sábado, 10 de marzo de 2007

Días de julio



Pues a pesar de toda la que se lió, no me acuerdo del año, ni del día casi. Ahora miro y lo concreto. Sería sábado. Sábado sanferminero. Yo casi no habría dormido, pero es que hay tantas cosas que hacer y ver a todas horas en sanfermines que no merece la pena perder el tiempo durmiendo. Estoy en casa de Iziar y le digo que voy a ver a mi amigo Josetxo que anda echando horas en la barra de la cafetería del hotel Ciudad de Pamplona. Luego nos vemos. Vale.
Ese es el hotel donde se suelen alojar los toreros que lidian en la Feria de San Fermín, una de las grandes de España, cita taurina mundial. De hecho, la de Pamplona es la única plaza de primera categoría que no tiene temporada completa. Para que luego se tomen a pitorreo lo de la pachanga taurina los memos que no tienen ni idea del asunto. Hay que leer, prendas.
Estábamos en lo de Josetxo y el Ciudad de Pamplona. Ese hotel, el primero de Antonio Catalán y bandera del grupo NH entonces, ahora AC Hoteles, es una de las joyas de la ciudad. Está en el que era mi barrio, uno de los mejores para vivir en Pamplona, pero eso lo dejo para otro rato. La cosa es que llego, me acerco a la barra y al poco veo a Josetxo. Hola, tal, qué pasa, cómo va, un segundo que he de poner unas copas, ahora vuelvo, jajaja.
Hay un cierto bullicio en la cafetería, pese a que se nota una relativa tensión en el ambiente. En parte es por la inminencia de la corrida. Allí hay mayorales, miembros de las cuadrillas que ya han toreado y que se quedan para pasar unos días en la feria, periodistas, ganaderos, de todo. Veo a Sánchez Román, el de la tele, saludando y charlando, muy serio, casi enfadado. Falta muy poco para el comienzo de la corrida, así que más le vale que corra o no llega, con el lío que suele haber alrededor de la Plaza a esas horas. No se si será por eso, pero con lo agradable que es en la tele aquí parece un tanto malhumorado, aunque me imagino que es la cara que tenemos todos recién levantados y a punto de ir a trabajar.
En parte es por lo otro.
Entre café y copa, hablamos Josetxo y yo de cómo nos va. Han pasado cuatriaños desde que nos graduamos y ya estamos metidos en la cruda realidad. Bueno, está bien, lo que se esperaba, probablemente. Nos ponemos al día de las cosas, de las noticias sobre los compañeros, un poco de cotilleo, como cada vez que nos encontramos viejos compañeros. Oye, qué sabes de éste, y de la otra y así. Él ha seguido estudiando porque tiene un proyecto mucho más trabajoso, y como la hacienda da para lo que da, en sanfermines se saca un buen dinerito en lo de la cafetería. Además, por lo que parece, la gente es generosa con las propinas, con lo que el negocio aún resulta más provechoso. La tarde es muy luminosa, el Tour ha ido bien y la ciudad vuelve a despertar camino de otra noche bulliciosa.
Pero todo se para.

-¡Le han matado, le han matado! –grita alguien

Un breve silencio. Todos miramos hacia la barra.

-Poned la radio

Algunos teléfonos móviles -aún hay pocos, pero ya se hacen notar- empiezan a sonar y la confusión se extiende. Lo han hecho, le han matado, se repite de voz en voz. Pero de pronto alguien grita más que el resto.

-Está vivo, está herido, pero está vivo. Un cazador, le ha encontrado un cazador o así...

