquella de discos que había al lado de La Granja, un día que anduvimos Cefe y yo de tarde y de birras. Supongo que era una especie de epopeya el ir de discos, buscar más barato, encontrar joyas, no poder comprarlas porque ya estabas pelado o encontarte un billete de quinientas pelas esperándote en mitad de la calle, ¡uo! amortizada la compra de hoy. Nada de ir a la FNAC y cargar, como cuando te quedas sin yogures y bajas al Merca a comprar a toda velocidad. Necesario, pero sin gracia. Los vinilos, qué cosas.
PD: me ha pasado una cosa con los vinilos. Luego lo cuento.

jueves, 7 de junio de 2007

La despensa del Pirata

No me acuerdo bien, pero yo diría que fue Fernando quien le puso nombre un día. No hay leche. Ni chococrispis. Pues baja al Pirata y que te venda una bolsa. Y vuelve César que dice que le ha costado un pastón la bolsa de kaiku y la caja, que casi se ventila en ese desayuno.


El Pirata, claro.





El Pirata regenta una especie de tienda de ultramarinos pero vende cosas raras. Por aquí la costumbre es vender en el mismo sitio la prensa y el pan. Y si tienes pan y prensa, lo lógico es tener galletas, leche y cosas así. Unos embutidos, una máquina de cortar embutidos que tiene la grasa pegada en sustratos, una máquina de helados que también tiene el hielo en sustratos, unos botes de alubias y tal para un apuro, atún, bendito atún, que si unas bolsicas de manís y de patatas fritas, cuatro gominolas... El Pirata vende de todo eso. También tiene tabaco debajo del mostrador. Para vender, se entiende, que no se si fumaría o no, pero gastaba unos malos humos que tela marinera.

Porque mucha bromita y todo eso, pero el Pirata era un cretino de tomo y lomo. De hecho, si todo el mundo sabía de quién hablábamos es porque en algún momento le habíamos sufrido sus certeros sablazos de bucanero facineroso. Llevo un romano y dos kaikus. Pues esto es, a ver, y metía el labio de abajo con lo que se le veían algo más los cuatro pelos de barba, entornaba los ojos achinados y calculaba: la leche ciento cincuenta cada una, el pan cien, o sea... Oye, ¿cómo que ciento cincuenta si ayer me has cobrado cien por una bolsa? Mmm, pues no se majo, no puede ser. ¿Cómo que no? y le dices a la chica, ¿no te acuerdds que me las diste tú? Y la otra que pone cara de malas pulgas directamente aprendida del usurero de su jefe. Pues no me acuerdo, no. Pues yo si me acuerdo y eran cien. O sea que ahora no te voy a dar diez duros más. ¡Ay!, eso es que funcionaba la presión y el pirata tenía que bajar las defensas, que si, majo, que si que me estaba confundiendo, que es leche fresca, que me he equivocado con la de cartón, que son setenta y cinco y como eran dos he pensado pues como una de plástico, ya ves. Y claro, lo que es claro, no lo veías nada claro, lo único que podías apreciar era que ese tío haciendo cuentas era tonto perdido o listísimo y que la chica aquella que tenía en régimen de medio esclavismo, una rubiona cuadradota con cara de malas pulgas tenía más malas pulgas que nunca, y que parecía decirte con la mirada algo así como la próxima vez que te cobre yo, te crujo. Menudo peligro tenía.


Con esos antecedentes pues no volvías a no ser que estuvieses muy apurado. Siete de la mañana: ¿César, quién ha sido el idiota que se ha terminado la leche? Yo; me la terminé ayer con los últimos chococrispis. Pues te toca ir a buscar, y come galletas, que ese tío te cobra el triple por la caja de guarrerías que te comes y luego no llegamos a fin de mes. No, yo desayuno chococrispis, es mi capricho, cada uno tiene el suyo. Si, yo galletas, Fernando lentejas e Iñaki el pollo al ajillo. Este tío es tonto, nos repetimos. Bueno, y subo la prensa. Porque el Pirata también puso prensa. César, no subas el Diario Vasco, que no nos gusta. Ay, es que en los otros no habla de la Real. Es igual, ya te hablaremos nosotros de la Real, tú compra El Mundo y date prisa. Bueno, pues El Mundo del País Vasco, aunque hablen mucho de los bizkotxos. César, ¿¡quieres hacer el favor de irte ya a buscar la leche o llegaremos todos tarde!?

