Hace unos días hablaba Marta en lo suyo sobre su próximo examen. Se me ocurrió que si tuviese que relajarme por ahí antes de un examen -o después, nunca se sabe- ya tendría bien claro el sitio. Y empecé a juntar palabras...
Durante una temporada viajaba más de lo habitual a Madrid. Iba por cuestiones laborales y me solía quedar no menos de tres días y a veces algún fin de semana y todo. Después de lo laboral me solía quedar suficiente tiempo libre como para callejear, quedar con algú compañero de la carrera, ir a ver sitios y perderme por la FNAC buscando singles raros. Una vez, buscando singles de Bjork o de Tricky o parecidos, o sea, raros, vi de reojillo a una moderna con cara de malas pulgas a mi lado, esperando que le diese hueco para mirar. Para mirar los dicscos, se entiende. Entre los discófilos nos solemos dar espacio para poder buscar tranquilos. Aún recuerdo cuando buscabas vinilos y veías a otro que había comenzado por el otro lado. Fijo que nos cruzamos en la M de Marillion, así que cuando llegabas a la L de Led Zeppelin saltabas hasta la O de Ozzy Osbourne -que liquidabas en un pispás, claro- para dar paso y no molestar. Eso si es que el otro disquero no saltaba hasta la J de Joy Division, porque la K de Kraftwerk se pasaba volando por falta de material. Cuando abrí un poco más de hueco vi a la modernilla, pelo corto y vestir así un poco desorganizado. Esta chica me suena. Claro. Salto al vacío. Era Najwa Nimri, que aún no cantaba pero que tenia cara como de quererle pegar dos gritos a alguien, que ni loco le hubiese dicho yo qué tal reina mora, hace unos calamares.
Así que un día veía discos, otro me iba a la Real Academia de San Fernando, otro quedaba con Ioseba y de vino en vino terminábamos de madrugadísima, otro más deambulaba por los alrededores de la Plaza Mayor y así. Alguna vez llevaba las cámaras y echaba fotos. Lo normal.
Otras veces iba al Botánico.

El jardín Botánico es fascinante. Es chiquito, nada que ver con los gigantescos de otras ciudades europeas. Pero es así, chiquito, bien puesto, muy variado, muy agradable de pasear. A la que has ido tres veces, te lo sabes. Te acuerdas de los árboles más importantes y cuando vuelves a verles te da ganas de decir, ya no estás tan verde, chaval; o el rosa de las flores te queda divino. El Botánico es un sitio que siempre está igual pero que siempre es diferente, porque así son los árboles y las plantas. Siempre los mismos y siempre distintos. Vaya, como las personas también, Pero és a es la cosa. Cambia y permanece. ¿Otra vez aquí? Pues ya ves. ¿Y tú qué tal? Echando cortezas, ¿y tú? Pues ya ves, floreciendo, a mi edad.
A mi me gusta mucho un roble seco que hay allí enmedio. Y la escalerita aquella que ha partido una raíz. Y la estatua de la niña.
Un día me pondré a contar a ver cuántas fotos le he hecho, Han sido tantas.
En el Botánico vives cosas curiosas. Una vez vi a una señora japonesa que pintaba las flores en un cuaderno con acuarelas. Estuvimos hablando un poco y me enseñó unas cuantas que había pintado en aquel rato. Parece tan sencillo pintar cuando ves a alguien pintando. Y allí, con su cuadernito pequeño, tres pinceles y una minúscula cajita de acuarelas, le tuve envidia pero de la buena a aquella señora japonesa que renunciaba a las cámaras de fotos para llevarse el recuerdo de algo tan sencillo y tan bobito como las flores de colorines. Otra vez vi a una ancianita que daba de comer a las ardillas. Las ardillas la conocían y comían de su mano. Supongo que las ardillas contagiarán el paludismo, la fiebre del heno y lo de la mosca tsetsé, pero era como de peli verlas acercarse y cogerle de la mano las migas de pan y las cosas que les daba. En el Botánico había bastantes jubilados. Hay que pagar una entradita, pero para los mayores es gratuito. Supongo que por eso es un jardín traquilo, semivacío, seguro. Un placer para los jubilados un poco contemplativos. Y para las abuelas amigas de las ardillas.
Otra vez vi a unos que iban cantando. Eran dos chicos y una chica, creo que italianos, e iban cantando fragmentos de ópera. Cada cual cantaba lo que le tocaba, los otros respondían y a tramos cantaban los tres juntos. Así iban recorriendo el jardín, cantando a varias voces para ellos mismos, pero cuando pasabas a su lado era como si te envolviese su canción. Al ser pequeño, te los volvías a encontrar o los oías de lejos, tras un seto, una sequoya o donde fuese.
La estatua de la niña está en una especie de glorieta, redondel, no se cómo llamarle, refugio del paseante en donde hay unos bancos y te cubren las hiedras, los cipreses, los abetos azules, unos árboles que hay por allí. Está en sombra y cuando hace calor puedes echarte la tarde allí fresquito ,escuchando las hojas mecerse al aire. O escuchando a los ocasionales italianos dándole a las arias. En una ocasión estaba montando el chiringuito de las fotos. Llevaba dos cámaras y combiné varias películas, los objetivos, el cuaderno para las anotaciones de las tomas, toda la parafernalia. Oí unos pasos. Eran un papá y su chavalín. Ves lo que hace este señor, le preguntó el papi al nene. Y yo buscando al señor. Ay, vale, que era yo. Y le expliqué que estaba haciendo fotos y que intentaría cambiarle el color a las ramas y a las hojas, porque usaba un carrete mágico que podía transformar los colores a mi antojo. El niño estuvo con la boca abierta un rato y vi cómo me observaron mientras hacía mis fotos. Otra vez anduve mareando a una chica que se había sentado a leer allí, con mis cliclic de las fotos y todo aquello. Yo creo que di un poco la murga, pero no me tiró el manual o lo que leyese a la cabeza, así que bien. Agradable.
Hace tiempo que no voy. Que voy con el tiempo justo a ver mil cosas y si me da tiempo, el Botánico. Pero no me da, así que paso cerca, estoy a punto. A punto, a punto, pero al final no entro. Allí, haciendo cola para El Prado, pasando por los tenderetes de los libros y pensando, jolín, tres pasos y estaría dentro. Pero hace tiempo que no. Pero volveré. Claro. Volveré y repetiré las mismas fotos, los mismos pasos, las mismas hojas. Volveré a la rontondilla esa, al descanso del paseante que decía y volveré a hacerle fotos a la niña del mandil que tiene un clavel entre sus manos y que siempre lo mira mientras acaricia sus pétalos del color del bronce de las estatuas.
Me gusta ese sitio. Me gusta hacerle fotos a la niña del Botánico. Un día levantará la vista y descubrirá que seguimos allí.