Las informaciones son muy confusas aún. La reacción es extraña, Nunca he visto nada igual. De pronto no había conversaciones, no había grupos de gente, todos éramos uno escuchándonos y mirándonos.
Le han recogido los de la DyA. La DyA son las ambulancias. Me encanta su lema Detente y ayuda, estupendo para una ambulancia en general o para cualquier persona en particular. Tantas veces pasamos de largo. Parece que alguien le encontró en el monte o en un bosque o así y que la DyA le recogido. También parece, pero es que las noticias se confirman y desmienten a toda velocidad, que se mantiene vivo y que lo llevan a Cruces o a no se dónde.
Uno de los taurinos, no se, mayoral, pastor, ganadero, es lo de menos, un tío más grande que un castillo, piel curtida, pelo entre rubio y cano, rizado, solo, se pone a llorar. Aún, ahora cuando escribo esto, se me sigue poniendo el nudo en la garganta cuando pienso en cómo sufrió aquel hombre, en cómo lo exteriorizó y como lo compartió con todos. El mundo del toro es duro y hermoso. Los taurinos viven de cerca la vida y la muerte, el hambre, la gloria el sacrificio. Unos antiguos. Las cuadrillas, los toreros se dejan los dientes, se dejan la vida en las carreteras yendo de plaza en plaza, ven cómo a los amigos les agujerean los pitones, las pasan de quilo, se han de cortar prematuramente la coleta porque no hay plaza para tanto maestro y sólo unos poquitos pueden llegar a vivir como un torero. Ver a un tipo que -esto es novela mía, pero basada en la realidad- estaría curtido en mil batallas, con las manos peladas de trabajo y de dolor llorando con el desconsuelo de un niño delante de todos, sin pudor, como un sentimiento crudo fue una imagen del dolor puro, vivo, inconsolable. De verdad.
Uno que grita:

-Vamos a buscarlos, vamos a por ellos y la liamos –y se oye alguna burrada más.

Y todos que le dicen que no, hombre que no, que nosotros no, que eso lo hacen los otros, pero nosotros no. Pues vamos a la sede y nos quedamos en la puerta hasta que nos echen. Eso si, pero sin animaladas. Y la mitad del personal que se va para allá. Josetxo y yo terminamos nuestra conversación precipitadamente. Él se queda en la barra como los otros camareros, pendiente del transistor a ver si confirman si sobrevive o qué. Oye, me voy. Vale.
Vuelvo al piso y me reencuentro con Iziar. Vemos en la tele las noticias y nos enteramos que esta muy cascado. Mucho, mucho. Calibre muy pequeño, casi de juguete. Las balas pierden velocidad al romper el hueso y rebotan dentro del cráneo. Dos tiros. Dos veces. El cerebro ha de estar triturado. Hay que tener unas ganas de vivir increíbles para aguantar siquiera un rato con esas heridas.
Hemos quedado a alguna hora y nos reunimos con el resto de gente. Nos sentamos en un bar que siempre me disgustó, pero ya se sabe, si sales en grupo te adecuas a lo que dice la gente. Allí debatimos sobre el tema. Indignación pero contenida. Se han pasado. Esto es demasiado. Así no se puede ir. Hay que suspender el cencierro, Y los toros. El encierro no, los toros si. Todo, nada, el debate de siempre, qué es mejor hacer cuando tienes miedo.Espontáneamente nos vamos quitando los pañuelicos. Es nuestro luto, se supone. Al bolsillo o atado en la muñeca. Como justo antes del Chupinazo pero sin sonrisas. Algunos quieren ir a atarlo a la puerta de la sede del partido, que está tocando la plaza Consistorial. Frente al Ayuntamiento ha habido una serie de concentraciones en los días precedentes. La Policía Nacional ha estado acordonando la sede para evitar la tentación del asalto, pero era sido innecesario. La presión es evidente, cantos, abucheos, pero siempre de modo pacífico y cívico. En una de las manifestaciones un animal da vivas a los malos e insulta a los buenos. Aunque unos animan al linchamiento es la propia base de manifestantes quien le hace un cordón y le obliga a salir de allí. Hay gente que llora tras los insultos de esa alimaña.

