Resulta que Machín grabó su versión pero no tuvo tiempo de interpretarla, para editar, con una orquesta banda o grupo, porque el pobre se murió, demodo y manera que debieron de orquestarladespués y le arrearon unos arreglos que más bien parecen chapuza o estropicio. De todos modos, la grandeza de la canción y del enorme intérprete la hacen una verdadera maravilla, digna tal vez no de figurar en el repóquer de sus mejores canciones, pero sin duda entre las más emocionantes del tantas veces recordado Antonio Machín.
Hace años, tantos ya, escuchaba todas las tardes de domingo, tristes, amarillentas, largas y breves, en Radio 3 el programa que, por entonces, hacía el sin par Alberto Pérez. En su espacio, Corazón Loco, ponía los bailables de la gran época de la voz en castellano, los estándares de aquí y de allende los mares que reinaban en las orquestas y los picús de los 50. Había, en cada programa, dos momentos tremendos: las canciones dedicadas, que interpretaba a pelo acompañado con su guitarra en unas personalísimas versiones dedicadas al personal. Una vez, en pérfida componenda, la HermanadelPianista y este Nodisparenalpianista le pedimos que dedicase una canción a la MamádelPianista, que, claro, se emocionó la tira y tal, lo normal en estos casos, claro. Fue muy bonito, claro, desde Pamplona, desde el otro lado del mar, desde las ondas y hasta la mansiónPianística. Bueno, a lo que íbamos.
Lo otro era cuando ponía una canción de Carlos Gardel seguida de otra de Antonio Machín. Supongo que su escasa audiencia, se descubría ante los dos más grandes. Recuerdo que, en su trabajo de arqueología musical,en una ociasión radió una jota cantada por Gardel en una curiosa isita que hizo por La Rioja en tiempos del Rigodón. Luego estaba Lucho Gatica, la Sonora Matancera, el Trío Matamoros, Bonet de Sampedro, Bola de Nieve, yo qué se, todos los demás. Pero, para que nos entendamos, Gardel y Machín eran la Chapionslí de la cosa. Lo mismo que Sinatra y Tony Benett, que Dino, lo mejor de lo mejor. Como mi admirado Umbral dice -sigue diciendo-, queda el estilo. Y la voz.
Hacíamos piña, sobre todo tras perpetrar a tres voces Adelita, mayormente con Iñaki y también con Fernando, A Iñaki y a mi, Alfonsina y el mar nos encantaba, Tal vez más a Iñaki, ciertamente. Ahora no me acuerdo si he hablado de Adelita. Tenía ganas de tocar el tema un día, a ver si me acuerdo, querida parroquia.
Si, si, ése Alberto Pérez, el mismo que viste y calza y que cantaba -en plano de igualdad, ojo- con esos otros dos. Ya véis, cómo termina uno, el otro y el de más allá
Ayayay, cuánto daño hacen los duros a los líricos.
Luego la oí en otras voces, claro, es un estándar, pero nunca como en Machín, a pesar de los pesares. Años después, terminado Corazón Loco, con Iñaki y Fernando en la distancia, con als viejas cintas perdidas, el tiempo, ya se sabe, escuché la versión de Joan Bibiloni, el acróbata de la guitarra. Y me cautivó otra vez, claro. Pero siguió paando el tiempo, a mi pesar.
Lo que os decía, tras lo de Luz, pinché a ver si era o no era la versión y no era. Pero me volví a reencontrar con Alfonsina tanto tiempo después, a este lado del mar. La historia no termina. Sigue sonando y paro de escribir.
Por hoy. Y viva la radio.