Luego volvía. Este tío es un pirata: ¿sabéis lo que me ha costado el romano, la prensa y la leche? Y los cereales, ¿no? Bueno, si, y los chococrispis.

Pues un pastón. Y todo por no ir el día antes a Aundía, que era, así todo junto, el súper donde comprábamos las vituallas envasadas, una cuarta parte más baratas y más frescas -nunca mires las caducidades si compras en ese tipo de antros- que las que te endosaba el Pirata. Es que era un cara: señora, no, serrano no me queda -como si lo hubiese tenido alguna vez- pero tengo esta mortadela con aceitunas que está estupenda, yo la como todos los días. O sea, que eran sobras de mortadela que se había puesto verde y aún había gente que tragaba. Luego también le compraban gominolas y guarrerías los chavales del instituto de al lado, la leche todos los estudiantes despistados de los alrededores, Iñaki Ducados cuando se pulía los cartones demasiado deprisa y Gabriel el periódico, una bolsa de patatas y una lata de aceitunas los días que volvía bolinga, que era, menos los lunes -también hay que descansar-, casi todos.


El Pirata, menudo tío. Uno a veces se acuerda de la gente por las cosas buenas, y otras veces se acuerda de la otra gente por las canalladitas que va haciendo por ahí. Claro que, con esta producción de cantimpalos que nos ha tocado padecer, lo del Pirata era casi una bendición. Supongo que si un día vuelvo para ver mi ventana, igual me acerco para ver si sigue allí. O igual no. Igual no me imagino ese sitio sin el Pirata. Menudo pirata, si.

miércoles, 6 de junio de 2007

Tengo sueño

Iba a poner otra cosa, pero ahora se me ocurre esta.


Es lo que tiene lo del blog, que se te ocurre otra tontada y cambias sobre la marcha. Hablábamos hace unos días en una cosa fuera de aquí -en la vida, ya sabéis- de La tempestad y de Próspero y de aquello tan bonito que dice sobre los sueños y sobre su mundo mágico.


Tratábamos sobre la extraordinaria versión que, de la presunta última obra de Shakespeare, realizó Peter Greenaway, de cómo le vendió la burra a los productores y los danzarines aquellos para pasarse media película en cueros viendo como Calibán hace contorsiones, de cómo nos coló los veinticuatro (numero bonito, aunque algo menos que el veinticinco) libros que rescató en el naufragio. Por cierto, Miranda, hermoso nombre para su heredera, como la chiquita aquella que se insinuaba al duro Harper. Qué cosas...




Este fin de semana el esforzado J (punto), que es uno de los pocos que actualiza todos los días -plasplasplas, cerrada ovación-, colgaba una cosa que devino en ensoñación. Los sueños son lo que son: sueños. No se, ser colega de Tintoretto, tener un buga como el de Alonso, ver lo de Van Gogh en la Thyssen, un traje como los del dux o poder declamar como Sir John Gieguld. Y ¡plas! un despertador dando morcilla.


Pues eso, que nadie nos los robe.

martes, 5 de junio de 2007

La leyenda de la balsa del castillo

Cuenta la leyenda que bajo la cisterna del castillo hay un rey moro enterrado en un cofre de cobre, con todas sus riquezas y que está protegido por espíritus malignos.



Parca en palabras la leyenda esta, puesto que no nos cuenta ni qué rey fue, ni por qué le enterraron allí. Puesta a contar, podría contarnos qué demonios hacía allí tan arriba del monte un rey. Y también a propósito de lo de antes, quiénes son y por qué le custodian esos demonios. Y ya, como malsana curiosidad y, aunque es un poco asqueroso, podía contarse si el agua quedó maldita y con sabor hediondo o si no, si siguió siendo riquísima agua de lluvia de la que bajan los torrentes.




Castelo dos Moros. Sintra


Y es que hay leyendas y leyendas.


Porque otras te cuentan de todo, que si el caballo blanco, que si el príncipe azul, que si la rosa roja, que si el dragón verde, que si la princesa estupenda, de todo. Pero visto está, lo mismo que no todos los reyes son iguales, las leyendas tampoco.


Así es que sabiendo eso, lo del rey moro enterrado en un cofre de cobre con todas sus riquezas, bajo una cisterna de su castillo, lo demás o nos lo imaginamos o vamos dados.