En la enorme puerta de madera han empezado a atar pañuelicos. De pronto, parece un tapiz de sangre, un recordatorio permanente de lo que hay dentro y de los que estamos fuera.
Esa noche alguien le prende fuego a ese duelo popular; los pañuelos arden porque es lo único que pueden hacer. Probablemente hubiesen preferido los linchamientos para poder justificarse y seguir perpetuándose, como en el 89. Pero por primera vez están acorralados. Ellos lanzaron un órdago y a cambio lo han perdido todo, han hecho más daño que nunca, pero en lugar de acobardarnos, nos han hecho más fuertes. Por primera vez. Hoy no se atreven a bramar, ni a empapelar la calle de carteles subversivos, hasta han tenido que cerrar las herriko tabernas porque están muertos d emiedo, porque en privado te dicen que esto no se puede hacer, que ya no pueden seguir más así. Han perdido y ahora lo saben, por eso procuran crear el máximo dolor mientras se baten retirada.
Por la mañana, sobre los restos chamuscados, crece otra bandera de pañuelicos recién atados. Como si hubiese rebrotado del dolor una fuerza renovada, los pañuelos fueron un decir ya está bien, aunque nos queméis seguimos, siendo más, somos mejores y estamos dispuestos a resistir.

97. Diez años. Las cosas han cambiado. Todo aquello no sirvió para nada. Aquella muerte no valió para nada. El hombre-castillo derrumbándose entre lágrimas no valió para nada. El sacrificio, el asesinato, la vida regalada no sirvió para nada.
El imbécil ríe.
Y la fiesta sigue.

jueves, 8 de marzo de 2007

Secretos inconfesables

El otro día, en una jornada tediosa y sin posibilidad de remisión, el amigo Pierrot le Fou y este nodisparenalPianista que ahora les escribe decidimos confesarnos algunos de nuestros secretos más íntimos. Yo que se, conversación de retrete de chicas, de aficionados al furbo que ven a su equipo perder, de tunos recién apedreados o de taja calabacera en el último bar, One for my babe... que decía Sinatra.

Pues en un arrebato de cruda sinceridad, desnudamos nuestros corazones y pusimos negro sobre blanco uno de los secretos más inconfesables que puede tener un ser humano: Las pelis en las que nos hemos dormido.

Amigos güeperos, compartid nuestro dolor y explicadnos en que peli vuestros ronquidos hicieron que el acomodador os echase de la sala. Más que nada para deprimirnos menos y llorar las humillantes penas juntos.

1. El Padrino 3 (nodisparenalPianista)

Es que ni con un pie en el otro barrio se le cambiaba la cara de pavisosa...

Si es que me gustaba, pero estaba muy cansado... Aivá, han matado a la chica... ¿me cuentas la última media hora? eso es muy inconfesable... dormirme del todo, no recuerdo haberlo hecho, pero tener que luchar contra el sueño, sí. la excusa: la hora .


2. El sabor de las cerezas, de Kiarostami (Pierrot le Fou)



Este tío no es una cereza, así que será el del camión que las reparte al Mercadona...

Que sí, que me gusta mucho el cine iraní, pero hay días que...


3. Los siete samurais (nodisparenalPianista)


Ese pedacho de chinorr que viene de Bonansssaaaarrr...

Te lo imaginas doblado por el Fistro y es que te partes

Que si, que estaba rendido... ¿Otro chino? ¿pero no es el de antes? ¿Y por qué abre tanto la boca? ¿Es que no puede estarse quieto y correr más rápido? Bueno, a la vez no, ya nos entendemos...


4. Una de Greenaway, creo que era The baby of Macon (Pierrot le Fou)

Como el patas tropiece con los bolos...

"de beibi of masooooon", como decía un profe mío más bien pedante (también decía Kracccccauer)

5. Casablanca (nodisparenalPianista)



Anda chato, que me has puesto garrafón en lugar de Dyc, que me se salen lo jojos de las órbitas...

Si, Casablanca. Fueron varias veces. Vamos, muchas. Muchas veces cansado. O sea, que me gustaba, pero a la mitad me trasponía y perdía el hilo. El día que supe lo de Ugarte y los salvoconductos -octavo visionado, lo menos- se me saltaban unos lagrimones de vaso de carajillo, lo menos.


6. Satyricon de Fellini (Pierrot le Fou)

Si es que de Italia ya se sabe, lo mejor de lo mejor...

(candidata a la lista de grandes fiascos de grandes directores): pero no se había muerto ya el del taparrabos? y Mastroianni cuándo sale?

