Al parecel el hombre cuando juntó suficiente bagaje profesional y unos cuantos dólares se fue a vivir a Anchorage y allí fundó una orquesta. El director en cuestión, no Umbral, que bastante tiene con tirar libros malos a la piscina, que será como el Lago Ness lo menos, porqe están los letraheridos que es para echar cohetes; pero no nos desviemos.
Tenemos a aquel hombre, apasionado de la música -digo yo-, viviendo en Fairbanks, con un frío de un par de pingüinos y dándole a la batuta para solaz y deleite de sus convecinos y renos. Y allá que se fue, con su banda, en el trineo de perros, con la tuba y toda la cosa, dando conciertos por toda Alaska.
Fue, al parecer, el primero que dirigió una orquesta en el Ártico o en el Antártico, pero críticas tampoco hemos leído, porque me temo que aparte de osos blancos, leones marinos, pájaros bobos y bichos así, allí me da que poca más gente le oiría.
Alaska es muy atractiva. Ha de ser una tierra de historias raras. Y digo por la serie, pero también en general. No en vano ya tenían que estar aburridos los asiáticos orientales para cruzar a pie el suelo helado del Estrecho de Béring, poblar todo un continente para terminar bailando riguitón. Una tierra donde la noche tiembla y se ilumina como en cortinas de colores, donde la noche se va de vacaciones una buena temporada y los habitantes han de taparse los ojos para no volverse locos viendo y viviendolo todo sin descanso.
Y luego el Doctor, claro. De esa serie, a los que nos gusta, podemos contar mil anécdotas. Recuerdo una. Más que anécdota, situación. Un verano tremendo, un agosto que parecía julio por cuatro. En Televisión Española, empeñados en que nos volviésemos locos, reponiendo a la una o así los capítulos a revoltillo. Un día sueltos, otros de dos en dos, otros primero el torneo del Colo Colo y luego en plan clandestino, así todo el tiempo. Que un día salía Chris Stevens con melenona y al día siguiente pelo corto y barba, y al de más allá, pañuelo pirata y recién afeitadito, que decías no puede ser la de postizos que tiene este hombre y la pasta que se debe de gastar en la barbería.
Y allí estaba yo, solo en casa, sudando la gota gorda en el sofá de piel viendo como O'Connell aterrizaba la avioneta y deseando las cervezas fresquitas de Hollin Voncoeur.

A mi, de estar en Alaska, lo de la radio, la KBHR, me gustaría mucho. Lo de la avioneta también. Y, me temo que si tuviese oido y gracia para lo de los instrumentos, hasta me animaría a liarme en la orquesta de este señor, que se llamaba Gordon Wright. Pero quién es capaz de irse de gira entre las nieves con un piano a cuestas.
Descanse en paz en un lugar aún más hermoso que su hermosa Alaska.
4 comentarios:
Alaska ya no es lo que era. Conozco a un aldeano de Durango de 80 años que todos los años va a cazar osos a Alaska. Te llevan ¡en helicóptero!, te posan en un prado y te dirigen hacia la pieza. Menuda pieza, Alaska.
Peter, ¡ya tardas en gestionarme un asientico para llevarle la canana al abuelete!
nunca he estado en Alaska pero cuando tenga un helicóptero iré...
Joer, a ver si se nos va a caer el helicóptero entre el abuelete durangués, Peter haciendo de factótum comisionista conseguidor de plazas, el Stradivarius, yo mismo; y la cosa logística: las escopetas, el anaquel de libros de Anagrama, la funda del stradivarius, el piano, ...
Los osos que cacemos no nos los podremos traer. Y yo un oso entero no me como, ya os aviso.
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