lunes, 7 de abril de 2008

La mañana

La mañana en que iba a ser fusilado, Aurelione Buonasera preparóse una rebanada de pan de hogaza, un tanto reseco, pero que bien tostada y con un poquín de aceite y un ajo frotado, disfrutó como si fuese un manjar celestial.


Como no perdonaba salir de casa sin tomarse uno, Aurelione Buonasera, la mañana en que iba a ser fusilado se tomó una buena taza de café recién hecho, sin azucar, calentísimo, que le empañaba las gafas de montura antigua pero pulcras, bien cuidadas, grandonas, feas, pero personales. Aureliano Buonasera no se cuidaba demasiado pero nunca caía en excesos. En su vida, la quietud, la serenidad, el trabajo bien hecho, la calma en el ánimo cuando todo a su alrededor la perdía, le caracterizaba y daba de él una imagen de aplomo, tranquilidad y hasta desapego por las cosas mundanas. Sus únicos excesos, esos cafés matutinos y la chispita de aceite que tomaba de más. Su médico, el que había sido su médico de cabecera los, al menos últimos cincuenta años, le recriminaba lo del café por la presión y esas cosas, muentras le daba unas caladas a los puros que le regalaba el propio Aurelione Buonasera. Menudos consejos me das, Cosimo, viejo amigo. Déjate de amistades y no tomes más cafés. Y le daba otra calada.



La mañana en que iba a ser fusilado Aurelione Buonasera lucía un día radiante y decidió que sería bueno tomar un paseo ya que nunca había sido aficionado a los baños de sol. Esas cosas modernas, las camisas de tirantes como de picapedrero y los calzones caídos de mendigo o de jugador del balón siempre le resultaron poco placenteros a la vista, así que nunca terminó por aficionarse a aquella extraña pasión que envolvió, por aquellos años a su estimados vecinos.

Camino de la universidad, Aurelione Buonasera, la misma mañana en que iba a ser fusilado empezó a recordar cosas antiguas. El crujido de una piedra al partirse le recordó a su pueblo, el camino de la cuesta que llevaba a las casa altas, cómo los carreteros chillaban a los bueyes y a los niños para que se apartasen. El cojo Bondone, al que, según la leyenda le había desgraciado el pie una carreta que le pasó por encima, aunque otros decían que no, que se lo partió cuando huía, recién descubierto por las mozas, por haberle pillado espiándolas cuando se bañaban las piernas en el río. También se acordó de las campanas, de su madre, que cosía, de su hermano, que quería ser soldado y que bebía licor en el casino y de una vez que le metieron en un desván polvoriento, con ratas y bichos por haber hecho alguna trastada. Desde entonces, ese era uno de sus secretos, no gustaba de quedarse en espacios angostos y con poca luz. Años después, cuando trabajaba en una fundición y estudiaba de noche las letras en una academia que mal pagaba, se empezó a aficionar por las películas, y sentía ese cosquilleo tan especial al apagarse las luces de la sala. Nunca supo, a ciencia cierta, si ese cosquilleo era la emoción por ver a las artistas o por su miedo a lo oscuro. Terminó por gustarle el cine de los países del norte.


Ensimismado en sus trifulcas antiguas, la memoria, su vida, no atendió al ajetreo que había en la facultad. Como todos los días, anduvo por los pasillos y se detuvo un segundo frente al Sagrado Corazón de la hornacina que había en mitad de la escalera. Hoy procuraré mejorar, pensó. Y, como cada día, quiso consumar su propósito. Ni se dió cuenta de los tres, cuatro, seis estudiantes que corrieron junto a él mientras estuvo allí parado, escasos segundos interminables.


La mañana en que iba a ser fusilado, Aurelione Buonasera dejó primero el sombrero en lo alto del perchero. Luego se quitó el fular que usaba para no dolerse de los malos fríos que le atacaban la garganta, se quitó su imponente abrigo de espiga y se desabrochó el botón de la americana. Disimuladamente, y dado que era, hasta cierto punto informal, también se soltó los puños de la camisa, so pretexto de garabatear mejor en la pizarra. Nadie nunca se lo hubiese recriminado, pero él siempre pensó que aquello no terminaba der ser elegante del todo.