7. Caro diario (nodisparenalPianista)

Nani, majo, eres un brasa y das el cante, que lo sepas

Oye, me dice mi acompañante, a que ha sido bueno cuando lo del puerto. ¿El puerto? El puerto... ah, si, mucho, y lo de la calle de adoquines. Si, pero el puerto, ¿qué me dices? Uf, pues que ni lo vi entre sueños. Bueno, eso sólo lo pienso. Obra maestra. Lo que tu digas, nena.

8. Twin Peaks (la serie) (Pierrot le Fou)

Igual va siendo hora de cambiarse el móvil, ¿no?

Mi hermano se empeñaba en verla cada semana y yo me sobaba invariablemente. eso sí, el enano bailongo me despertaba

9. La diligencia (nodisparenalPianista)
Si lo llego a saber, me cojo un tasis
Si es que está muy bien, creo...
El día que la consiga ver entera lo confirmo

10. Cielo sobre Berlín (Pierrot le Fou)

Bueno, al menos uno se duerme entre nubes de algodón o nórdicos de pluma.
Edredones, digo, no dependientes del Ikea un poco p'allá
Pues sí, la vimos a la segunda, la primera intentona quedó sumergida en ronquidos


Mención especial
Solaris (nodisparenalPianista)

Menuda insolación, al final yo creo que veía doble
Fue una dormida general en el aula donde la veíamos... la concentración inestable de neutrinos nos narcotizó a todos. Aquel solecico y el calor estudiantil... como moscas caímos.



Gran premio del público
La aventura, de Antonioni (Pierrot le Fou)

Ha de ser tremenda: hasta Monica Vitti está pillando postura

Menuda tortura, un aula para 100 personas con una tele de 20 pulgadas colgada de la pared como en los bares

miércoles, 7 de marzo de 2007

Director en Alaska

Hace unos días leí en los obituarios de la prensa la nota sobre el fallecimiento de un músico. Hasta ahí todo normal. Normal dentro de un orden. y no me refiero al mal rollo de Peter. Es decir, que los músicos también se mueren y suele saber mal que eso les pase a ellos y al resto del personal. Era un director de orquesta. Nada del otro mundo, también pasa. Pero lo curioso es que fue el primer director de orquesta de Alaska. Ahora no tengo el nombre a mano, pero no haré como mi admirado Umbral, que pasa de estas cosas. Claro, porque los detalles te dan igual, basta con recrearse con su brillante, vallisoletana y otoñal prosa para admirarle, deleitarse y disfrutarlo leyéndolo. Pero yo no doy ni para un cuartillo, así que luego lo busco y lo pongo.
Al parecel el hombre cuando juntó suficiente bagaje profesional y unos cuantos dólares se fue a vivir a Anchorage y allí fundó una orquesta. El director en cuestión, no Umbral, que bastante tiene con tirar libros malos a la piscina, que será como el Lago Ness lo menos, porqe están los letraheridos que es para echar cohetes; pero no nos desviemos.
Tenemos a aquel hombre, apasionado de la música -digo yo-, viviendo en Fairbanks, con un frío de un par de pingüinos y dándole a la batuta para solaz y deleite de sus convecinos y renos. Y allá que se fue, con su banda, en el trineo de perros, con la tuba y toda la cosa, dando conciertos por toda Alaska.
Fue, al parecer, el primero que dirigió una orquesta en el Ártico o en el Antártico, pero críticas tampoco hemos leído, porque me temo que aparte de osos blancos, leones marinos, pájaros bobos y bichos así, allí me da que poca más gente le oiría.
Alaska es muy atractiva. Ha de ser una tierra de historias raras. Y digo por la serie, pero también en general. No en vano ya tenían que estar aburridos los asiáticos orientales para cruzar a pie el suelo helado del Estrecho de Béring, poblar todo un continente para terminar bailando riguitón. Una tierra donde la noche tiembla y se ilumina como en cortinas de colores, donde la noche se va de vacaciones una buena temporada y los habitantes han de taparse los ojos para no volverse locos viendo y viviendolo todo sin descanso.
Y luego el Doctor, claro. De esa serie, a los que nos gusta, podemos contar mil anécdotas. Recuerdo una. Más que anécdota, situación. Un verano tremendo, un agosto que parecía julio por cuatro. En Televisión Española, empeñados en que nos volviésemos locos, reponiendo a la una o así los capítulos a revoltillo. Un día sueltos, otros de dos en dos, otros primero el torneo del Colo Colo y luego en plan clandestino, así todo el tiempo. Que un día salía Chris Stevens con melenona y al día siguiente pelo corto y barba, y al de más allá, pañuelo pirata y recién afeitadito, que decías no puede ser la de postizos que tiene este hombre y la pasta que se debe de gastar en la barbería.
Y allí estaba yo, solo en casa, sudando la gota gorda en el sofá de piel viendo como O'Connell aterrizaba la avioneta y deseando las cervezas fresquitas de Hollin Voncoeur.

