Los martes llegaba la furgoneta de la lavandería. Los manteles, los trapos, las servilletas y los mandiles. Eso podría hacerlo en casa, hombre, y nos ahorrábamos unas pesetas.
Prefiero, pensaba, pero no decía, gastarme esas pesetas para que disfrutes medio minuto más, con los pies encima de la mesa, mirando disimuladamente por la ventana, antes de quedarte un poco dormida, media cabezada veloz, antes de volver al tajo.
Cuando vio la tinta derramada, sacó el rollo de papel para no estropear tan tontamente el trapo que tan bien plegado llevaba, como siempre, en el hombro.