Buenos días señoritas, les dijo a sus tres primeras alumnas que, frmalísimas, ya estaban sonrientes y lápiz en ristre, dispuestas a tomar notas de la sesión. La mañana en que Aurelione Buonasera iba a ser fusilado, estaba a punto de recibir las primeras descargas, la aplicadísima Frederica Abbaterusso le pidió permiso, ya que aún faltaban unos minutos para que comenzase su clase, para consultarle algunas cosas. Como siempre generoso para con sus pupilos, Aurelione Buonasera concedió la petición de su alumna, y en unos pocos minutos resulto fusilado por las numerosísimas dudas que acerda de la asignatura, las cosas y la vida tenía la, por otra parte bondadosa y responsable, pero algo escasa de luces, jovencita Abbaterusso. Con lo que dan de si cinco minutos más de buen paseo.

8 comentarios:

Belén dijo...

Oye oye... que era maestrico escuela no? pues que se fastidie, que esos bombardeos están en el cargo jajaja

Besicos

Marta dijo...

Joé, Pianista... Es que luego parece peloteo pero... eres un fenómeno del asunto. Y ya le he tomado cariño al bueno de Aurelione y hasta a la tarda de Abbaterusso :)

Néstor Aparicio dijo...

Plas, plas, plas...

Inquieto como estaba por la salud de Aurelione, me ha alegrado su "fusilamiento".

Dulcinea dijo...

!Qué historia más bonita! Muy bien escrita, Pianista.

El futuro bloguero dijo...

Miedo me da la reacción de los Buonasera, (su familia me refiero) cuando se enteren de que le fusilaron... a preguntas.

Su vendetta puede ser dramática.
A ver que dice il Consilieri, o il uomo qui aporrea el piano...

Bacio la sua mano

Nodisparenalpianista dijo...

Bueno, era de Universidad, Belén, pero para el caso lo mismo: los docentes lectores de esta güep te van a correr a gorrazos igual!!!

Gracias Marta. Y si, parece peloteo, pero yo te creo. Me encanta lo de "tarda".

¿Si, Néstor? Era la idea. Tienes un margarita pagado, hombre.

Gracias Dulci. La he contado tal y como la he visto.

Bueno, caro FutBlog, eso es la seunga parte. LA venganza de los Buonasera. Correrán ríos de tinta sangrante, sin duda alguna.

Anónimo dijo...

¡Toma ya! ¡Y ahora te permites el lujo de parafrasear a Márquez! ¡buf! ¡A eso le llamo yo modestia!

Nodisparenalpianista dijo...

Hola Anónimo. Sólo dejaré esto colgado un rato, a ver si me lees y luego lo tiro, porque no me gusta la gente que no se atreve a dar la cara.
El lujo es lo que hago, colgar tu sos comentario. Lujo, porque es tiempo perdido, y de eso tengo más bien poco. De todos modos, como tengo esperanza en el género humano, intentaré aclarate alguna cosilla a ver si lo comprendes. Supongo que por Márquez no te refieres ni al corresponsal ni al que fuese presidente del Gobierno de infausta memoria para los treinta y tantos que se pulieron sus tentáculos. Se trata de Gabriel García Máqrquez. Gabo, no Márquez, hombre, que no se te entiende. Como habrás visto, mi perspicaz lector, etiqueto esa entrada como "Literatroces" juego d epalabras que aúna lo literario y lo atroz Humor e ironía. Con una línea que hasta tú has reconocido, he elborado una historia que nada tiene que ver con la original, y que resulta un divertimento para mi al leerla y, por lo que veo, para mis amigos lectores que por aquí han dicho la suya.
Si te apetece volver por aquí, se bienvenido, pero sin capuchas y con ganas de pasarlo bien y no de hacer la puñeta.
Espero que con este comentario quede tu ego satisfecho por un ratito. Luego lo borro, no sea que se te suba a la cabeza. De nada.