Como todos, supongo, le echamos un ojo a lo del viaje alasqueño, que salía por un dineral, y la cosa estaba bien pero no tanto. Con el tiempo han editado dos temporaditas pero por lo de la piratada te puedes bajar la serie entera. Aunque está feo, ¿verdad Teddy? Al menos nos queda eso, no ir a Alaska, pero grabarte toda la historia de Cicely en deubedé piratón. Menos da una piedra.
A mi, de estar en Alaska, lo de la radio, la KBHR, me gustaría mucho. Lo de la avioneta también. Y, me temo que si tuviese oido y gracia para lo de los instrumentos, hasta me animaría a liarme en la orquesta de este señor, que se llamaba Gordon Wright. Pero quién es capaz de irse de gira entre las nieves con un piano a cuestas.
Descanse en paz en un lugar aún más hermoso que su hermosa Alaska.

martes, 6 de marzo de 2007

Más sobre quioscos

Os decía lo de la foto del quiosco, tomada con el móvil. Menuda tontada, pero lo que te ríes.
Como el texto me bullía en la cabeza antes de tener el nuevo artilugio, me puse a pensar en una foto de quioscos para ilustrar lo de ayer. Y resultó que me acordé de esta.


Es un quiosco, si, pero de música. Está en Lisboa, en el Jardin de la Estrela, que es como una especie de bosque en mitad de la ciudad. Estuve alojado en un hotelito justo a un lado de ese jardín, con lo que todos los días lo cruzaba al menos una vez. Cuando tomé esa foto, aproveché para hacer unas cuantas más. En esta hay un señor ciclista custodio de dos vehículos, qué cosas.

Recuerdo que se me acercó un ancianito portugués, o sea tremendamente educado, que se puso a charlar. ¿De dónde eres? De España. Ah, España, decía haciendo aspavientos, qué gran país, ustedes son como nuestros hermanos mayores. Bueno, le decía yo, a veces como hermanos tontos, porque les tratamos de mala manera y deberíamos aprender mucho de su exquisita educación, de su saber estar y de su flema, seguro aprendida de su tradicional buena relación con los británicos.
Claro, eso serán los capitalinos, dirán los de la raya, porque los de aquí son lo peor de lo peor. Pues igual no les faltará razón, pero por lo que yo he conocido, cambio los modales lisboetas por todos los demás.
En Barcelona también había un quiosco de música en un jardín. Recuerdo de crío que me llevaba mi abuelo el domingo a andar con el triciclo y a hacer el tonto, hoyos en el suelo y así, me compraba un tebeo del Pato Donald y en el quiosco la Banda de la Policía Municipal tocaba sus cosas. Musicales, digo.
La última vez que le vi recibir un uso musical al quiosco del parque fue porque unos tíos muy modernillos con una cinta de caset de tangos estaba dándole al yirayira para enseñar al pelotón de los torpones a no liarse las piernas como Lina Morgan mientras intentaban perpetrar el baile. Del lunfardo al patufet, siempre nos quedará Gardel.

La otra cosica que se me ocurrió mientras hacía lo de ayer era lo de la alimentación y las letras. La cuestión es que en Pamplona, y yo diría que no en muchos más sitios, la prensa la venden en el mismo sitio donde el pan, de manera que uno llega y le dice al tendero: un romano, dos kaikus de bolsa y un diario, que quiere decir una barra de pan de esas planas y rectangulares que son parecias a las chapatas pero mucho mejores, dos litros de leche fresca, de la que dos días se pone mala y el Diario de Navarra. El solícito tendero dispone toda la mercancía y el ciente mete en mitad del periódico doblado el pan, como si fuese el encarte de la Historia de las Tazas Chinas de Barro Esmaltado (que iría con cupones), se lo coloca debajo de la axila, por no decir sobaco, agarra las leches y a casa.
Pues tan cancerígena no será la tinta porque a la peña se le tendría que caer la lengua a trozos. Por lo que pueda ser, leed la prensa pero no os lo tragueis todo, que hay gente que no se sabe dónde mete la mano antes de ponerse a tocar el piano.

lunes, 5 de marzo de 2007

El quiosco

El otro día me cambié el zapatófono móvil y he cogido uno por dos duros y
con cámara de fotos para hacer pijadas como ésta.

Hacia la mitad del trayecto que recorro diariamente en bicicleta camino del trabajo, paso junto a un quiosco. Me gustan los quioscos. Suelen ser como los bazares de las palabras y de las imágenes, donde hasta el más denostado mercachifle de los mass media -cursi, cursi, recursi- puede intentar colocarnos su burra en cartoné y pantone para solaz y deleite de nuestra vista y, a veces, hasta de nuestra mente. El exceso de letras aturde e incluso aloca, como dicen que le ocurrió a Quijano; y dice tambien la cosa de la leyenda que la tinta es cancerígena. No se yo, porque los amputados de dedos suelen ser exempleados de serrerías, y no devoradores de papel prensa. Devoradores en lo metafórico, porque me da que si comiésemos periódicos si que nos daría algo muy malo por la zona de los bajos.
Me he acordado de otra cosa, pero esa os la cuento mañana, impacientes.
Pues eso, un quiosco.
A la hora que paso está el señor que lo atiende montando el chiringuito. Las montañas de periódicos, los encartes, los albaranes y las devoluciones. Y allí que paso, zigzagueando entre la farola, el aparcamiento de bicis, la pila de sillas del bar de enfrente, las mesitas donde coloca la prensa, la señora rubia gorda que está esperando el taxi, la otra que corre hacia el autobús que siempre le para fuera de parada y el semáforo que con su tonta cadencia parece que o nos mire o nos retrate verde, naranja y colorado.
Ese quiosco estuvo de traspaso una buena temporada. Al parecer nadie picaba. La verdad es que está situado de una manera un poco extraña y los peatones han de desviarse un poco de la marcha para comprar. La peña que lee poco, los gratuítos que dan mucha morcilla y que se trata de una profesión de horarios largos, márgenes cortos y calendario cuasi estajanovista; pues aquello no lo cogía nadie.
Y un dí vi al señor de la perilla regentándolo. Es silencioso, ordenado y educado, lo que ayuda en su trabajo. Alguna vez le he comprado la prensa y tal, pero siempre de peatón. De ciclista sólo le esquivo. Que no es poco, por otra parte. A las horas en que lo hago, casi nunca ha empezado a vender, sólo de vez en cuando algún tipo en mono azul le compra los deportivos, que ya son horas y ya son ganas, la verdad.
Me gustan los quioscos y me parece meritorio el trabajazo que se pegan los quiosqueros, y más, tras haber tenido la oportunidad de echar una mano en uno durante una temporadita. Entonces se agradece que la gente sea educada y respetuosa -bueno, eso siempre, ya me entendéis-, que te facilite el cambio, que no se mosquee si te equivocas y le das el Auto 4x4 en lugar del Motor 16 y que te diga "bueno, ya está bien así" al ver el churro de celofán que te ha quedado al intentar envolver no se que chorrada de regalo que pide el cliente.
Si os quedáis con más ganas de quioscar, leed aquí y aquí también que os gustará.

domingo, 4 de marzo de 2007

Lo de los okupas

O Grunges. O escuáters, o guarros variados, para qué andarnos con chiquitas.
Están en el barrio que se apropiaron los de la patá en la puerta, que primero fue el barrio antiguo; que según lo fueron desalojando los enriquecidos, lo habitó la purria más pobretona del momento, o sea, los judíos; que tuvieron un triste final en la guerra (ojito a los imbéciles que se llenan la boca hablando de genocidios de medio pelo: de 115.000 judíos berlineses sobrevivieron solamente 5.000. o sea uno de cada veintitrés, un 0,23%); tras la cual terminó por caer en el lado soviético que, lejos de dárselo a la famélica legión para que mejorase su calidad de vida, lo despanzurró hasta convertirlo en un suburbio empobrecido y cochambroso.
Y zas, cuando se fue el muro abajo, llegaron los listos de la contracultura. Qué original, qué alternativo qué in, qué tal, pero está vietato di prendere stampi, las esculturas cuestan un ojo y la yema del otro y pese a lo integradores muy majos que son todos no dejan de mirarnos por encima del hombro a los que hemos procurado respetar esa curiosa y antigua costumbre, hoy cada vez más en desuso, de pegarnos una ducha, como todos los días y confiar en que Rexona, Sanex o quien fuese menester no nos dejase en la estacada y con cante en el alerón.





Al otro lado del solar, en la parte que no se ve pero que queda frente por frente del mural, está esa antigua fábrica tan famosa que fue reconvertida en centro de cultura alternativa. Todos los tontos que salen de ella con la boca abierta, además de papar moscas, se dan en toda la vista con los Romualdiños de la Nike. Qué cosas tiene la (anti)globalización.

Uno iba con la idea de que aquello era toda una zona de nueva cultura emergente, alejada de los canales oficialistas y subvencionados, una especie de reedición de la efervescencia berlinesa del primer tercio del siglo, o de la mitad y final de los ochenta. Pero no, los tugurios de tés medio morunos, los neorastafaris, lo DJ y los escultores de vertedero son los mismos que en cualquier otro sitio. Manuchaos y Hamparanoyas de Albacete o de Dusseldorf, fumadetes y si duchar, que pegan el pelotazo de su vida, cuando la firma esa de zapatillas les pide que les pinte el megamuralón estilo favela, que para lo del mundial del fúrbo queda mucho mejor que el burqguesito Beckham, dónde va a parar.
Creo, además, que las rastas crían pulgas. Lo menos.

jueves, 1 de marzo de 2007

Señor Presidente


Señor Presidente:

ni yo soy Boris Vian, ni usted lo merece. Pero en realidad da un poco igual. Si al final sus sicarios o los de sus amigos de la paz deciden terminar con nosotros, seremos como el de la canción, nos dejaremos tirotear.

Señor Presidente, le debe usted una explicación a estos ciudadanos.

Vicente Romero

Juan García Jiménez

Esteban del Amo García

Fausto Escrigas Estrada

Eugene Kent Brown

Juan Mateos Pulido

Alberto Alonso Gómez

Vicente Domínguez González

Juan José Catón Vázquez

Juan Carlos González Rentero

Carlos Vesteiro Pérez

Ricardo Sáenz de Ynestrillas

Francisco Casillas Martín

Jesús Gimeno Gimeno

José Joaquín García Ruíz

Antonio Lancharro Reyes

Andrés José Fernández Pertierra

José Calvo Gutiérrez

Jesús María Freixes Montes

Santiago Iglesias Rodino

Carmelo B. Álamo

Miguel Ángel Cornejo Ros

Juan Ignacio Calvo Guerrero

Javier Esteban

Ángel de la Higuera López

Pero, vaya, se van a quedar sin ella, porque al parecer lo del mundo futuro a usted le deja bastante igual. Si al menos hablásemos de arquitectura... Pero no nos desviemos.

Ya que la de ellos se la ahorra, ¿qué tal si nos la da a los demás? Más que nada por despejar la incógnita, la X, ya sabe de lo que le hablo. Tendría una gracia putrefacta que al final la coalición fuese entre los hombres de paz y los de la colonia aquella tan nombrada que inspiraron los de su camada.

Pues nada, señor Presidente, si antes no nos liquidan o nos fríen en cal viva, tendremos una cita o dos dentro de poco. Que le vaya a usted bien, pero si no es mucho pedir, que a la justicia le vaya mejor.